La infracción permanente

El problema del transporte ilegal.

22 Marzo 2006
Una amplia nota en nuestra edición de ayer se refiere al problema planteado por los remises truchos en el microcentro. Sucede que sus choferes desacatan abiertamente las nuevas normas impuestas por la Municipalidad, y según las cuales el pasajero no puede abordarlos en cualquier parte, sino en las paradas fijadas. Así, mientras los taxis hacen cola en estas, los remises se detienen para levantar sus clientes en cualquier parte. La Municipalidad arguye que no tiene personal suficiente para el control de tales infracciones, y el público, por lo general, se encoge de hombros y hace lo que le resulta más cómodo.
El desacato de referencia es, obviamente, algo que trastorna el sistema establecido y contribuye a complicar el tránsito, al que se buscaba inyectar orden con la fijación de paradas. No es el único factor de complicación. Como se sabe, el centro cuenta ahora con gran cantidad de semáforos. En cualquier ciudad del mundo, tales aparatos cumplen el cometido de ordenar la circulación. Pero entre nosotros esto todavía no se ha logrado por varias razones. Está el peatón, que insiste en cruzar las ochavas en diagonal o cuando la luz verde autoriza el paso de los vehículos, peligrosa actitud que impide el avance fluido de estos y suscita el previsible embotellamiento. Están los automotores -colectivos, muchas veces- que inician la travesía de la bocacalle con luz amarilla y que, consecuentemente, quedan atravesados, impidiendo el paso de la corriente que debía cruzar con la luz verde por la otra arteria. O los que, directamente, pasan la esquina a pesar de la luz colorada ni bien se alejan del microcentro. Y qué decir de los ciclistas, para quienes las luces parecen no existir.En el fondo de todos estos casos (es decir, tanto los de los remises que ignoran las paradas o los de los choferes, peatones y ciclistas que no respetan el semáforo) está latente la misma cuestión central: una obstinación por desacatar las normas que la autoridad municipal ha establecido como pautas para el tránsito. No podemos decir que no se las conozca. Han sido difundidas por los medios, e inclusive en afiches callejeros de concientización. Pero la inobservancia sigue, a pesar de que causa riesgos de accidentes y un franco trastorno en la vida de la ciudad.
No deja de resultar curioso que los vecinos de San Miguel de Tucumán se singularicen por esta conducta rebelde, que se advierte en todos los órdenes y de la cual podrían mencionarse los más ilustrativos y variados testimonios. Piénsese, por ejemplo, que está prohibido lavar autos en la vía pública, y que a pesar de ello todos los días se los lava abiertamente en Santa Fe al 500, o en la avenida Wenceslao Posse, en toda su extensión y a ambos costados.Los sociólogos, como estudiosos del comportamiento humano, sin duda podrían aventurar interpretaciones interesantes sobre tal modo de comportarse. Pero, en el aquí y el ahora, sucede que la contravención permanente de las ordenanzas no puede continuar con el desarrollo exponencial que exhibe. Por el contrario, la autoridad tiene que ejercer su poder sancionatorio. Solamente si el castigo (multas, secuestro de unidades) se multiplica y es riguroso podrá crearse una cultura distinta, que es la que rige en otras ciudades. O sea, aquellas donde las infracciones no se cometen porque, en un elevado porcentaje, cuestan dinero al infractor y le acarrean serios inconvenientes.
Nos parece que la Municipalidad debe adoptar los recaudos necesarios para que toda inobservancia de normas sea registrada en un acta por un inspector, y reciba la adecuada sanción del Tribunal de Faltas. Hasta que eso no suceda como algo normal, los problemas habrán de seguir.

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