21 Marzo 2006 Seguir en 
Paulina tenía 24 años, estudiaba Ciencias de la Comunicación y para su primer trabajo práctico de la materia "Producción Periodística" había elegido desarrollar un proyecto comunitario en su ciudad, Alderetes. Por esa elección, se sospecha que su sueño profesional no se orientaba a "brillar en la tele", sino a trabajar en la comunidad marcada por la pobreza que constituyen los municipios del Area Metropolitana. Como se sabe, Paulina Lebbos murió asesinada una madrugada de febrero de este año, por circunstancias que todavía se desconocen, cuando volvía del circuito de boliches del ex Abasto. Hasta aquí, parte de una biografía inconclusa. El resto es, parafraseando al sociólogo alemán Ulrich Beck, la tendencia a confundir "lo biográfico" -las tragedias individuales- con las perturbaciones del sistema. El "caso Lebbos" -en esta sociedad mediática, tragedia y crimen equivalen a "caso"- ha conmovido a la comunidad por diversas razones, que se rozan en algún punto con otras que en los últimos años también han conmovido a los argentinos, como la muerte de María Soledad Morales, el doble crimen de la Dársena, Axel Blumberg o la tragedia de Cromagnon. Uno de esos elementos comunes es la juventud de los muertos. El otro rasgo que los une es la percepción por parte de la sociedad de que en todos esos episodios hay un Estado culpable, un Estado asesino, por comisión u omisión. En Cromagnon, la ciudadanía porteña "pasó" la más cara de las facturas: la destitución de su intendente, Aníbal Ibarra. En cuanto a Blumberg, las presiones del padre de Axel por una política de mano dura provocaron cambios drásticos en el Código Penal. En cuanto al caso María Soledad, cambió en su momento el eje del poder en la provincia de Catamarca, desplazó al peronismo y le abrió las puertas a un entonces emergente Frente Cívico; el doble crimen de la Dársena, por su parte, horadó las bases del juarismo, en Santiago del Estero. En cuanto al episodio Lebbos, este todavía está escribiéndose, pero el hasta ayer ministro de Seguridad y ya "renunciado" Pablo Baillo fue el primero en pagar la factura por el crimen de Paulina. Se sospecha que el ex funcionario bussista cayó tanto por omisión como por comisión: no sólo se "le escapó" el cadáver (lo encontró un baqueano y lo entregó un policía en estado de retiro), sino que demostró una concepción pírrica del triunfo, cuando anotó como victoria - y de su propia tropa - el hallazgo del cuerpo.Esta vez, el gobernador José Alperovich, que suele ser refractario a gobernar en base a presiones, no tuvo más remedio que ceder. Sucede que, si toma nota de los humores de las comunidades en las que estallaron todos los casos antes mencionados, verá que sin excepción funcionó allí lo que el inglés Anthony Giddens y el italo-francés Paul Virilio definen de "democracia de las emociones", o de la opinión pública, en desmedro de la democracia representativa. En otras palabras, que la imagen de un padre llorando la muerte de su hijo ante las cámaras y pidiendo justicia puede más que un año de sesiones legislativas y que la racionalidad del Código Penal.Pero el "caso Paulina" no sólo desnuda las fisuras de un Estado que no controla ni sanciona (esta vez ha aflorado la trama de corruptela alrededor del transporte ilegal), también revela la patología social de una comunidad que desprotege a sus jóvenes y que en muchos casos los juzga y convierte a las víctimas en victimarios (es lo que en parte se intentó hacer con la chica Lebbos). En la Argentina contemporánea, la historia del "algo habrán hecho" no es nueva. El viernes se cumplen 30 años del último golpe militar, que hizo suya esa consigna, y sus efectos sicológicos - y el consecuente impacto en la degradación y en la discontinuidad de las instituciones - todavía no han sido lo suficientemente ponderados por la comunidad tucumana.







