11 Marzo 2006 Seguir en 
El público respaldo del gobernador José Alperovich al candidato a rector de la UNT Juan Alberto Cerisola rompió la rutina electoral en la Universidad y dejó atónitos a los miembros de esa comunidad y a los del ámbito político. Es más. Ni el propio Cerisola esperaba que el mandatario, en persona, se pronunciara abiertamente ante la sociedad, en apoyo de su postulación.
La sorpresa que causó el hecho es comprensible. Se trata de la primera vez que un mandatario provincial muestra a la sociedad su inclinación por un candidato al Rectorado, lo que desde cierto punto de vista puede leerse como una injerencia del Gobierno en la interna universitaria. Sin embargo, con la mano en el corazón, muchos de los hoy asombrados deberían reconocer que siempre el poder político tuvo una fuerte influencia, tanto en las elecciones universitarias como en la política de estas casas de estudio.
Por otra parte, Alperovich tiene un perfil profesional que lo diferencia de la mayoría de los gobernadores que tuvo Tucumán (sólo José Domato y Julio César Aráoz pasaron por los claustros académicos), y -sin dejar de lado sus reiteradas muestras de vocación de poder- no es extraño que le interesa un trabajo conjunto entre el Gobierno y la Universidad. Esta interacción viene siendo reclamada desde hace más de dos décadas. Los investigadores siempre se quejaron de que no eran consultados a la hora de tomar decisiones políticas, mientras que legisladores y concejales -por lo general de la oposición de turno- siempre pidieron que los Ejecutivos tengan a la UNT como principal fuente de consulta para los proyectos de gobierno. Viéndolo así, la injerencia gubernamental podría llegar a ser un buen comienzo para unir esfuerzos.
Todo hasta aquí es válido. Pero hay una lectura más profunda. El futuro rector de la UNT necesita una alianza más profunda con el Gobierno nacional, que le garantice un aumento en el presupuesto y fluidez en el envío de fondos para diferentes proyectos. Alperovich es un buen aliado en el actual escenario político nacional. En cambio, el actual rector, Mario Marigliano, tuvo más enfrentamientos que coincidencias con el Gobierno de Néstor Kirchner, que no lo favorecieron ni a él ni a la Universidad, que está ahogada por la falta de recursos.
En ese contexto, no hay que olvidar que Kirchner también viene demostrando vocación de poder e interés por insertar al peronismo en las universidades. Especialmente, en las tradicionales, como la UBA, la de Córdoba o la de Tucumán, que fueron, desde el 84 hasta ahora, bastiones del radicalismo. No es casual que el nuevo secretario de Políticas Universitarias, Daniel Malcolm, provenga de una de las universidades del conurbano bonaerense. Estas se crearon durante el gobierno de Carlos Menem, con gente cercana a su entorno y al duhaldismo, para contrarrestar el poderío radical de las universidades grandes.
El mapa político universitario, sin dudas, está cambiando. Y para ello, Kirchner apeló a su conocida estrategia de la transversalidad: llevando agua a su molino, sin prejuicios respecto de dónde provenga. Alperovich, Marigliano y Cerisola no sólo compartieron la Facultad de Ciencias Económicas, sino también su militancia o simpatía radical.
El desmembramiento que a nivel nacional comenzó a tener el radicalismo a partir de la constitución de la Alianza -Ricardo López Murphy y Elisa Carrió son ejemplos emblemáticos- también está ocurriendo en las filas de la antes poderosa Franja Morada. Muchas agrupaciones estudiantiles se crearon en las Facultades tucumanas a partir de desgarros de la FM, y en este momento, sin militar abiertamente en el peronismo, respaldan las políticas kirchneristas y le aportan aparato y militancia.
Lo que debería sorprender, quizás, y para bien, es que en esta ocasión, la injerencia política se hace a cara descubierta y de frente a la sociedad.
La sorpresa que causó el hecho es comprensible. Se trata de la primera vez que un mandatario provincial muestra a la sociedad su inclinación por un candidato al Rectorado, lo que desde cierto punto de vista puede leerse como una injerencia del Gobierno en la interna universitaria. Sin embargo, con la mano en el corazón, muchos de los hoy asombrados deberían reconocer que siempre el poder político tuvo una fuerte influencia, tanto en las elecciones universitarias como en la política de estas casas de estudio.
Por otra parte, Alperovich tiene un perfil profesional que lo diferencia de la mayoría de los gobernadores que tuvo Tucumán (sólo José Domato y Julio César Aráoz pasaron por los claustros académicos), y -sin dejar de lado sus reiteradas muestras de vocación de poder- no es extraño que le interesa un trabajo conjunto entre el Gobierno y la Universidad. Esta interacción viene siendo reclamada desde hace más de dos décadas. Los investigadores siempre se quejaron de que no eran consultados a la hora de tomar decisiones políticas, mientras que legisladores y concejales -por lo general de la oposición de turno- siempre pidieron que los Ejecutivos tengan a la UNT como principal fuente de consulta para los proyectos de gobierno. Viéndolo así, la injerencia gubernamental podría llegar a ser un buen comienzo para unir esfuerzos.
Todo hasta aquí es válido. Pero hay una lectura más profunda. El futuro rector de la UNT necesita una alianza más profunda con el Gobierno nacional, que le garantice un aumento en el presupuesto y fluidez en el envío de fondos para diferentes proyectos. Alperovich es un buen aliado en el actual escenario político nacional. En cambio, el actual rector, Mario Marigliano, tuvo más enfrentamientos que coincidencias con el Gobierno de Néstor Kirchner, que no lo favorecieron ni a él ni a la Universidad, que está ahogada por la falta de recursos.
En ese contexto, no hay que olvidar que Kirchner también viene demostrando vocación de poder e interés por insertar al peronismo en las universidades. Especialmente, en las tradicionales, como la UBA, la de Córdoba o la de Tucumán, que fueron, desde el 84 hasta ahora, bastiones del radicalismo. No es casual que el nuevo secretario de Políticas Universitarias, Daniel Malcolm, provenga de una de las universidades del conurbano bonaerense. Estas se crearon durante el gobierno de Carlos Menem, con gente cercana a su entorno y al duhaldismo, para contrarrestar el poderío radical de las universidades grandes.
El mapa político universitario, sin dudas, está cambiando. Y para ello, Kirchner apeló a su conocida estrategia de la transversalidad: llevando agua a su molino, sin prejuicios respecto de dónde provenga. Alperovich, Marigliano y Cerisola no sólo compartieron la Facultad de Ciencias Económicas, sino también su militancia o simpatía radical.
El desmembramiento que a nivel nacional comenzó a tener el radicalismo a partir de la constitución de la Alianza -Ricardo López Murphy y Elisa Carrió son ejemplos emblemáticos- también está ocurriendo en las filas de la antes poderosa Franja Morada. Muchas agrupaciones estudiantiles se crearon en las Facultades tucumanas a partir de desgarros de la FM, y en este momento, sin militar abiertamente en el peronismo, respaldan las políticas kirchneristas y le aportan aparato y militancia.
Lo que debería sorprender, quizás, y para bien, es que en esta ocasión, la injerencia política se hace a cara descubierta y de frente a la sociedad.







