La barbarie en el fútbol

11 Abril 2006
La violencia es la imposición del desorden. La Real Academia Española la define como la acción que se desarrolla contra el natural modo de proceder. La violencia siempre implica sometimiento, vulneración de la libertad personal, aceptación forzada de las decisiones de otro o de otros. Para conseguir este avasallamiento, los violentos suelen recurrir a la aniquilación física, pero también a la anulación intelectual y espiritual; de tal manera que las personas ya no pueden comportarse como tales. No hay violencia inocua. La violencia siempre es nociva. Divide a los seres humanos en víctimas y victimarios. Cada vez que ocurre un hecho violento, alguien se degrada por haber apelado a la barbarie -cerrándole el paso a la razón- y alguien resulta herido o muerto por ese acto vandálico.
La violencia volvió a instalarse el domingo en las canchas tucumanas. Los miles de hinchas que fueron al estadio Monumental a ver el partido de Atlético Tucumán con Sportivo Patria, pensando en vivir una fiesta del deporte, concluyeron la jornada en medio de corridas, agresiones y gases lacrimógenos. Como consigna nuestra crónica, los incidentes comenzaron apenas terminó el partido. Un grupo de hinchas de Atlético que estaba ubicado en el sector de populares y que había salido a la calle intentó luego ingresar al sector de las plateas bajas para manifestar su disgusto por esta nueva frustración futbolística de los “decanos”. Intentaron agredir al vicepresidente del club; pero ello no se concretó, porque el personal de seguridad actuó con suma celeridad. Con la llegada de la infantería, los revoltosos se retiraron hacia el portón de entrada y comenzaron a lanzar proyectiles contra los efectivos. Estos lanzaron gases. Debido a la intensa pedrea, un aficionado, un policía y un reportero gráfico sufrieron contusiones. Los futbolistas  debieron permanecer cerca de una hora y media en sus camarines antes de poder salir, a causa del tenso clima que se vivía dentro y fuera del estadio.
Los episodios violentos se renuevan con cierta frecuencia en las canchas tucumanas. En julio de 2005, el encuentro que jugaban Santa Lucía y Unión del Norte, en el estadio de Nuñorco, tuvo un final bochornoso. El árbitro suspendió el partido luego de que un proyectil cayó a la cancha cuando se estaba por ejecutar un penal. La decisión provocó la airada protesta de los jugadores de Santa Lucía, que agredieron al árbitro. Luego ingresaron los adictos a ese club, que lo golpearon a él y a sus ayudantes. Fueron 20 minutos de descontrol. La Policía debió reprimir con gases lacrimógenos y balas de goma. Se sabe que en las canchas se reflejan las cualidades y los defectos de nuestra idiosincrasia. Todo se potencia, especialmente los aspectos negativos que desembocan generalmente en la violencia. Se trata, por cierto, de una problemática social y cultural, que tiene diversas causas; entre ellas, la casi ausencia del Estado en la aplicación de la ley. Por ejemplo, en el caso de la agresión en Monteros, pese a haber filmaciones sobre el episodio contra el árbitro, no hubo detenidos.
No basta con incrementar el número de efectivos policiales para prevenir desbordes en un partido de fútbol. Los controles también deben efectuarse en el ingreso al estadio para evitar el acceso de personas alcoholizadas. Si existieran videos de los disturbios del domingo en el estadio Monumental, la Justicia debería actuar de oficio. Si los revoltosos fueran identificados, habría que aplicar la ley con todo su rigor. Si estos hechos permanecen sin castigo, seguirán repitiéndose. La vida es el don más preciado que existe. Los tucumanos deben tener, entonces, la seguridad de que no correrán peligro por asistir a un espectáculo futbolístico.













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