Un nuevo año lectivo

07 Marzo 2006
En la mayor cantidad de instituciones públicas y privadas de la provincia de Tucumán se ha iniciado el ciclo lectivo. Una vez más, una enorme cantidad de niños y adolescentes se vuelca en las aulas, para recibir el conocimiento que le transmitirán quienes en ellas enseñan. Tanto en las sedes cómodas y casi lujosas -que son las menos- como en los humildes recintos de campaña, el proceso es el mismo: menores que van a aprender lo que sus maestros van a enseñarles. Hay un mensaje dirigido a esas jóvenes mentes: se trata de abrir para ellas las puertas fascinantes del conocimiento, en un proceso que sólo se completará cuando se produzca la correspondiente respuesta.
De todas las actividades que se cumplen en las múltiples naciones del orbe, no existe ninguna que tenga un significado tan noble como la educación. Ella es la que forma al individuo, ya que aporta a su espíritu, junto con el contenido del patrimonio intelectual y cultural de la humanidad, aquellos valores que constituyen el marco de la convivencia, y que son los que dotan a las comunidades de solidaridad y de proyección en el futuro.
El proceso educativo, en su conjunto, es como un muestrario de cuestiones elementales, enraizadas con la condición ciudadana de una sociedad democrática. Piénsese que allí están involucrados derechos básicos, que no pueden limitar el Estado ni los particulares. Hablamos del derecho de aprender y del derecho de enseñar, que presuponen también la libertad de conciencia y de opinión. Por ello se ha dicho, y con razón, que el sustento de un cuerpo social realmente progresista y capaz de enfrentar el desafío de los tiempos, reside en un sistema educativo que tenga la máxima amplitud y la máxima calidad. Así, todo esfuerzo que se haga, desde la órbita estatal o desde la privada, para lograr esa amplitud y esa calidad habrá de lograr siempre resultados positivos, perceptibles en el largo plazo. Para nadie es un secreto, por lo demás, que los países que ocupan posiciones de liderazgo en el mundo se caracterizan por la importancia que dispensan a la educación.
Parece obvio decir que, para que el proceso educativo rinda verdaderamente sus frutos, ha de tener la necesaria continuidad, en todos los niveles, desde el elemental hasta el universitario. No ha ocurrido eso siempre entre nosotros, según nos muestra la experiencia, lejana o reciente. Es algo que debe ser previsto y solucionado por las autoridades, a fin de evitar interrupciones que, a la postre, tienen como principales afectados a los estudiantes. Las cuestiones presupuestarias -que siempre están en el fondo de esos conflictos- deben ser encaradas teniendo presente que tanto la educación, como la salud y la seguridad constituyen realmente cuestiones prioritarias.
Es obvio decir que, al mismo tiempo, el ámbito donde se educa debe estar dotado de una mínima confortabilidad. El mensaje educativo no puede ser transmitido, ni asimilado, en establecimientos que carezcan de un marco razonable de espacio, de ventilación, de higiene. Se trata de aspectos cuya solución debe estar incluida entre las prioridades que, como dijimos, debieran rodear en todo tiempo al delicado y trascendente proceso de enseñar y de aprender.
A la hora de reflexionar, siquiera superficialmente, sobre estos temas, no puede dejarse de marcar la importancia de que, en el hogar, los progenitores afiancen el desarrollo del año lectivo. La tarea de los docentes debe ser apoyada en el ámbito familiar, para que sea verdaderamente efectiva. Los padres deben ejercer también su propia responsabilidad en esta etapa crucial de sus hijos. Es decir, no confiar en que la escuela los educará integralmente: hay una buena parte que harán los maestros, pero la otra les corresponde sólo a ellos.






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