Inseguridad ciudadana

Las declaraciones de Baillo generaban más temor. Por Federico Abel

22 Marzo 2006
Al jujeño Pablo Baillo siempre lo ha caracterizado la ubicuidad. No en vano, supo saltar sonriente del bussismo duro al topismo, cuando este se desgajó de aquel; dialogaba con el mirandismo, y aterrizó en el flanco derecho del gabinete de José Alperovich. Y allí no desentonaba porque, como él, abundaban (ahora menos) los heterodoxos, comenzando por el propio gobernador, radical de nacimiento, peronista naturalizado.
Por eso llama la atención que haya perdido, no ya la calma -lo que habría sido entendible frente a un caso como el asesinato de Paulina Lebbos-, sino el sentido de la prudencia. Desde que se confirmó lo peor, el domingo 12, Baillo se puso a la defensiva y cada vez que abrió la boca lo hizo para derramar un comentario más desafortunado que el anterior. Resulta irónico. Pese a que desde su entorno habían impulsado que se ablandara con el adjetivo "Ciudadana" el siempre recio sustantivo "Seguridad" a la hora de bautizar al Ministerio creado para que él lo condujera, parecía, últimamente, ministro de Inseguridad. Y no se trata de un juego de palabras. El lunes 13 dijo algo que podría competir con el celebérrimo "ni niego ni afirmo" que disparó Antonio Bussi cuando le preguntaron si tenía cuentas bancarias no declaradas en Suiza. Cuando Alberto Lebbos, compañero suyo en el Gobierno, no tenía consuelo por la muerte de su hija, Baillo lo reprochó sin mencionarlo: "¿Por qué dejan que sus hijos se movilicen en remises? ¿Por qué no los buscan ellos, como se hacía antes?". Eso y reconocer -y justificar-, por una parte, la fatalidad del remiserismo ilegal y, por otra, que las calles de Tucumán son menos previsibles que las de Bagdad es lo mismo.
En un primer momento, con su tozudez característica, Alperovich carraspeó: "a mí no me van a tirar un ministro con presiones", sin especificar quién era el supuesto enemigo que andaba pujando y haciendo de las suyas. Fue cuando salió a sostener a Baillo, con más razón todavía porque Bernardo Lobo Bugeau aprovechó el caso Lebbos para tomárselas de la Secretaría de Derechos Humanos, en un gobierno en el que nunca había terminado de sentirse cómodo porque, entre otras razones, él, siempre próximo a familiares de desaparecidos, debía compartir espacios con alguien de ferviente pasado bussista, como Baillo. A lo que hay que sumar la paradoja que significa una oficina diseñada -en teoría- para bregar por las garantías ciudadanas frente a las restricciones que provienen del propio Estado del que la dependencia forma parte. Lobo Bugeau prefería verse como un solitario y romántico kirchnerista perdido entre pragmáticos.
Por ello, con el correr de los días y frente a la falta de pistas ciertas sobre el asesino, Baillo se fue quedando como la luna: solo. Y en el rincón político del gobierno comenzó a primar la tesis de que, frente a un caso dramático, Alperovich no debía ponerse en la vereda de enfrente de la víctima, como hizo el ex jefe de gobierno porteño, Aníbal Ibarra, tras la tragedia del boliche República de Cromagnon, como consecuencia de la que murieron 198 personas. La prueba es que el lunes, cuando anunció que Mario López Herrera iba a reemplazar al dimitente Baillo, el ministro de Gobierno, Edmundo Jiménez, vaticinó que el nuevo funcionario iba a estar al lado de quien más sufría en estos momentos, Lebbos, a quien tildó de amigo. Esa es la razón de que el primer acto institucional de López Herrera haya sido recibir a Lebbos y preguntarle qué hay que hacer si Baillo había hecho prácticamente todo mal, según sus declaraciones de la semana pasada.
Pareciera ser una ingeniosa jugada para apaciguar los ánimos. Tal vez hasta dé resultados en el corto plazo, pero el remiserismo sigue siendo una de las corporaciones más arraigadas y prósperas, con indudables ramificaciones políticas. Con el tiempo, si se aquietan las aguas, quizás vuelvan a contratar a Baillo como asesor, como lo hicieron con Joaquín Ferre (ex secretario de Desarrollo Social), sin que nadie se enterara.

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