Una cuestión de amor

Muchos mayores esperan una visita que nunca llega. Por Luis Mario Sueldo.

16 Abril 2006
El inicio de una glosa tanguera dice: "qué vieja y cansada imagen me devuelve el espejo..." Con los avances de la ciencia, las expectativas de vida se incrementan, pero -paralelamente- muchos ancianos no cuentan, por lo menos en esta parte del orbe, con la cobertura necesaria para afrontar dignamente su etapa final. Según los especialistas, entre los 60 y los 65 años, en una de cada diez personas ya se incorpora algún problema neurológico importante. Por carácter geométrico, entonces, cada vez hay más viejos y también más gente con algún síndrome de demencia. Si los Estados muy desarrollados suelen verse apretados para afrontar financieramente este tipo de situaciones con los gerontes, es fácil imaginar lo que sucede en países como el nuestro. Por otro lado, el tema de los geriátricos o de las instituciones afines es una de las asignaturas pendientes de las sociedades modernas. Cuando una persona mayor sabe manejarse bien y se mantiene espiritualmente activa, depositarla allí es condenarla a una situación sin retorno. Son incontables los viejos que esperan con la mirada larga la visita de alguien que ocupó su entorno íntimo. Y que no llega nunca.
El anciano está en una etapa de enorme sensibilidad y, como los bebés, necesita de caricias y de mimos. La medicina actual, incluso, prefiere que, en ciertas patologías, no se lo retenga en los centros asistenciales y sí se lo mande de vuelta a casa, donde, se supone, estará contenido y experimentará un avance más rápido en su recuperación. Por supuesto que hay situaciones ingobernables y las familias se ven impelidas a recurrir a "salvatajes" lejos del hogar. Pero, claro, ese es otro tema.
Por otro lado, generalmente se quiere eludir este tipo de circunstancias de la existencia humana, tanto como se soslayan la complejidad de la vida en las villas de emergencia y el hambre. Estos problemas suelen solaparse, como si ocurrieran en otras galaxias. Con su habitual ironía y también con su imperturbable grado de catástrofe, Woody Allen rechaza aquello de que cada época de la vida tiene su encanto o de que a la ancianidad uno arriba con la suficiente experiencia y sabiduría como para afrontar con altura los inconvenientes lógicos de la edad. "¡A mí ya me duele todo. Ya no retengo muchas cosas. Yo quiero ser joven otra vez!", dice el septuagenario cineasta. Nadie podría objetar que amparar al anciano es una cuestión de amor. Comunidades indígenas y orientales aún mantienen al abuelo como centro de referencia y de respeto. Sartre escribió que la vida no es más que un chispazo entre dos tinieblas, pero que hay hombres y mujeres que hacen que ese chispazo se vuelva una llamarada que ilumina.
Ultimamente, en Argentina han surgido grupos de delincuentes que tomaron por norma asaltar a los ancianos, golpearlos y hasta matarlos. Y están los que los estafan o los que con hábiles manejos les hacen descontar de sus magros haberes préstamos que nunca solicitaron.
En otro ángulo, un estudio de la Cepal establece que en América Latina sólo cinco de cada diez personas mayores de 70 años reciben directamente algún tipo de ingreso por jubilación o pensión. Vinicius de Moraes decía -refiriéndose a las relaciones sentimentales- que no importaba que el amor fuera corto sino que fuera infinito mientras durara. Por allí también podría andar el manejo del afecto hacia quienes ya no pueden desenvolverse como en su mocedad. Aquellos que, recurriendo a algún lugar de su memoria, podrían tararear todavía esos versos de Le Pera: "... ahora que anochece ya en mi corazón/vuelve el perfume de aquella ilusión/sueño con la luz de su claro mirar/ella que aún la lloro al nombrar..."
Borges rechazaba la inmortalidad. No soñaba con un más allá. Quería morir para siempre. Para él -un agnóstico- era terrible pensar que se podía vivir eternamente "en otro lado". Cuando le preguntaron cuál era la palabra de nuestro lenguaje que consideraba más bella, no titubeó: "crepúsculo". Joaquín Sabina rescata la pasión de la vida y dice: "muera la muerte".





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