05 Marzo 2006 Seguir en 
BUENOS AIRES.- Cada vez que puede, la Argentina tropieza de nuevo con la misma piedra. Hoy, como antes, los bumeranes tirados al aire de modo desaprensivo se vuelven en contra de los dirigentes y amenazan también a buena parte de la sociedad.
Por estos días, los lanzamientos se suceden en nombre de algo que se ha dado en llamar progresismo, pero ya en otros años ocurrió lo mismo con los espejitos de colores de la entrada al Primer Mundo o con el orden que prometían instaurar los militares, el FrePaSo o aun con las exageraciones alfonsinistas sobre el poder de la democracia.
Tal como pasa casi siempre -y hoy es más que evidente, debido a cierta anestesia que le han puesto a la situación, probablemente, las mejoras económicas-, la gente, con indiferencia, mira pasar los palitos curvos cuando van para allá. Lo que marca la experiencia es que esa misma gente se indignará, seguramente acicateada por los movileros de la televisión, sólo cuando compruebe la vuelta del artefacto, con el inevitable chichón en la cabeza, y cuando sobrevenga una vez más el desencanto.
La dinámica de los hechos demuestra que el espíritu progresista tan de moda hoy -que en su versión a la Argentina giró hacia una modalidad casi romántica apegada al pasado-, está siendo dejado paulatinamente de lado por los dirigentes, en nombre de actitudes más conservadoras o, si se quiere, realistas.
Un claro ejemplo de este cambio de actitud fue la manipulación de la opinión pública que, junto al movimiento punteril que se desplegó en la Capital Federal, abrió paso el jueves a sospechas de una marcha poco espontánea a favor de Aníbal Ibarra, todos ellos métodos habitualmente repudiados por el ibarrismo, por ser parte de la “vieja política”.
Muchas veces, el jefe de Gobierno porteño fue criticado, aun desde su propio riñón, por no haber armado durante estos años de gestión un aparato político que lo sustentara. Se dijo que él mismo no quería construirlo debido a sus principios, en una línea más que coherente con el electorado porteño. Pues bien, ahora consintió. Con el agua al cuello y en nombre de la protección democrática de su sillón, Ibarra y sus seguidores reinvindicaron, con la presencia de dos urnas gigantes colocadas al costado del palco desde donde habló, la importancia manifiesta del acto eleccionario, como sustento de la legitimidad de su mandato. El contrasentido del mensaje fue que, simultáneamente, se negaban los procedimientos constitucionales que siguieron los legisladores, todos elegidos con votos tan democráticamente puros como los suyos, papeletas sábana que, paradójicamente, ingresaron en las mismas urnas que Ibarra defendió.
Mientras tanto, buena parte de la gente que acudió a la cita -muchas mujeres con chicos y hasta con bebés en brazos o en carritos que se contaban de a cientos- llegó y se fue en desvencijados ómnibus que colapsaron el tránsito hacia las siete de la tarde, por su estacionamiento caótico sobre la avenida 9 de Julio sur. Pudo observarse allí que muy pocos micros tenían sus chapas colocadas, lo que hace presumir que la mayoría circulaba sin habilitación, situación que la Policía Federal consintió amablemente.
Busti, fuera de juego
Otro ejemplo del bumerán político es Jorge Busti. El anzuelo de la participación popular, al que demagógicamente apelan algunos gobernantes en nombre de un asambleísmo que contradice la Constitución nacional, seguramente para no tener que tomar así decisiones ingratas, ha dejado fuera de juego al gobernador de Entre Ríos, que pidió públicamente que se levanten los cortes que él mismo había prohijado, mientras que desde Gualeguaychú le hicieron un notorio corte de manga. Ahora, será el Gobierno nacional el que, sin pagar costos políticos, deberá presionar para abrir definitivamente el canal con el Uruguay, que el miércoles pasado, en la Asamblea Legislativa, trazó el Presidente de la Nación. Queda menos de una semana para lograrlo, ya que todo indica que -tejido diplomático mediante- el viernes por la noche, en Santiago de Chile -en una mesa que tenderá el saliente Ricardo Lagos-, Kirchner y Tabaré Vázquez podrían ponerle la frutilla del postre a la tregua pedida por el mandatario argentino, algo que sólo aceptarán en el país vecino si se termina con los cortes en un territorio binacional.
Al día siguiente, frente a 30 jefes de Estado y a 53 delegaciones, asumirá la presidencia de Chile la socialista Michelle Bachelet. En la foto será extraño observar a Condoleezza Rice, la delegada personal de un presidente al que desprecian, de la boca para afuera, muchos de los asistentes a esa reunión.
La presencia en Chile de la jefa del Departamento de Estado -dicen en Buenos Aires fuentes diplomáticas- es todo un gesto para marcar cómo interpreta Washington el futuro de la región, en un país de economía abierta que, además, tiene su propio tratado de Libre Comercio con los EEUU.
