Y... sí

La falta de un mensaje político en el discurso oficial. Por Alvaro José Aurane.

06 Abril 2006
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"Y... sí". Respuesta del presidente de la Constituyente, Juan Manzur (ministro de Salud Pública), ante el planteo de que la convención de 40 miembros, dada la circunstancia, podrá reformar la Carta Magna con sólo 11 votos.


En el discurso anual del gobernador José Alperovich al pueblo de la provincia, por medio de sus representantes, no hubo un solo mensaje político. La tediosa enumeración de obras y obritas realizadas durante los 12 meses anteriores fue (si existe la tipología) la exposición de un contador público nacional antes que la del primer actor político de Tucumán. Pero no fue el estilo lo inquietante, sino el hecho de que el mandatario sólo habló del pasado. Reciente, pero pasado al fin. Y un mensaje político, en cambio, implica no sólo definir el presente, sino, fundamentalmente, delinear el futuro.
Una posibilidad es que Alperovich considere que no tiene por qué hacerlo. Que no tiene necesidad de ello. Que no le hace falta. Para el caso, él viene presentándose como el antipolítico y puede esgrimir que con sus triunfos electorales alcanza. Pero lo que es bueno publicitariamente no necesariamente es bueno para la democracia. Menos aún, para la república. Difundir un mensaje es tener la voluntad de comunicar. Y comunicar (para decirlo en los términos del antropólogo Alejandro Grimson) es poner algo en común. Y eso es, justamente, algo que este Gobierno ha demostrado que no está dispuesto a hacer.
Para el caso, basta con mirar lo hecho en la Convención Constituyente, donde no hay banca para la "nueva política" que tanto declama el Gobierno. Allí, los opositores fueron ignorados a la hora de redactar el reglamento interno y hasta borrados de la comisión de Régimen Electoral. Esta actitud no sólo "ningunea" a los no oficialistas, sino que abofetea a los electores. Se los convocó a votar con el lema de la participación, y se decidió ahora que, dado el caso, se modificará la principal institución de la provincia con tan sólo 11 votos. Luego, raya en la psicosis institucional oír al gobernador pedirles a los legisladores opositores que le acerquen proyectos.
Pero en la ausencia de un mensaje político de parte del mandatario surge una segunda posibilidad: la de que, en realidad, carezca de él. La de que esta gestión no pueda, siquiera con trazos gruesos, perfilar un modelo de provincia. En este caso, hay que reparar en que el sábado pasado, el gobernador volvió a mostrar que, aun para actos institucionales, sólo tiene un discurso: el de la crisis. Una y otra vez, sea en el Parlamento o en la inauguración de una calle pavimentada, Alperovich reitera todo cuanto ha hecho para paliar el caos. Nada más. Pasados dos años y medio de gobernación, ese saco comienza a quedar chico. Ya es tiempo de que el Gobierno, aunque más no fuere, insinúe un plan de gobierno. La apertura del período de sesiones ordinarias de la Legislatura es, precisamente, un espacio para ello. Uno que, en ese sentido, el alperovichismo sigue sin estrenar.
El discurso de la crisis presenta otro inconveniente para esta administración. Hace un año, el jefe del Ejecutivo podía presentarse con ese libreto, en calidad de Robin Hood (subtropical, claro está): el estereotipo consistía en que se emplearía todo cuanto hubiera en beneficio de los que menos tenían. Pero tras la reforma del Código Tributario, su figura se asemeja más bien a la del sheriff de Nottingham: un recaudador que apunta sólo al pequeño contribuyente, sin importar la situación en la que esté. Eso ocurre, por ejemplo, con el gravamen a la producción primaria de frutas. Los grandes citricultores ya tienen "integrado" el pago de ingresos brutos, por ejemplo, en sus empaquetadoras ("packing"). No pasa lo mismo con los pequeños agricultores, que hoy venden su fruta a precio de quebranto, y que, a este ritmo, deberán rematar su producción.
Sin plan de gobierno (al menos, públicamente expuesto) y asfixiando a un sector de la sociedad que lo viene acompañando electoralmente, el oficialismo pisa en falso. Pero al frente, la oposición es el desierto. A partir de ello, ¿puede el alperovichismo, pese a sus yerros, seguir gobernando a sus anchas? Y... sí.





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