21 Abril 2006 Seguir en 
El actual Gobierno nacional está por cumplir tres años de mandato sin que el Presidente haya reunido a la prensa en conferencia, como es habitual en los sistemas democráticos, donde el periódico diálogo con los medios de comunicación sirve recíprocamente a los intereses de la ciudadanía y de los poderes públicos. Esa incomunicación se ha mantenido, inclusive, con el periodismo acreditado ante la Casa Rosada y que desarrolla sus tareas a corta distancia del despacho presidencial. Pero tal omisión del doctor Néstor Kirchner no es únicamente una actitud pasiva, sino que, cada vez con mayor frecuencia, formula descalificaciones para el periodismo y los medios, apelando inclusive al agravio indiscriminado, como ha ocurrido recientemente. En esta ocasión el jefe del Estado cargó sobre la prensa gráfica, a la que calificó de corporaciones dependientes de poderes extraños, que no precisó, y a quienes en ella escriben como faltos de calidad intelectual.
“Cuántas plumas serias, responsables y fundadas le hacen falta al país para poder ayudar a generar esa visión de verdades relativas, que estén desprovistas de odio y provistas de calidad investigativa e intelectual que este país necesita”, dijo el Presidente, entre otras consideraciones no menos agresivas. Podría afirmarse, en ese orden, que la demanda de calidades revela una absoluta falta de lectura de buena parte de la prensa cotidiana, donde el pluralismo abre sus columnas a la realidad argentina y del mundo. Dicha modalidad trasciende disciplinadamente al amplio círculo de colaboradores del Presidente, dando lugar, por consiguiente, a un espacio informativo vacío que ocupan versiones y especulaciones, con perjuicios para la sociedad y los intereses públicos. Por otra parte, el enojo y hasta la ira puestos en tan descalificadores mensajes públicos, denuncian una falta de comprensión del rol de los medios, cuyo valor institucional se funda en la Constitución y es inseparable de la sociedad libre. Especialmente, cuando no se advierte que la libertad de prensa implica no sólo la de informar, sino la de acceso a las fuentes de información de interés público. En ese sentido, puede afirmarse que tal valor republicano no está asegurado entre nosotros, por lo que no pocos medios sin suficiente autonomía económica se sienten amenazados.
Esta observación se corresponde necesariamente, por lo demás, con la resistencia oficialista a sancionar la ley de acceso a la información pública, que sirve al interés informativo puntual de los ciudadanos. El periodismo argentino tiene una larga historia de vicisitudes, que va desde las libertades que honraron al país a partir de la Organización Nacional e hizo del mismo un modelo internacional ejemplar, hasta las plagas dictatoriales que lo sometieron a la verdad oficial o a la clausura. Sin embargo, el actual “modelo” es del todo inédito, en cuanto el poder público no impide directamente el ejercicio de informar y opinar libremente, pero lo limita sistemáticamente de la forma señalada. Tan grave realidad se produce cuando el sistema representativo está afectado por la ostensible crisis de los partidos políticos, cuya reforma es otra larga deuda del poder desde la restauración constitucional, y el hiperpresidencialismo condiciona al Congreso, y no al revés. El doctor Kirchner debería hacer un esfuerzo para advertir que lo que considera “poco acompañamiento con la verdad” en alguna prensa no legitima su incomunicación generalizada con los medios. Para ello, nada mejor que su propio consejo a los irritados vecinos de Gualeguaychú por las papeleras, cuando los invita al “diálogo, diálogo y diálogo” como recurso para superar la crisis. Un recurso con el que el genuino sentimiento democrático siempre sale airoso.
“Cuántas plumas serias, responsables y fundadas le hacen falta al país para poder ayudar a generar esa visión de verdades relativas, que estén desprovistas de odio y provistas de calidad investigativa e intelectual que este país necesita”, dijo el Presidente, entre otras consideraciones no menos agresivas. Podría afirmarse, en ese orden, que la demanda de calidades revela una absoluta falta de lectura de buena parte de la prensa cotidiana, donde el pluralismo abre sus columnas a la realidad argentina y del mundo. Dicha modalidad trasciende disciplinadamente al amplio círculo de colaboradores del Presidente, dando lugar, por consiguiente, a un espacio informativo vacío que ocupan versiones y especulaciones, con perjuicios para la sociedad y los intereses públicos. Por otra parte, el enojo y hasta la ira puestos en tan descalificadores mensajes públicos, denuncian una falta de comprensión del rol de los medios, cuyo valor institucional se funda en la Constitución y es inseparable de la sociedad libre. Especialmente, cuando no se advierte que la libertad de prensa implica no sólo la de informar, sino la de acceso a las fuentes de información de interés público. En ese sentido, puede afirmarse que tal valor republicano no está asegurado entre nosotros, por lo que no pocos medios sin suficiente autonomía económica se sienten amenazados.
Esta observación se corresponde necesariamente, por lo demás, con la resistencia oficialista a sancionar la ley de acceso a la información pública, que sirve al interés informativo puntual de los ciudadanos. El periodismo argentino tiene una larga historia de vicisitudes, que va desde las libertades que honraron al país a partir de la Organización Nacional e hizo del mismo un modelo internacional ejemplar, hasta las plagas dictatoriales que lo sometieron a la verdad oficial o a la clausura. Sin embargo, el actual “modelo” es del todo inédito, en cuanto el poder público no impide directamente el ejercicio de informar y opinar libremente, pero lo limita sistemáticamente de la forma señalada. Tan grave realidad se produce cuando el sistema representativo está afectado por la ostensible crisis de los partidos políticos, cuya reforma es otra larga deuda del poder desde la restauración constitucional, y el hiperpresidencialismo condiciona al Congreso, y no al revés. El doctor Kirchner debería hacer un esfuerzo para advertir que lo que considera “poco acompañamiento con la verdad” en alguna prensa no legitima su incomunicación generalizada con los medios. Para ello, nada mejor que su propio consejo a los irritados vecinos de Gualeguaychú por las papeleras, cuando los invita al “diálogo, diálogo y diálogo” como recurso para superar la crisis. Un recurso con el que el genuino sentimiento democrático siempre sale airoso.
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