20 Marzo 2006 Seguir en 
Durante los años de los mundiales de fútbol se generan niveles de apasionamiento extra en quienes simpatizan con este deporte. El magnetismo que producen las noticias y la publicidad de certámenes de estas características es por todos conocido. Con ello, la cuenta regresiva a estos torneos genera uno de los momentos más esperados por los fanáticos. Y en esto, muchas veces, también se ven involucrados aquellos que apenas conocen del tema y a quienes el asunto directamente no les importa. Pero en cualquiera de los casos, nada se puede cuantificar cuando las cosas se mezclan, y lo que es pura y exclusivamente un tema deportivo, comienza a ser sacado de ese contexto. Es en esa línea en que, en los últimos días, se conoció una polémica nacional que envuelve a Alemania, país sede del Mundial. Allí, la prensa se hizo eco de las crecientes presiones del público y, aún más, de la dirigencia política, para que el técnico Jürgen Klinsmann sea desplazado de su cargo, debido a los malos resultados. Incluso, con términos que remiten al desastre y a la debacle, los germanos unieron derrotas -con goleadas incluidas- sufridas por su selección ante Italia y por el equipo más popular, Bayern Munich, en la Liga de Campeones, para sostener que el orgullo de la nación fue puesto en jaque. La historia incorporó un nuevo capítulo cuando la canciller alemana, Angela Merkel, decidió sentar posición y apoyar el trabajo del entrenador. Y viró el asunto a una cuestión de Estado, al sostener que el Mundial llevará a Alemania a un éxito deportivo, político, cultural y económico. La historia registra muchos casos de actitudes, expresiones y acciones descomedidas con el real sentido que debería tener un juego cuya belleza cautivó al mundo. Lejanos aquellos tiempos en que se jugaba sólo por el amor a la camiseta y por el orgullo deportivo; hoy las cosas exceden esos campos para armar un peligroso cóctel en el que los intereses económicos y políticos parecen tener una gran influencia. Una cosa trae a la otra y de ello puede dar fe el hecho que a partir de un triunfo deportivo, asoman otros intereses, entre ellos la imagen de un país ante el mundo. En ese sentido, los argentinos tenemos un triste y enorme antecedente, cuando la junta militar que gobernó en la década de los años 70, usó el Mundial para ocultar la realidad de aquellos tiempos. Mucho más feliz, pero igual en el modo de ser utilizado por el poder de turno, fue aquel festejo de 1986, con Maradona y Compañía. saliendo a saludar a la multitud desde el balcón de la Casa Rosada, con proclamas del tipo "somos los mejores del mundo", saliendo de boca de funcionarios que nada tenían que ver con una pelota.
Las tentaciones no reconocen países del Primer o del Tercer Mundo, cuando se refieren a este tema. Incluso, no es patrimonio de los últimos años. Del siglo pasado, quizás los casos más claros de la confusión de roles y de ámbitos la hayan dado la propia Alemania nazi y la Italia fascista. Ante tal circunstancia, los medios de prensa no siempre cumplen con el papel que les cabe, al menos en ciertas partes del mundo donde el sensacionalismo es moneda corriente. En la Argentina de estos días, lejos estamos de llegar al extremo del nacionalismo. Los titulares pasan por el bajo nivel del equipo, por las lesiones y por tal o cual jugador que debería estar o salir del plantel. En definitiva, temas lógicos en un contexto previo a una cita de la envergadura de un Mundial. Es ese quizás el prisma que aporte los mejores colores a esta situación. Sin romper la delgada línea que a veces separa lo esencial de lo nimio, la exacerbación del nacionalismo ante la inminencia de una justa deportiva tan importante no es, felizmente y en los últimos tiempos, uno de nuestros pecados.
Las tentaciones no reconocen países del Primer o del Tercer Mundo, cuando se refieren a este tema. Incluso, no es patrimonio de los últimos años. Del siglo pasado, quizás los casos más claros de la confusión de roles y de ámbitos la hayan dado la propia Alemania nazi y la Italia fascista. Ante tal circunstancia, los medios de prensa no siempre cumplen con el papel que les cabe, al menos en ciertas partes del mundo donde el sensacionalismo es moneda corriente. En la Argentina de estos días, lejos estamos de llegar al extremo del nacionalismo. Los titulares pasan por el bajo nivel del equipo, por las lesiones y por tal o cual jugador que debería estar o salir del plantel. En definitiva, temas lógicos en un contexto previo a una cita de la envergadura de un Mundial. Es ese quizás el prisma que aporte los mejores colores a esta situación. Sin romper la delgada línea que a veces separa lo esencial de lo nimio, la exacerbación del nacionalismo ante la inminencia de una justa deportiva tan importante no es, felizmente y en los últimos tiempos, uno de nuestros pecados.







