18 Abril 2006 Seguir en 
En nuestra edición de ayer, dedicamos una página a la realidad que vive la villa de Chicligasta, ubicada a unos 90 kilómetros de San Miguel de Tucumán. Entre las deficiencias que exhibe esa antigua población, es preciso detenerse en las que aquejan a su capilla de Nuestra Señora de la Candelaria.
Digamos de entrada que no es un edificio religioso común. El doctor Ernesto Padilla destacaba que constituía “la construcción religiosa más antigua al poniente del río Grande”. En efecto, a pesar de que el dintel del templo lleva inscripta la fecha de 1797 (lo que ya marcaría la nada pequeña antigüedad de 209 años), los documentos dan noticia de una capilla en ese punto en fecha muy anterior: 1615.
Luego, un informe parroquial de 1692 decía que estaba en ruinas, por lo que la data de 1797 tiene que ser la de una reedificación, o de un arreglo sustancial. Estamos, entonces, ante un templo cuyos orígenes se remontan a casi cuatro siglos, nada menos.
Aunque desaparecieron, casi en su totalidad, las ingenuas pinturas de sus muros, se destacan en su equipamiento imágenes de singular antigüedad, además de sus rústicos retablos y altares.
Por decreto 98.076 del Poder Ejecutivo Nacional, del 12 de agosto de 1941, la capilla de Nuestra Señora de la Candelaria fue declarada “monumento histórico nacional”. Como se sabe, tal calificación está reservada para las piezas más significativas del patrimonio nacional.
Y quiere decir, en la teoría, que desde que se les otorga tal calidad, el Estado Nacional toma a su cargo la conservación del inmueble, afrontando todos los gastos de su mantenimiento y de restauración, junto al celoso cuidado de las características originales.
De acuerdo con nuestra nota de ayer, la realidad de la capilla deja mucho que desear.
En efecto, un temblor ocurrido el año pasado tuvo como consecuencia la apertura de una grieta notable, en la pared que separa la torre lateral del recinto del templo. No se han efectuado todavía las reparaciones que este problema exige, y que son doblemente urgentes, según es obvio, por la gran antigüedad de la construcción.
De acuerdo con su condición de “monumento histórico nacional”, los arreglos en la capilla de Nuestra Señora de la Candelaria, de Chicligasta, deben ser efectuados por el Gobierno de la Nación, y a su costa, a través de organismos como la Comisión Nacional de Museos y de Monumentos y Lugares Históricos y la Dirección Nacional de Arquitectura.
Es lamentable que las autoridades pertinentes no hayan tomado todavía cartas en el asunto. Pero sabemos que la situación no es para nada excepcional.
Mientras al Estado parece sobrarle dinero para obras públicas, muy escasa parte de esa abundancia se destina a los trabajos vinculados al patrimonio histórico. Y mucho menos, si los edificios se localizan en el interior de la Argentina. Si no fuera así, los monumentos nacionales de Tucumán estarían en perfecto estado, cosa que no ocurre (un buen ejemplo es San Francisco). Al contrario, si no han terminado por derrumbarse es porque algo aportan los gobiernos provinciales y municipales para mantenerlos, además de la labor de comisiones de vecinos de destacable buena voluntad.
Por cierto que la situación tendría que cambiar. Pensamos que la Provincia debiera realizar insistentes gestiones ante el Estado Nacional, para que este se haga cargo de su responsabilidad en este tema. Hablamos tanto de la venerable capilla de Chicligasta, como de los otros monumentos nacionales de nuestro territorio.
Digamos de entrada que no es un edificio religioso común. El doctor Ernesto Padilla destacaba que constituía “la construcción religiosa más antigua al poniente del río Grande”. En efecto, a pesar de que el dintel del templo lleva inscripta la fecha de 1797 (lo que ya marcaría la nada pequeña antigüedad de 209 años), los documentos dan noticia de una capilla en ese punto en fecha muy anterior: 1615.
Luego, un informe parroquial de 1692 decía que estaba en ruinas, por lo que la data de 1797 tiene que ser la de una reedificación, o de un arreglo sustancial. Estamos, entonces, ante un templo cuyos orígenes se remontan a casi cuatro siglos, nada menos.
Aunque desaparecieron, casi en su totalidad, las ingenuas pinturas de sus muros, se destacan en su equipamiento imágenes de singular antigüedad, además de sus rústicos retablos y altares.
Por decreto 98.076 del Poder Ejecutivo Nacional, del 12 de agosto de 1941, la capilla de Nuestra Señora de la Candelaria fue declarada “monumento histórico nacional”. Como se sabe, tal calificación está reservada para las piezas más significativas del patrimonio nacional.
Y quiere decir, en la teoría, que desde que se les otorga tal calidad, el Estado Nacional toma a su cargo la conservación del inmueble, afrontando todos los gastos de su mantenimiento y de restauración, junto al celoso cuidado de las características originales.
De acuerdo con nuestra nota de ayer, la realidad de la capilla deja mucho que desear.
En efecto, un temblor ocurrido el año pasado tuvo como consecuencia la apertura de una grieta notable, en la pared que separa la torre lateral del recinto del templo. No se han efectuado todavía las reparaciones que este problema exige, y que son doblemente urgentes, según es obvio, por la gran antigüedad de la construcción.
De acuerdo con su condición de “monumento histórico nacional”, los arreglos en la capilla de Nuestra Señora de la Candelaria, de Chicligasta, deben ser efectuados por el Gobierno de la Nación, y a su costa, a través de organismos como la Comisión Nacional de Museos y de Monumentos y Lugares Históricos y la Dirección Nacional de Arquitectura.
Es lamentable que las autoridades pertinentes no hayan tomado todavía cartas en el asunto. Pero sabemos que la situación no es para nada excepcional.
Mientras al Estado parece sobrarle dinero para obras públicas, muy escasa parte de esa abundancia se destina a los trabajos vinculados al patrimonio histórico. Y mucho menos, si los edificios se localizan en el interior de la Argentina. Si no fuera así, los monumentos nacionales de Tucumán estarían en perfecto estado, cosa que no ocurre (un buen ejemplo es San Francisco). Al contrario, si no han terminado por derrumbarse es porque algo aportan los gobiernos provinciales y municipales para mantenerlos, además de la labor de comisiones de vecinos de destacable buena voluntad.
Por cierto que la situación tendría que cambiar. Pensamos que la Provincia debiera realizar insistentes gestiones ante el Estado Nacional, para que este se haga cargo de su responsabilidad en este tema. Hablamos tanto de la venerable capilla de Chicligasta, como de los otros monumentos nacionales de nuestro territorio.







