El apaciguador

Jalil era el amigable componedor de Alperovich. Por Federico Abel.

08 Marzo 2006
¿Quién lo hubiera creído? Corría 2002, José Alperovich era senador nacional y Joaquín Ferre, en el Ministerio de Economía, era su continuación, su avanzada en territorio mirandista; la señal de que él seguía manejando las riendas financieras de la provincia. Antonio Jalil, en cambio, además de flaquito y siempre sonriente, a lo sumo parecía el sencillo secretario privado de Alperovich. No se sabía bien qué hacía, pero siempre estaba. Le atendía el celular; lidiaba con la prensa en aquellos nerviosos días en los que el entonces fiscal anticorrupción Esteban Jerez tenía contra las cuerdas al hoy gobernador por el crédito para la remodelación de la escuela Griet; lo asesoraba; en fin... parecía el eficiente bomberito que le apagaba los incendios cotidianos. El diminutivo se debe a que en esa época era “Antonito”, “El Turquito”, como lo llamaban cariñosamente.
Cuatro años más tarde, las suertes de aquellos dos sostenes cambiaron copernicanamente. Ferre más bien parece Ferrecito. En agosto se fue -lo fueron sería más preciso, pese a la incorrección gramatical- en medio del escarnio público. Tras la detección de 16 toneladas de comida en mal estado que debía entregarse a familias pobres, en una decisión iracunda, Alperovich pulverizó la Secretaría de Desarrollo Social que aquel encabezaba. Es más: deslizó que su amigo Joaquín lo había decepcionado. Sólo seis meses después, si no fuera por un pequeño y parco decretado publicado en el Boletín Oficial, nadie se habría enterado de que el gobernador, en forma solapada casi, había indultado políticamente a su ex colaborador y lo había designado asesor suyo con rango de secretario de Estado, el mismo que tenía cuando lo había echado, prácticamente a empellones. “José quería darle una mano. Las familias eran muy próximas”. Esta fue toda la explicación científica que en el entorno del titular del PE dieron sobre el regreso de Ferre. La caridad parece haber sido la finalidad del acto administrativo.
En cambio, Jalil -no ya “Antonito”- acumuló tanta confianza en el mismo período (sólo la da el poder en esas esferas) que es el único que se atreve a renunciar, nada menos que a la Secretaría General de la Gobernación. Eso equivale a decirle que no al Alperovich invicto, irresistible, que revienta las urnas, que no tiene oposición y que monologa sobre la futura Constitución provincial.
Luego de las elecciones del 19 de febrero, como suele suceder después de unos comicios, comenzaron a correr versiones sobre recambios en el gabinete. Entonces, más de un ministro andaba escondiéndose por temor a que le pasara lo que a “Joaquín”. Jalil, por el contrario, tomaba sol en Cariló. Podía hacerlo, porque era el que, después de cada grito de Alperovich, hablaba por teléfono al increpado para convencerlo de que “José es así y, en realidad, no quiso decir lo que dijo”. Era el amigable componedor, el apaciguador, la persona a la que iban a buscar funcionarios -el ministro de Gobierno, Edmundo Jiménez, por ejemplo- y legisladores cuando necesitaban guarecerse de los oscilantes -malos- humores del primer mandatario.
Por eso sorprende que el elegido para reemplazarlo, Francisco “Chin” Sassi Colombres, sea un maduro abogado que parece haber nacido sólo para ser fiscal de Estado (o, en su defecto, para pleitear contra el Estado). Los meandros del Derecho Administrativo, su especialidad, nada tienen que ver con los oscuros callejones de la política, en los que Jalil había aprendido a caminar con alguna pericia: en dos años y medio apareció muy poco en los medios y, con habilidad, logró que ningún escándalo siquiera lo rozara.
En el gabinete ya nadie queda con el suficiente peso como para hacer de paragolpe o de guardabarro, según desde dónde se mire. Jalil dice que se va por cuestiones personales, amplia causal en la que también pueden caber los celos que su (omni) presencia generaba en el entorno familiar del gobernador. A lo mejor se trata de su última jugada política: dar un paso al costado para que dentro de unos meses vayan a buscarlo a la casa. En ese caso, su vuelta, seguramente, no será como la de Ferre.




Tamaño texto
Comentarios