17 Marzo 2006 Seguir en 
Ezequiel González, un niño de dos años oriundo de Quilmes, enfermo de hepatitis, debió ser trasladado a Buenos Aires en grave estado, a la búsqueda del trasplante de hígado que le salve la vida. El patético caso -acerca del cual hemos venido informando- ha desencadenado ciertas revelaciones sobre el estado sanitario de esa población de la serranía tucumana. Ellas merecen, por cierto, un comentario y alguna reflexión.
La nota publicada en LA GACETA de ayer resulta más que ilustrativa. Según declaraciones de miembros de la comunidad quilmense, 79 de los 103 chicos que asisten a la escuela 213 fueron infectados con hepatitis entre agosto del año pasado y el mes que corre, dato cuyo carácter alarmante es innecesario ponderar. Ocurre que el agua que se bebe en Quilmes proviene de acequia y sin proceso de potabilización, razón por la cual con frecuencia se halla contaminada. Es verdad que junto a la ruta 40 existe un pozo surgente, pero está lejos para muchos pobladores y para la escuela (que, además, no tiene sanitarios sino letrinas). Los vecinos afirman que el Gobierno no quiere excavar otro pozo, porque es muy difícil llegar a las napas de agua. En suma, beben un líquido que, si puede ser apto para riego, encierra amenazas para la salud. Las cifras de hepatitis así lo están demostrando con elocuencia.
Una realidad como la reseñada no puede sino suscitar estupor. En efecto, cabe preguntarse cómo es posible que, cuando vamos transitando el tercer milenio, existan dentro del territorio provincial -y en las cercanías de un sitio turístico- situaciones de esa índole: una comunidad sin acceso a algo tan elemental como el agua potable, con gravísimo perjuicio para su salud.
No sabemos si la autoridad comunal de Quilmes hizo la gestión para modificar ese cuadro, si bien un funcionario del Servicio Provincial de Agua y Sanidad anunció que en tres semanas más comenzará la obra para llevar agua potable a esa localidad. Pero, frente a él, cabe cuestionar la política de inversiones del Estado en infraestructura. Hace pocos días, informamos que el Gobierno provincial solicitará U$S 100 millones al Banco Mundial para realizar obras de infraestructura: la Ciudad Judicial; construcción y reparación de la red vial; cloacas para municipios; desagües; puestos fronterizos; equipos informáticos para organismos recaudadores. Se está construyendo una importante cantidad de viviendas; se anuncian trabajos tan destacados como el dique Potrero de las Tablas o el viaducto en la ruta 307; se acaban de comprar 37 hectáreas para un parque en la ciudad.
Sería injusto negar que esta lista enumera trabajos significativos para nuestra provincia. Pero no puede ser que, no se hayan previsto situaciones de carencia elemental, que se localizan en algunos puntos del territorio. Son de las que no pueden esperar, y el costo de atenderlas representa, en última instancia, cifras realmente intrascendentes dentro de los ambiciosos planes que se manejan.
Así, la realidad de la gente de Quilmes suena a una cruel ironía, si se la coteja, repetimos, con el monto de inversiones en infraestructura. Los medios deben ser provistos con la máxima urgencia, efectuando todos los gastos que sean necesarios para corregir a fondo lo que ocurre. Hace ya muchos siglos, el célebre romano Cicerón proclamaba: "la salud del pueblo es la ley suprema". El tiempo ha pasado largamente desde entonces, pero la verdad de la afirmación sigue vigente con toda su fuerza. La salud de la población debe entenderse siempre como algo prioritario, y esto tiene que reflejarse con toda nitidez a la hora de distribuir los fondos públicos.
La nota publicada en LA GACETA de ayer resulta más que ilustrativa. Según declaraciones de miembros de la comunidad quilmense, 79 de los 103 chicos que asisten a la escuela 213 fueron infectados con hepatitis entre agosto del año pasado y el mes que corre, dato cuyo carácter alarmante es innecesario ponderar. Ocurre que el agua que se bebe en Quilmes proviene de acequia y sin proceso de potabilización, razón por la cual con frecuencia se halla contaminada. Es verdad que junto a la ruta 40 existe un pozo surgente, pero está lejos para muchos pobladores y para la escuela (que, además, no tiene sanitarios sino letrinas). Los vecinos afirman que el Gobierno no quiere excavar otro pozo, porque es muy difícil llegar a las napas de agua. En suma, beben un líquido que, si puede ser apto para riego, encierra amenazas para la salud. Las cifras de hepatitis así lo están demostrando con elocuencia.
Una realidad como la reseñada no puede sino suscitar estupor. En efecto, cabe preguntarse cómo es posible que, cuando vamos transitando el tercer milenio, existan dentro del territorio provincial -y en las cercanías de un sitio turístico- situaciones de esa índole: una comunidad sin acceso a algo tan elemental como el agua potable, con gravísimo perjuicio para su salud.
No sabemos si la autoridad comunal de Quilmes hizo la gestión para modificar ese cuadro, si bien un funcionario del Servicio Provincial de Agua y Sanidad anunció que en tres semanas más comenzará la obra para llevar agua potable a esa localidad. Pero, frente a él, cabe cuestionar la política de inversiones del Estado en infraestructura. Hace pocos días, informamos que el Gobierno provincial solicitará U$S 100 millones al Banco Mundial para realizar obras de infraestructura: la Ciudad Judicial; construcción y reparación de la red vial; cloacas para municipios; desagües; puestos fronterizos; equipos informáticos para organismos recaudadores. Se está construyendo una importante cantidad de viviendas; se anuncian trabajos tan destacados como el dique Potrero de las Tablas o el viaducto en la ruta 307; se acaban de comprar 37 hectáreas para un parque en la ciudad.
Sería injusto negar que esta lista enumera trabajos significativos para nuestra provincia. Pero no puede ser que, no se hayan previsto situaciones de carencia elemental, que se localizan en algunos puntos del territorio. Son de las que no pueden esperar, y el costo de atenderlas representa, en última instancia, cifras realmente intrascendentes dentro de los ambiciosos planes que se manejan.
Así, la realidad de la gente de Quilmes suena a una cruel ironía, si se la coteja, repetimos, con el monto de inversiones en infraestructura. Los medios deben ser provistos con la máxima urgencia, efectuando todos los gastos que sean necesarios para corregir a fondo lo que ocurre. Hace ya muchos siglos, el célebre romano Cicerón proclamaba: "la salud del pueblo es la ley suprema". El tiempo ha pasado largamente desde entonces, pero la verdad de la afirmación sigue vigente con toda su fuerza. La salud de la población debe entenderse siempre como algo prioritario, y esto tiene que reflejarse con toda nitidez a la hora de distribuir los fondos públicos.







