12 Marzo 2006 Seguir en 
Julio Cortázar tiene un brevísimo cuento que integra el maravilloso universo de su inolvidable “Historias de cronopios y de famas”. Se llama “El diario a diario”.
“Un señor toma el tranvía después de comprar el diario y ponérselo bajo el brazo. Media hora más tarde desciende con el mismo diario bajo el mismo brazo. Pero ya no es el mismo diario, ahora es un montón de hojas impresas que el señor abandona en un banco de la plaza. Apenas queda solo en el banco, el montón de hojas impresas se convierte otra vez en un diario, hasta que un muchacho lo ve, lo lee y lo deja convertido en un montón de hojas impresas. Apenas queda solo en el banco, el montón de hojas impresas se convierte otra vez en un diario, hasta que una anciana lo encuentra, lo lee y lo deja convertido en un montón de hojas impresas. Luego se lo lleva a su casa y en el camino lo usa para empaquetar medio kilo de acelgas, que es para lo que sirven los diarios después de estas excitantes metamorfosis”.
Siguiendo los pasos del enorme Julio, podemos describir a un señor que entra a un banco para consultar los requisitos exigidos para abrir una cuenta. En ese momento es un potencial cliente gold, con acceso a la cuenta plus mediante el tratamiento de persona VIP; se le ofrecerán todos los beneficios y se le explicarán amablemente todos los detalles sobre los que requiera información. Una vez que el señor decide concretar la operación, se convierte en un número de cuenta con varios ceros, guiones y barras, y a partir de ese momento tendrá que despejar sus dudas o efectuar sus reclamos a impersonales números telefónicos; se ha concretado una metamorfosis no menos excitante que la que relata con inigualable maestría el autor de “Rayuela”.
Un político en campaña se acerca a un grupo de vecinos; conversa con ellos, se interioriza de sus necesidades y reflexiona acerca de las soluciones que deben darse a sus problemas. Es un hombre interesado en el bienestar de sus semejantes y dispuesto a trabajar por ellos. Ese mismo político, una vez obtenido el cargo, se transforma en un frío calculador de su propio futuro, al que subordina todos los pasos que dará de allí en más.
Otro señor, conductor de su automóvil, mientras permanece a bordo de la unidad ignora la luz roja de un semáforo, se detiene sobre la senda peatonal o acelera para llegar a la bocacalle cuando advierte que la señal verde cambia por la amarilla. Ese señor baja del auto y se convierte en un peatón que insulta airadamente a los conductores que violan la luz roja o le impiden cruzar porque atraviesan sus vehículos a su paso. Pero, cuando vuelve a sentarse ante el volante, se opera nuevamente la metamorfosis y el ofendido ex peatón se transforma en un peligro para los ciudadanos de a pie.
Otro señor es un amable empleado en una casa de comercio; de modales pulidos, trata con consideración y respeto a los clientes que le toca atender durante su horario de trabajo. Ese mismo hombre concurre el domingo a la cancha -tal vez en compañía de su pequeño hijo- y, en cuanto llega a la tribuna, se convierte en un vociferante energúmeno que insulta a los jugadores -de su bando y del equipo rival-, al director técnico, al árbitro y a sus colaboradores; en el colmo del descontrol, arroja hacia el campo de juego botellas vacías y otros elementos a su alcance; curiosamente, basta que se aleje un par de cuadras del estadio para que esa actitud belicosa desaparezca y el hombre vuelva a transformarse en la persona afable y tranquila que concurre a su trabajo durante toda la semana.
Y volviendo al diario del que habla Cortázar, quienes lo escribimos todos los días aspiramos a que ese señor que lo compra y toma el tranvía con el ejemplar bajo el brazo no sea el mismo cuando baja después de leerlo; se trata de que las páginas le aporten elementos para colocarlo en mejores condiciones de interpretar la realidad, antes de convertirse en envoltorio de la acelga.
“Un señor toma el tranvía después de comprar el diario y ponérselo bajo el brazo. Media hora más tarde desciende con el mismo diario bajo el mismo brazo. Pero ya no es el mismo diario, ahora es un montón de hojas impresas que el señor abandona en un banco de la plaza. Apenas queda solo en el banco, el montón de hojas impresas se convierte otra vez en un diario, hasta que un muchacho lo ve, lo lee y lo deja convertido en un montón de hojas impresas. Apenas queda solo en el banco, el montón de hojas impresas se convierte otra vez en un diario, hasta que una anciana lo encuentra, lo lee y lo deja convertido en un montón de hojas impresas. Luego se lo lleva a su casa y en el camino lo usa para empaquetar medio kilo de acelgas, que es para lo que sirven los diarios después de estas excitantes metamorfosis”.
Siguiendo los pasos del enorme Julio, podemos describir a un señor que entra a un banco para consultar los requisitos exigidos para abrir una cuenta. En ese momento es un potencial cliente gold, con acceso a la cuenta plus mediante el tratamiento de persona VIP; se le ofrecerán todos los beneficios y se le explicarán amablemente todos los detalles sobre los que requiera información. Una vez que el señor decide concretar la operación, se convierte en un número de cuenta con varios ceros, guiones y barras, y a partir de ese momento tendrá que despejar sus dudas o efectuar sus reclamos a impersonales números telefónicos; se ha concretado una metamorfosis no menos excitante que la que relata con inigualable maestría el autor de “Rayuela”.
Un político en campaña se acerca a un grupo de vecinos; conversa con ellos, se interioriza de sus necesidades y reflexiona acerca de las soluciones que deben darse a sus problemas. Es un hombre interesado en el bienestar de sus semejantes y dispuesto a trabajar por ellos. Ese mismo político, una vez obtenido el cargo, se transforma en un frío calculador de su propio futuro, al que subordina todos los pasos que dará de allí en más.
Otro señor, conductor de su automóvil, mientras permanece a bordo de la unidad ignora la luz roja de un semáforo, se detiene sobre la senda peatonal o acelera para llegar a la bocacalle cuando advierte que la señal verde cambia por la amarilla. Ese señor baja del auto y se convierte en un peatón que insulta airadamente a los conductores que violan la luz roja o le impiden cruzar porque atraviesan sus vehículos a su paso. Pero, cuando vuelve a sentarse ante el volante, se opera nuevamente la metamorfosis y el ofendido ex peatón se transforma en un peligro para los ciudadanos de a pie.
Otro señor es un amable empleado en una casa de comercio; de modales pulidos, trata con consideración y respeto a los clientes que le toca atender durante su horario de trabajo. Ese mismo hombre concurre el domingo a la cancha -tal vez en compañía de su pequeño hijo- y, en cuanto llega a la tribuna, se convierte en un vociferante energúmeno que insulta a los jugadores -de su bando y del equipo rival-, al director técnico, al árbitro y a sus colaboradores; en el colmo del descontrol, arroja hacia el campo de juego botellas vacías y otros elementos a su alcance; curiosamente, basta que se aleje un par de cuadras del estadio para que esa actitud belicosa desaparezca y el hombre vuelva a transformarse en la persona afable y tranquila que concurre a su trabajo durante toda la semana.
Y volviendo al diario del que habla Cortázar, quienes lo escribimos todos los días aspiramos a que ese señor que lo compra y toma el tranvía con el ejemplar bajo el brazo no sea el mismo cuando baja después de leerlo; se trata de que las páginas le aporten elementos para colocarlo en mejores condiciones de interpretar la realidad, antes de convertirse en envoltorio de la acelga.







