Adiós al amigo

El Gobierno pierde a su principal operador político. Por Alvaro José Aurane.

09 Marzo 2006
La renuncia de Antonio Jalil a la Secretaría General de la Gobernación puede ser enfocada desde dos ángulos diferentes. En primer lugar, están los efectos (externos e internos) de la salida del funcionario. En segunda instancia, se encuentra lo que desnuda la decisión de uno de los hombres más cercanos al jefe de Estado.
Hacia afuera, el abogado era el interlocutor de la Casa de Gobierno con el PJ. Y, en consecuencia, con la Legislatura. Por ello, cuando se confirmó la salida del alberdiano, desde la Cámara no preguntaron quién lo sucederá, sino con quién dialogarán en adelante en el palacio gubernamental. La tarea, seguramente, recaerá ahora en el ministro de Gobierno, Edmundo Jiménez.
También era Jalil el nexo con la mayoría de los partidos de la oposición (al menos, con parlamentarios de la UCR y de FR, y con dirigentes de Recrear). El mismo papel cumplía con los gremios más importantes. Y, especialmente, era el amigable componedor con la Justicia. En rigor, era el único canal de diálogo de la Casa de Gobierno con el presidente de la Corte Suprema de Justicia, Alfredo Carlos Dato. Otro tanto hizo con el Tribunal de Cuentas.
En pocas palabras, el Gobierno se queda sin su principal operador político. Un hecho sustancial, si se tiene en cuenta que, en democracia, una administración sólo puede tener dos clases de problemas: económicos o políticos. Y esta no es, precisamente, una gestión que deba temer problemas de caja.
Hacia adentro, y teniendo en cuenta el esquema personalista de este Gobierno, la salida de Jalil es lo más parecido a la renuncia de un superministro. En rigor, un secretario general de la gobernación enfrenta, al menos en Tucumán, dos alternativas en su cargo. Puede hacer de su área una gran dirección de despacho, y consagrarla a la tarea administrativa. O puede convertir a su secretaría en una estructura que (mal que le pese al organigrama) está por encima de los ministerios. Este fue el camino de Jalil, quien estuvo abocado no sólo a tornar operativo buena parte del plan político de Alperovich (se va luego de que el oficialismo consigue casi 800.000 votos en dos comicios) sino a colocar el freno de mano a muchos arranques del gobernador. En Casa de Gobierno reconocen que había patentado una frase (“esperemos una semana, José”), que usaba cada vez que Alperovich se enojaba y mandaba a redactar el decreto para echar a un ministro o a un secretario.
Las relaciones entre el funcionario renunciante y su ex jefe no se resintieron. De hecho, durante la noche del martes compartieron asado y piscina en la casa del subsecretario General de la Gobernación, Ramiro González Navarro. Pero trascendiendo lo personal, la salida de Jalil deja expuesto que el Gobierno ha empezado a perder el encanto de los primeros tiempos para sus hombres. Pudiendo elegir entre el poder público y la actividad privada (una alternativa que muchos de los funcionarios, que viven de la renta estatal, no tienen), el secretario optó por la última.
La gestión, en rigor, tiene desencantados a no pocos funcionarios, quienes reniegan del nulo reconocimiento hacia sus tareas. El mandatario no llamó a ninguno de sus funcionarios para palmearlo por el resultado de los comicios reformistas, que permitirán que se habilite su reelección y no la de ministros y secretarios. Tampoco hubo gesto alguno tras los comicios del 23 de octubre. A ello se suma la falta de espacios para crecer políticamente, con un gobernador que varias veces dio directivas por la mañana y, tras cambiar de opinión al mediodía, desautorizó a sus hombres por la tarde. Tras dos años de una gestión económicamente próspera, pródiga en obras públicas vistosas (pero de escasa envergadura) y de paz con los poderes públicos y con las estructuras políticas y gremiales, la única recompensa política de este Gobierno fue para la esposa del mandatario. Ese, ahora, es un equipo en el que todos atajan penales, y sólo el mandatario, y su señora, gritan los goles.




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