21 Enero 2007 Seguir en 
BUENOS AIRES. - El virtual congelamiento de algunos precios se está derritiendo en el tórrido verano austral y las grietas se hacen cada vez más profundas. La inflación está horadando el último vestigio de durabilidad del endeble modelo diseñado para aguantar hasta octubre. ¿Después? Será problema de quien tome la posta en diciembre próximo.El intento de congelar algunos mínimos precios de los alimentos contrasta con la complejidad de los problemas estructurales que tiene la economía argentina. Es como querer tapar el sol con las manos. Por lo pronto, los efectos de la política aplicada desde la Casa Rosada comienzan a sentirse en los consumidores y en las empresas. La población sabe que todo converge en una ficción estadística y que en la economía real los precios que figuran en las carpetas oficiales está muy lejos de la realidad cotidiana. Las empresas ven como sus costos de producción aumentan -léase energía, salarios, tasas e impuestos-, y que a los precios comprometidos con el Gobierno es imposible seguir produciendo. Las consecuencias no se han hecho esperar: ya se observa desabastecimiento en varios productos, en especial, las marcas líderes.
Algo parecido pasa con el controvertido incremento de las retenciones a las exportaciones del complejo sojero, o con la prórroga de los derechos -hasta 2012- de las exportaciones hidrocarburíferas.
A partir de los incrementos de los precios internacionales de los commodities, con los cuales se alimentan, el superávit comercial, las retenciones y el artificial dólar alto, el Gobierno intenta compensar a los sectores más ineficientes de la economía mediante el corrosivo sistema de los subsidios cruzados, directos e indirectos.
Pero todo tiene un límite. Y ese borde está definido por la caída abrupta en la rentabilidad. Otra vez lo mismo: sin rentabilidad no habrá producción, ni petrolera, ni agrícola, a pesar de las ventajas comparativas del país. Sin rentabilidad, se termina liquidando capital y ningún agente económico está dispuesto a ello. De ser un país proveedor de commodities, pasaremos a ser un país importador neto de energía y alimentos.
Pero la miopía de la administración “K”, no alcanza a ver el mediano plazo. El modelo es vulnerable y depende de lo que ocurra con el precio de los commodities. En la medida en que estos precios se mantengan, no habrá escenarios traumáticos. Sin embargo, eso no lo puede asegurar nadie. Y peor aún: cuanto más mano se meta en la rentabilidad empresaria y en el saldo exportable, más frágil se vuelve el modelo.
A pesar de la mejora en la nota de Moody`s para el corto plazo, en el mediano plazo las perspectivas no son halagüeñas. La calificadora trazó una proyección preocupante y que puede derivar en nuevas turbulencias y puede recrear viejos traumas: “aunque persiste la preocupación para el mediano plazo sobre la capacidad de mantener las actuales condiciones, las dudas persisten sobre la voluntad y capacidad del Gobierno de implementar los ajustes fiscales necesarios ante condiciones adversas. Las políticas económicas heterodoxas, particularmente las asociadas a las distorsiones en los precios y la presencia de impuestos específicos para algunos sectores representan factores que en el mediano plazo pueden poner en peligro las perspectivas de crecimiento. La dependencia de los ingresos públicos de los impuestos a las exportaciones son un elemento adicional de vulnerabilidad para las cuentas fiscales, ya que ante condiciones externas adversas podrían tener un impacto mayor al previsto en el futuro”.
Para colmo de males, la Argentina enfrenta un ambiente externo cada vez menos favorable con sus socios del Mercosur que puede terminar en la fractura del bloque y en un aumento de la inestabilidad política e institucional en el Cono Sur.
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