Una sociedad insegura

13 Marzo 2006
La sociedad se ve periódicamente sacudida por hechos de gran magnitud, que conmueven hasta los cimientos las estructuras de la comunidad. Las consecuencias de esos acontecimientos se proyectan en el tiempo y durante meses -o años- continúan presentes en la vida cotidiana del cuerpo social. La catástrofe ocurrida en la última madrugada de 2004 en el boliche porteño de Cromagnon es un doloroso ejemplo de cómo un desgraciado suceso sirve para revelar aspectos ocultos -y muchas veces tenebrosos- de una organización social que, de no mediar estas calamidades, tiende a ignorar su existencia.
La aparición del cuerpo sin vida de la joven Paulina Lebbos, quien fue vista por última vez el 26 de febrero pasado a bordo de un remise ilegal y cuyo cuerpo destrozado fue hallado a la vera de una ruta en la noche del sábado, ha provocado una conmoción profunda en la sociedad tucumana. Durante los días en los que la joven permaneció desaparecida, se tejieron miles de hipótesis sobre su paradero y sobre su destino a partir del momento en que su amiga se bajó del coche que las transportaba. Lo cierto es que Paulina salió una noche para divertirse junto con sus amigos, concurrió en compañía de ellos a un local público y pretendió regresar en un medio de transporte que circulaba libremente por las calles de la ciudad. Nada hay de irregular en esta conducta. Nada que hiciera suponer que esa salida podía ser la última de una joven estudiante universitaria.
Es aquí donde caben las reflexiones, ya que resulta inadmisible resignarse a pensar que miles de jóvenes, que adoptan conductas similares a la que siguió Paulina Lebbos en la fatídica madrugada del 26 de febrero ponen en riesgo su vida. Durante la investigación y el juicio político que le costaron el cargo al ex jefe de Gobierno porteño Aníbal Ibarra, quedó en claro que ni los inspectores ni la Policía ni el empresario dueño del boliche habían cumplido con las leyes ni con las ordenanzas en vigencia. La pirámide de responsabilidades políticas terminó con la instancia que truncó el mandato de Ibarra, pero nadie ignora que, noche tras noche, hay miles de boliches en todo el país que se convierten en un potencial Cromagnon. Sin embargo, muy poco se ha avanzado en este aspecto para garantizar la seguridad de centenares de miles de jóvenes.
En Tucumán, los organismos municipales y de seguridad reaccionaron a poco de conocerse la desaparición de la joven Lebbos; se clausuraron los boliches de la zona en la que estuvo la desafortunada muchacha y comenzaron a realizarse inspecciones para detectar los vehículos que circulan sin autorización. A nadie le sorprendió que algunos de los locales no estuvieran en condiciones de funcionar y que muchos de los vehículos circularan sin cumplir con las normas en vigencia.
Lo que sorprende es que pasa el tiempo y no se toman medidas de fondo pensadas para garantizar la seguridad de los ciudadanos. Las cartas de lectores recibidas por nuestro diario son un afligente muestrario de denuncias que revelan que, sobre todo en el tema del transporte, la ilegalidad es la norma y son la excepción aquellos que cumplen con todas las exigencias impuestas por las leyes.
Una sociedad que quiera ser digna de merecer tal nombre y que respete la vida de sus integrantes no puede actuar siempre por reacción. Menos aún, esperar que se produzcan sucesos desgraciados para tomar medidas que deben ser máxima prioridad en la gestión diaria, porque de su eficacia depende nada menos que la vida de los ciudadanos. Y en los casos como los que desgraciadamente hoy nos ocupan, de los miembros más jóvenes -y por lo tanto, más expuestos- de esa comunidad.






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