15 Marzo 2006 Seguir en 
Reconciliación significa, de acuerdo con el diccionario, "la renovación de la amistad que se había quebrado, o la reunión de los ánimos que estaban desunidos". En la iconografía tradicional se la representaba con dos personas que se abrazaban, a tiempo que pisaban una serpiente, representativa de la malignidad y de la mentira. Y por encima de los abrazados, aparecía una rama de olivo, símbolo de paz.
La referencia parece oportuna, como introducción a un breve comentario sobre la actitud de la nueva presidenta de Chile, Michelle Bachelet. En su primer discurso desde el Palacio de La Moneda, consideró oportuno instar una vez más a "la reconciliación" de todos los ciudadanos del país, especialmente las Fuerzas Armadas, que, dijo, "hoy día son patrimonio de todos los chilenos".
Las expresiones de la jefa de Estado no pueden sino ser miradas con complacencia, tanto por quienes habitan ese país, como por el resto de las naciones latinoamericanas. Instar a la reconciliación es pronunciar un mensaje de paz, algo más que necesario en los momentos que vivimos. Se trata de una convocatoria a poner el acento en lo que une a una sociedad, y dejar atrás las diferencias que la separan. Consiste en la búsqueda de un proyecto común, cuyo logro no debe ser obstaculizado por los enconos.
Ni qué decir que la reconciliación ha sido siempre el fundamento de las etapas positivas de los pueblos. Así lo enseña, con insistencia, la historia próxima o remota. Para la Argentina, tiene un especial significado. No es ocioso recordar que nuestro primer presidente, el general Justo José de Urquiza, ni bien terminó con la dictadura de Rosas en Caseros, declaró el olvido de los agravios y la fusión de los partidos: eso significó abrir una nueva y progresista etapa para el país, que finalmente logró organizarse en 1853, bajo una sabia Constitución. En 1877, el gran presidente tucumano Nicolás Avellaneda llamó a la conciliación, que, dijo, "es un deber cívico cuando sólo se trata de vivir en paz bajo el imperio de la misma ley, puesto que caben sobradamente, dentro de ella, todos los disentimientos legítimos".
Esa mirada amplia, que busca poner en el olvido las diferencias del pasado, resulta necesaria para que los pueblos marchen hacia adelante. Obvio es decir que el pasado no puede negarse. Es algo que existió y que forma parte de la historia de cada nación; historia que estará siempre cargada de grandezas y de miserias, de instancias sublimes y de instancias abominables.
Ha de mirarse el pasado, por cierto, para extraer de él lecciones y advertencias, así como para evitar la recaída en idénticos errores. Pero el pasado es lo que ya pasó, y las naciones que aspiran a conquistar mejores destinos son las que enfocan su tesón y su ánimo hacia el horizonte, y que no están condicionadas por lo que antes ocurrió y que los seres no pueden modificar. Para lograr poner en marcha esa mirada, es indispensable disipar los enconos y las diferencias. Ningún proyecto común es posible sin ese requisito fundamental.
Sería deseable reflexionar sobre la importancia que la reconciliación tiene, y sobre su enorme incidencia en los destinos de cada comunidad. El mundo moderno, con el universo de desafíos y posibilidades que presenta, requiere que se dejen atrás las diferencias que, lamentablemente, siguen emponzoñando la marcha de muchas naciones. Reconciliarse es, por lo demás, un acto cargado de grandeza, en el cual cada uno saca a la luz los más nobles rasgos que adornan la condición humana. No es sencillo, porque significa renuncias y modificaciones en los hábitos mentales. Pero tiene un saldo que siempre retribuye, con creces, ese esfuerzo.
La referencia parece oportuna, como introducción a un breve comentario sobre la actitud de la nueva presidenta de Chile, Michelle Bachelet. En su primer discurso desde el Palacio de La Moneda, consideró oportuno instar una vez más a "la reconciliación" de todos los ciudadanos del país, especialmente las Fuerzas Armadas, que, dijo, "hoy día son patrimonio de todos los chilenos".
Las expresiones de la jefa de Estado no pueden sino ser miradas con complacencia, tanto por quienes habitan ese país, como por el resto de las naciones latinoamericanas. Instar a la reconciliación es pronunciar un mensaje de paz, algo más que necesario en los momentos que vivimos. Se trata de una convocatoria a poner el acento en lo que une a una sociedad, y dejar atrás las diferencias que la separan. Consiste en la búsqueda de un proyecto común, cuyo logro no debe ser obstaculizado por los enconos.
Ni qué decir que la reconciliación ha sido siempre el fundamento de las etapas positivas de los pueblos. Así lo enseña, con insistencia, la historia próxima o remota. Para la Argentina, tiene un especial significado. No es ocioso recordar que nuestro primer presidente, el general Justo José de Urquiza, ni bien terminó con la dictadura de Rosas en Caseros, declaró el olvido de los agravios y la fusión de los partidos: eso significó abrir una nueva y progresista etapa para el país, que finalmente logró organizarse en 1853, bajo una sabia Constitución. En 1877, el gran presidente tucumano Nicolás Avellaneda llamó a la conciliación, que, dijo, "es un deber cívico cuando sólo se trata de vivir en paz bajo el imperio de la misma ley, puesto que caben sobradamente, dentro de ella, todos los disentimientos legítimos".
Esa mirada amplia, que busca poner en el olvido las diferencias del pasado, resulta necesaria para que los pueblos marchen hacia adelante. Obvio es decir que el pasado no puede negarse. Es algo que existió y que forma parte de la historia de cada nación; historia que estará siempre cargada de grandezas y de miserias, de instancias sublimes y de instancias abominables.
Ha de mirarse el pasado, por cierto, para extraer de él lecciones y advertencias, así como para evitar la recaída en idénticos errores. Pero el pasado es lo que ya pasó, y las naciones que aspiran a conquistar mejores destinos son las que enfocan su tesón y su ánimo hacia el horizonte, y que no están condicionadas por lo que antes ocurrió y que los seres no pueden modificar. Para lograr poner en marcha esa mirada, es indispensable disipar los enconos y las diferencias. Ningún proyecto común es posible sin ese requisito fundamental.
Sería deseable reflexionar sobre la importancia que la reconciliación tiene, y sobre su enorme incidencia en los destinos de cada comunidad. El mundo moderno, con el universo de desafíos y posibilidades que presenta, requiere que se dejen atrás las diferencias que, lamentablemente, siguen emponzoñando la marcha de muchas naciones. Reconciliarse es, por lo demás, un acto cargado de grandeza, en el cual cada uno saca a la luz los más nobles rasgos que adornan la condición humana. No es sencillo, porque significa renuncias y modificaciones en los hábitos mentales. Pero tiene un saldo que siempre retribuye, con creces, ese esfuerzo.







