09 Abril 2006 Seguir en 
Muchos golpean la puerta de cualquier casa y lanzan un casi ininteligible “senioranotienealguitoparadarme”. Se aproximan a un auto parado en una esquina con semáforo y piden “quevaquerecompramentita”. Circulan de noche entre las mesas de bares y restaurantes -mientras no les prohíban el ingreso-, rogando por “unpesitopacomprapan”. O se paran en las peatonales, pidiendo “unaaiuditapapodecome”...
Hay gente que hace -y mucho-, para que tanto chico desvalido pueda pasar sus días con dignidad. Alguien pensó en una revista para vender en el microcentro, otros concibieron brindarles asistencia en comedores. Y también hay quienes los contienen, junto a sus familias, en instituciones especialmente conformadas.
Pero los chicos con hambre, con necesidades básicas insatisfechas, con ausencia de hogar y de padres que los mantengan, con cero educación y un horizonte acotado casi por completo, siguen allí, mostrándonos a todos que todo lo que se haga es poco si lo que seguimos haciendo es sólo asistirlos en lo urgente y olvidarlos en lo importante. Que, por más que hablemos, debatamos, polemicemos, analicemos, tracemos planes, los ocultemos o nos enojemos, igual continuarán estando, los dedos de los pies saliendo de las zapatillas, los cuerpos temblando de frío, las caritas inocentes y en los ojos titilando un brillo que oscurece el alma.
Se sostiene que San Miguel de Tucumán se convirtió en los últimos años en un colector de población que, carente de oportunidades en sus lugares de origen, se trasladó a buscar un modo de sobrevivencia. Algunos lo lograron, muchos no. Basta con recorrer la periferia para darse un baño de pobreza y de miseria. Hay que recorrer las zonas cercanas a los canales de desagüe para ver esa geografía que golpea, de casas de chapa y cartón, a veces a metros de un country o de un barrio de clase media alta. Pero también hay que ver cómo se vive en las llamadas villas miseria, a metros de una avenida, a minutos de la plaza Independencia.
Y los chicos vienen y van. Muchos sólo vienen y se quedan a dormir en las plazas, alguna casa abandonada o en donde sea. Hay grupos que aspiran pegamento y se mueven en un círculo de promiscuidad. Otros cargan a sus hermanos en brazos, mientras sus padres recogen cartón y botellas de plástico. Vender flores, golosinas, estampitas religiosas, no les es ajeno. Tampoco comer ese pedazo de sándwich que sobró en la mesa de un bar y que alguien les ofreció casi a hurtadillas.
Ellos caminan y caminan, día y noche, casi como fantasmas. Pocos les prestan atención, de tan común que se ha vuelto verlos en una selva urbana que los ignora, cuando no los devora. Hay quienes igual pelean, aunque ello sólo les traiga la retribución de unas monedas, cedidas a regañadientes. Pero la mayoría cae en las redes de los cazadores de ingenuidad. Esos que de humanos tienen poco.
Por un momento, sería bueno hacer un ejercicio de conciencia y evitar caer en el formalismo de un pensamiento sin compromiso. Pensar que una sociedad no puede hacerse cargo del peso de tanto niño liberado sin elección a un mundo como el que vivimos sería pecar de liviandad. También lo sería si creyéramos que el asunto debe ser arreglado por otros. El problema nos exige a cada uno cumplir un rol: plantear, decir, analizar, decidir y ejecutar es la cuestión, pero sin dilaciones, discursos vacíos y promesas que no se cumplen.
Mientras esto ocurra, no hay que perder de vista que, mientras dejamos pasar los días, ellos siguen incorporando una realidad de a sorbos y se moldean en una fragua cruel que los convierte en adultos a la fuerza. Y, que aunque la vida se les presenta agresiva, igual se ilusionan poniendo “la ñata contra el vidrio” cuando el neón de la ciudad se enciende o el sol les roba el sueño y deben volver a la letanía del “senioranotienealguitoparadarme”.
Hay gente que hace -y mucho-, para que tanto chico desvalido pueda pasar sus días con dignidad. Alguien pensó en una revista para vender en el microcentro, otros concibieron brindarles asistencia en comedores. Y también hay quienes los contienen, junto a sus familias, en instituciones especialmente conformadas.
Pero los chicos con hambre, con necesidades básicas insatisfechas, con ausencia de hogar y de padres que los mantengan, con cero educación y un horizonte acotado casi por completo, siguen allí, mostrándonos a todos que todo lo que se haga es poco si lo que seguimos haciendo es sólo asistirlos en lo urgente y olvidarlos en lo importante. Que, por más que hablemos, debatamos, polemicemos, analicemos, tracemos planes, los ocultemos o nos enojemos, igual continuarán estando, los dedos de los pies saliendo de las zapatillas, los cuerpos temblando de frío, las caritas inocentes y en los ojos titilando un brillo que oscurece el alma.
Se sostiene que San Miguel de Tucumán se convirtió en los últimos años en un colector de población que, carente de oportunidades en sus lugares de origen, se trasladó a buscar un modo de sobrevivencia. Algunos lo lograron, muchos no. Basta con recorrer la periferia para darse un baño de pobreza y de miseria. Hay que recorrer las zonas cercanas a los canales de desagüe para ver esa geografía que golpea, de casas de chapa y cartón, a veces a metros de un country o de un barrio de clase media alta. Pero también hay que ver cómo se vive en las llamadas villas miseria, a metros de una avenida, a minutos de la plaza Independencia.
Y los chicos vienen y van. Muchos sólo vienen y se quedan a dormir en las plazas, alguna casa abandonada o en donde sea. Hay grupos que aspiran pegamento y se mueven en un círculo de promiscuidad. Otros cargan a sus hermanos en brazos, mientras sus padres recogen cartón y botellas de plástico. Vender flores, golosinas, estampitas religiosas, no les es ajeno. Tampoco comer ese pedazo de sándwich que sobró en la mesa de un bar y que alguien les ofreció casi a hurtadillas.
Ellos caminan y caminan, día y noche, casi como fantasmas. Pocos les prestan atención, de tan común que se ha vuelto verlos en una selva urbana que los ignora, cuando no los devora. Hay quienes igual pelean, aunque ello sólo les traiga la retribución de unas monedas, cedidas a regañadientes. Pero la mayoría cae en las redes de los cazadores de ingenuidad. Esos que de humanos tienen poco.
Por un momento, sería bueno hacer un ejercicio de conciencia y evitar caer en el formalismo de un pensamiento sin compromiso. Pensar que una sociedad no puede hacerse cargo del peso de tanto niño liberado sin elección a un mundo como el que vivimos sería pecar de liviandad. También lo sería si creyéramos que el asunto debe ser arreglado por otros. El problema nos exige a cada uno cumplir un rol: plantear, decir, analizar, decidir y ejecutar es la cuestión, pero sin dilaciones, discursos vacíos y promesas que no se cumplen.
Mientras esto ocurra, no hay que perder de vista que, mientras dejamos pasar los días, ellos siguen incorporando una realidad de a sorbos y se moldean en una fragua cruel que los convierte en adultos a la fuerza. Y, que aunque la vida se les presenta agresiva, igual se ilusionan poniendo “la ñata contra el vidrio” cuando el neón de la ciudad se enciende o el sol les roba el sueño y deben volver a la letanía del “senioranotienealguitoparadarme”.







