Las peleas públicas en el fútbol

10 Abril 2006
Con el Mundial rondando sobre las cabezas de los fanáticos del fútbol y las dudas clásicas que se ciernen sobre cómo quedará conformado el plantel que nos representará en Alemania, la pelea pública entre Juan Pablo Sorín y Juan Sebastián Verón arroja varias lecturas, aunque ninguna ayuda a despejar el panorama -incluso, lo oscurece-, sobre el destino que le espera al equipo en un torneo que asoma visiblemente complicado. Peor aún, la promocionada tragicomedia le hace un flaco favor al equipo ante los ojos del mundo, que ya vio cómo otras estrellas argentinas -los tenistas Guillermo Coria y Gastón Gaudio, por ejemplo-, eligieron resolver sus diferencias lejos de un ámbito privado.
El combate Sorín-Verón, cuyo ámbito fue nada menos que un partido por instancias decisivas de la copa de clubes más importante del planeta, dejó al desnudo diferencias personales entre ambos. Pero, más allá de los dimes y diretes de los cuales se encargaron profusamente distintos medios de prensa, el asunto también puso de manifiesto una situación de la que muchos se hicieron eco: las diferencias ideológicas entre jugadores que están dentro del plantel que dirige José Pekerman y los que por ahora están afuera. La polémica amenazó con agrandarse e ingresar de lleno en el seno de la selección. Quizás por ello, el propio presidente de la Asociación del Fútbol Argentino, Julio Grondona, deslizó que lo acontecido respondía a “cosas del fútbol”, y que en situaciones como estas “hay que pensar en todos los argentinos porque hace mucho tiempo que no ganamos nada”.
No es un tema nuevo el de los encuentros y desencuentros de los integrantes de un plantel nacional, sobre todo en las vísperas de una cita mundial.
Basta recordar la particular historia que protagonizaron Diego Maradona y Daniel Passarella, previo el certamen de México, del cual poco se confirmó y mucho quedó encerrado en el plano de las conjeturas. Otros capítulos los escribieron un entrenador y un jugador, como lo sucedido previo al torneo de Corea-Japón, cuando Marcelo Bielsa dilató hasta último momento una decisión sobre la convocatoria de Gabriel Batistuta debido a las mentadas diferencias. Y a nivel un poco más doméstico, habrá que recordar los dichos de Diego Latorre sobre el clima interno que imperó en Boca allá por los años 90. O, cuando el año pasado, estalló una telenovela en el seno de River, con Horacio Ameli y Eduardo Tuzzio como actores principales. Ante asuntos como estos, bueno sería que los jugadores entendieran que ninguno debe perder de vista el motivo por el cual se convirtieron en figuras reconocidas. Es decir, no valerse de la fama para promover peleas que repercuten en los planteles, aunque sus integrantes digan lo contrario.
Lo que pasó entre Sorín y Verón no será ni el primero ni el último de los hechos polémicos que involucre a futbolistas de categoría. Que no se lleven bien podría tomarse como una situación lógica; nadie los obliga a ser amigos. Pero, pensando en la importancia que tiene un Mundial para la gente, los involucrados deberían pensar en que pueden promover el desaliento y el desapasionamiento en la gente, justamente dos de las cosas que más daño le producen al fútbol en general.
Por otro lado, bueno es aclarar que no estamos hablando de cualquier equipo, sino que se trata de la selección, que está y estará siempre -como ocurre en cualquier trabajo que se realice en conjunto y frente a una exigencia de magnitud-, por encima de cualquier conflicto personal. En situaciones como estas, todos deben alcanzar el mismo objetivo final. Tengan la fortuna de ser convocados o queden afuera de esa posibilidad.




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