Los malos olores

09 Marzo 2006
Todos sabemos que el olor es la impresión que los efluvios producen en el sentido denominado olfato. Existen clasificaciones minuciosas de los diversos tipos de olores, así como una abundante literatura científica a su respecto. Poco sabe de todo esto, por cierto, el hombre de la calle, para quien los olores podrían clasificarse, simplemente, en los neutros (esto es, que no le producen una impresión especial), los agradables y los desagradables. Obvio sería decir que a nadie le resulta satisfactorio estar rodeado de olores desagradables, en ninguna parte. Y menos que ese cortejo acompañe toda recorrida por la vía pública.
Lamentablemente, en la ciudad de San Miguel de Tucumán, las emanaciones repugnantes se han multiplicado hasta un punto que no pueden sino alarmar. Nuestra edición de ayer dedica una extensa nota a este particular asunto. De acuerdo con las declaraciones allí recogidas, sucede que quien circula por diversas cuadras del centro está forzado, en los últimos tiempos, a soportar esas repulsivas emanaciones como algo habitual. Ellas invaden hasta el interior de los comercios, muchos de los cuales buscan defenderse con extractores, sahumerios o desodorantes. Las causas del mal olor tienen diversas versiones. Se supone que buena parte del mismo sale de defectuosas -o irregulares- conexiones de los desagües cloacales, así como del material putrefacto alojado en las siempre obstruidas bocatormentas de las calles. En las peatonales, se piensa que opera la descomposición del agua con la que se riegan las flores, cuando se estanca en los desagües laterales. Debe agregarse, asimismo, el estado de descomposición que adquieren, muchas veces, los restos de frutas y verduras que los ambulantes arrojan a la calle.
Y está a la vista también -como muchas veces lo hemos marcado al pie del editorial- el hecho de que, de los comercios que expenden comidas al paso, fluye de forma constante un olor que repugna al olfato y que invade toda la cuadra. Este puede deberse a las sustancias usadas para cocinar, al mal estado de las cocinas o a la falta de higiene de sus implementos.
Sea como fuere, parece más que razonable sostener que una situación de tal naturaleza no puede ser considerada como una maldición bíblica, de esas que no hay más remedio que tolerar, y que integran el precio que debe pagarse por vivir en una ciudad poblada por más de medio millón de habitantes. Por el contrario, nos parece que la solución del problema debiera incorporarse a las preocupaciones municipales como algo verdaderamente urgente.
La Dirección de Producción y Saneamiento Ambiental asegura que se realizan frecuentes controles, y que se han llevado a cabo ya varias clausuras. Como parece notorio, la tarea no ha sido hasta la fecha lo suficientemente profunda, dado que las emanaciones continúan existiendo, con fuerza creciente.
Nos parece que ello define la necesidad de detectar con exactitud las fuentes de dichos efluvios, para proceder a obturarlas sin pérdida de tiempo. Esto debe incluir, obviamente, la aplicación de fuertes multas, además de clausuras, a los locales involucrados en el asunto. Clausuras que debieran ser definitivas, en los casos en que se establezca que es imposible desarrollar la actividad sin la secuela de olores desagradables.
A cada momento, las autoridades publicitan su intención de mejorar la ciudad en que habitamos. Se trata de un propósito por demás plausible, y no puede negarse que se han realizado y se realizan significativos avances en este sentido.
Pero, repetimos, uno de los objetivos que deben ganarse es que nuestra urbe sea un sitio agradable para recorrer y para trabajar. Si no se erradican las emanaciones, resultará imposible ese logro.


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