Universidad política

La renuncia de Rougés y un escenario sin oposición. Por Nora Lía Jabif

11 Abril 2006
La renuncia de Pedro Rougés a la candidatura a rector de la UNT ha movido las aguas en el seno de la comunidad universitaria. La declinación del decano de la Facultad de Derecho ha sorprendido más a propios que a extraños; y en particular al licenciado Fernando Prado., quien en el último tramo había aceptado secundarlo en la fórmula aun a sabiendas de que la suerte ya estaba echada en favor de Juan Cerisola.
La primera lectura que deja esta renuncia es que la Universidad replica así el esquema de poder hegemónico que se ha consolidado en la representación política partidaria, sin una oposición con la fuerza suficiente como para ofrecer proyectos alternativos a los del oficialismo. Es de suponer que al propio Cerisola le habría convenido llegar a mayo con un rival: por un lado, sabía que llevaba las de ganar; por el otro, ahora tendrá que cargar durante cuatro años con el sambenito de ser una fuerza hegemónica, y rendir permanente examen de legitimidad institucional. Cierto es que para la particular comunidad universitaria es más fácil echarles culpas a los otros por la debilidad institucional de la UNT que preguntarse por qué en ocho años no se pudieron generar proyectos alternativos a los que, de alguna manera, han surgido al calor del mariglianismo.
En su renuncia, Rougés le echó culpas a lo que él definió como la “intervención impúdica del gobernador José Alperovich en el proceso electoral de la UNT’. Intervención que, por otra parte, no es nueva, sino que ya se hizo pública hace alrededor de un mes. Al elegir esa fundamentación, Rougés parece haber privilegiado un guiño político hacia una opinión pública de clase media a la que le perturban los rasgos hegemónicos del poder por sobre la lealtad hacia el sector universitario que lo apoyaba.
En el entorno de algunos “rougesistas” -que todavía no se recuperan del golpe- evaluaban que esa ”política bolsonera” a la que el ahora ex candidato denuncia, habría empezado a surtir efecto, y que los aliados iniciales -y potenciales- habían comenzado el cruce masivo para el bando contrario.
Sin embargo, el escenario electoral 2006 de la UNT no es el mismo que el de períodos anteriores, a la hora de evaluar qué apoyos definen el triunfo. Si antes la carga estaba puesta en el movimiento estudiantil, esta vez los decanos han ganado protagonismo; y la relación de Rougés con sus pares en el Consejo Superior no ha sido fácil . En lo que respecta a las fuerzas estudiantiles, ya pasaron los tiempos de la hegemonía de Franja Morada. Pero el triunfo de la fórmula Juan Cerisola-María Luisa de Hernández viene a restituirle al brazo universitario del radicalismo su perdido protagonismo. Es verdad que no se trata ya de la fuerza del voto de las bases “boinas blancas”, sino de la capacidad de armado político de aquellos viejos franjistas que hoy, de alguna manera, se han “institucionalizado” en el gobierno universitario. De todos modos, Cerisola sabe que hoy es imposible administrar la Universidad sin la venia -y los fondos- del Gobierno nacional. Y el virtual rector llega con esos sostenes de la vieja dirigencia estudiantil franjamoradista, pero es de suponer que habrá de sumar otros en el camino, producto de su diálogo con Alperovich, quien ha dado sobradas pruebas de que le interesa la Universidad como territorio de construcción política (boleto estudiantil, becas, comedor universitario).
Por lo pronto, ya está pidiendo pista en la UNT la incipiente agrupación estudiantil kirchnerista (con dirigentes reciclados del peronismo y afines). Y es de suponer que con la llegada a la presidencia de la UCR de Mario Marigliano, la Universidad tendrá renovada presencia en la agenda del radicalismo. Esas son señales sobre el futuro de la Universidad en clave política. Faltan señales sobre lo más importante:  por ejemplo, sobre el futuro de la Universidad generadora de conocimiento.








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