18 Abril 2006 Seguir en 
La crisis que golpea a la Universidad de Buenos Aires (UBA) y los chispazos que salpican la elección de la UNT tienen algo en común: en ambos casos queda en evidencia una debilidad institucional que se manifiesta, entre otros rasgos, en una brecha cada vez más profunda entre el decir y el hacer, entre las convicciones y el sentido de oportunidad.
En lo que a la UBA se refiere, cuya Federación Universitaria se opone a la candidatura de Atilio Alterini a rector por haber ejercido un cargo público durante la última dictadura, parece: a) que la oposición de ese sector estudiantil es el mascarón de proa de otros sectores que tienen “rectorables” propios, pero que observan que los números no les son favorables; b) que los partidos políticos -y el kirchnerismo, en particular- se han metido en la bulla, dispuestos a no perder el botín de la Universidad, donde circula una parte importante del electorado joven.
En la UNT, esa lejanía entre el decir y el hacer se ha puesto de manifiesto en distintas situaciones. Un caso es el “bochazo” importante que ha estallado en por lo menos dos colegios experimentales de la UNT, el Gymnasium Universitario y la Escuela de Agricultura (¿por qué no pasó en el Instituto Técnico ni en la Sarmiento?). La mayoría de las autoridades universitarias -y muchos padres- responsabilizan a la protesta gremial de los docentes universitarios. En cambio, la directora de Escuelas de la UNT, Estela Asís, prefirió sincerar las cosas, y apuntó en dos direcciones: el régimen de licencias (ausencias prolongadas -y justificadas por norma- de docentes ) y la falta de contracción al estudio por los alumnos.
En la coyuntura electoral, quizás el episodio más evidente es la disputa alrededor de si los docentes interinos que alguna vez fueron regulares tienen -o no- derecho a ejercer su “ciudadanía universitaria”. Esto es, su derecho a elegir y a ser elegidos. El conflicto arrancó a fines del año pasado, cuando el Consejo Superior decidió limitar la participación electoral de los docentes que perdieron su regularidad antes de 2003. Al margen de la justicia -o no- del reclamo, lo que estuvo en juego en esa discusión no fueron los fundamentos filosófico-políticos del tema, sino la cantidad de interinos que apoyaban a cada una de las dos fórmulas que hasta la semana pasada estaban en carrera.
Pedro Rougés abandonó su candidatura, pero, salvo excepciones, la Facultad de Derecho se convirtió en el bastión de ese reclamo por puro pragmatismo: en esa unidad académica, más del 70 % de los cargos son interinos, lo que generó una catarata de presentaciones de docentes ante la Justicia federal, reclamando su derecho a votar y a ser votado.
En esa secuencia de divorcios entre el decir y el hacer, en medio del proceso electoral de la UNT han aparecido dos gestos que parecen remar contra la corriente: por un lado, el del decano de la Facultad de Ciencias Naturales, Fernando Prado, quien se animó a subirse a la candidatura a vicerrector “por una cuestión de principios”, cuando ya todo dejaba prever que los números no le alcanzaban para ganar a su compañero de fórmula, Pedro Rougés. Una vez que Rougés hubo anunciado su retiro, Prado le escribió al ahora virtual rector, Juan Cerisola, una misiva en la que afirma que hubiera querido confrontar hasta el final.
El otro gesto ocurrió en la Facultad de Ciencias Económicas, donde uno de los candidatos, Santiago Di Lullo, fue impugnado por haber pertenecido al directorio de la Caja Popular de Ahorros durante la gestión de Ramón Ortega. Ante esa situación, el adversario de Di Lullo en la disputa por el decanato, Antonio Godoy, anticipó que no competirá si el organismo hace lugar al pedido de impugnación.
En estos tiempos en los que la palabra está tan devaluada, hay gestos que rompen el divorcio entre el decir y el hacer.
En lo que a la UBA se refiere, cuya Federación Universitaria se opone a la candidatura de Atilio Alterini a rector por haber ejercido un cargo público durante la última dictadura, parece: a) que la oposición de ese sector estudiantil es el mascarón de proa de otros sectores que tienen “rectorables” propios, pero que observan que los números no les son favorables; b) que los partidos políticos -y el kirchnerismo, en particular- se han metido en la bulla, dispuestos a no perder el botín de la Universidad, donde circula una parte importante del electorado joven.
En la UNT, esa lejanía entre el decir y el hacer se ha puesto de manifiesto en distintas situaciones. Un caso es el “bochazo” importante que ha estallado en por lo menos dos colegios experimentales de la UNT, el Gymnasium Universitario y la Escuela de Agricultura (¿por qué no pasó en el Instituto Técnico ni en la Sarmiento?). La mayoría de las autoridades universitarias -y muchos padres- responsabilizan a la protesta gremial de los docentes universitarios. En cambio, la directora de Escuelas de la UNT, Estela Asís, prefirió sincerar las cosas, y apuntó en dos direcciones: el régimen de licencias (ausencias prolongadas -y justificadas por norma- de docentes ) y la falta de contracción al estudio por los alumnos.
En la coyuntura electoral, quizás el episodio más evidente es la disputa alrededor de si los docentes interinos que alguna vez fueron regulares tienen -o no- derecho a ejercer su “ciudadanía universitaria”. Esto es, su derecho a elegir y a ser elegidos. El conflicto arrancó a fines del año pasado, cuando el Consejo Superior decidió limitar la participación electoral de los docentes que perdieron su regularidad antes de 2003. Al margen de la justicia -o no- del reclamo, lo que estuvo en juego en esa discusión no fueron los fundamentos filosófico-políticos del tema, sino la cantidad de interinos que apoyaban a cada una de las dos fórmulas que hasta la semana pasada estaban en carrera.
Pedro Rougés abandonó su candidatura, pero, salvo excepciones, la Facultad de Derecho se convirtió en el bastión de ese reclamo por puro pragmatismo: en esa unidad académica, más del 70 % de los cargos son interinos, lo que generó una catarata de presentaciones de docentes ante la Justicia federal, reclamando su derecho a votar y a ser votado.
En esa secuencia de divorcios entre el decir y el hacer, en medio del proceso electoral de la UNT han aparecido dos gestos que parecen remar contra la corriente: por un lado, el del decano de la Facultad de Ciencias Naturales, Fernando Prado, quien se animó a subirse a la candidatura a vicerrector “por una cuestión de principios”, cuando ya todo dejaba prever que los números no le alcanzaban para ganar a su compañero de fórmula, Pedro Rougés. Una vez que Rougés hubo anunciado su retiro, Prado le escribió al ahora virtual rector, Juan Cerisola, una misiva en la que afirma que hubiera querido confrontar hasta el final.
El otro gesto ocurrió en la Facultad de Ciencias Económicas, donde uno de los candidatos, Santiago Di Lullo, fue impugnado por haber pertenecido al directorio de la Caja Popular de Ahorros durante la gestión de Ramón Ortega. Ante esa situación, el adversario de Di Lullo en la disputa por el decanato, Antonio Godoy, anticipó que no competirá si el organismo hace lugar al pedido de impugnación.
En estos tiempos en los que la palabra está tan devaluada, hay gestos que rompen el divorcio entre el decir y el hacer.