Desde ya que Rice no se privará de diferenciar a Chile de la reticencia del Mercosur y de marcar las paradojas que hoy muestra la región, por estos días más que olvidada por la administración Bush. Rice conoce muy bien las diferencias que existen entre varios de los presidentes que se alinearán junto a ella, acomodados todos bajo el paraguas, también algo remendado, del particular progresismo sudamericano. La poderosa mujer sabe de memoria que en el Cono Sur hoy conviven el populismo y las excentricidades de Hugo Chávez, derivadas de la chequera fabulosa del petróleo, con los intereses de Lula y su necesidad de reelección; la continuidad asombrosa del despegue chileno, con los balbuceos de Evo Morales por acomodarse en el mapa; los deseos uruguayos, cada vez menos ocultos, de salirse del Mercosur, frente a la manifiesta ambigüedad entre el discurso y los hechos, en relación con los Estados Unidos, del presidente Kirchner.
Pero la secretaria también tiene en claro que casi todas las administraciones de cuño de centro-izquierda en la región son más que prolijas, que las situaciones de descontrol por la deuda se han ido encarrilando y que la región se ha tornado otra vez confiable para muchos inversores que buscan buenos rendimientos, al ritmo de su protagonismo exportador y de excedentes fiscales inéditos. Sin embargo, lo inconcebible es, no para Rice sino para los defensores del modelo progresista, que las situaciones de extrema desigualdad en la distribución del ingreso, con sus manifestaciones de marginación y de pobreza, no terminen de arreglarse en la región ni aun en Chile, pese al cambio de paradigma que arrasó ideológicamente con los 90.
En algunos lugares, hasta se han profundizado. El caso argentino, más a la mano, es suficiente ilustración para identificar la poca voluntad de ir a fondo en estas cuestiones, más allá de la indignación oficial, porque las estadísticas no reflejan en mayor o menor medida la acción del Estado. Los políticos no sienten apuro, porque confían en que la “acción social” les asegurará siempre una masa cautiva de votos entre las clases más necesitadas. Y la sociedad tampoco, porque se siente cómoda ante la situación, quizás hasta que vuelva el bumerán.
El economista Enrique Szewach afirmaba hace unos días que las clases alta y media, que se pudieron independizar de los bienes públicos y pagan sus propios servicios de educación, de salud y de seguridad, son beneficiarias de la educación universitaria estatal (“que se financia con impuestos que pagan los pobres; el IVA, por ejemplo”) y de los subsidios en precios de combustibles, de energía, de agua, de telefonía y de transporte. “Esto convierte al gasto público, más que en una herramienta para mejorar la situación de los pobres, en una forma vergonzosamente regresiva de financiar a los más ricos”, sostenía.
Logro a medias
En tren de no presionar más contra el bolsillo de los que menos tienen, el Gobierno ha estado empeñado y comprometido, desde hace tres meses, en empujar acuerdos de precios que abarcaron 350 productos, en particular, aquellos que más inciden en la canasta familiar. A juzgar por los índices de febrero, el triunfo del 0,4%, algo más bajo que el 0,5% que anticipó esta columna que esperaba el Gobierno en la intimidad, mejoró las expectativas, pero quedó empalidecido por la suba de la canasta básica, la misma que consume la gente de pobreza extrema (1,1%).
Este derrape hizo subir la canasta de la indigencia a $ 393 y puso bajo la lupa la calidad de los acuerdos firmados, probablemente otro bumerán que la historia enseña que, si no se los refuerza con medidas monetarias y fiscales, que el Gobierno se resiste a tomar, también en nombre del progresismo, a la corta o la larga, siempre vuelve y hace estallar al chichón y a los gobernantes. (DyN)
Por estos días, los lanzamientos se suceden en nombre de algo que se ha dado en llamar progresismo, pero ya en otros años ocurrió lo mismo con los espejitos de colores de la entrada al Primer Mundo o con el orden que prometían instaurar los militares, el FrePaSo o aun con las exageraciones alfonsinistas sobre el poder de la democracia.
Tal como pasa casi siempre -y hoy es más que evidente, debido a cierta anestesia que le han puesto a la situación, probablemente, las mejoras económicas-, la gente, con indiferencia, mira pasar los palitos curvos cuando van para allá. Lo que marca la experiencia es que esa misma gente se indignará, seguramente acicateada por los movileros de la televisión, sólo cuando compruebe la vuelta del artefacto, con el inevitable chichón en la cabeza, y cuando sobrevenga una vez más el desencanto.
La dinámica de los hechos demuestra que el espíritu progresista tan de moda hoy -que en su versión a la Argentina giró hacia una modalidad casi romántica apegada al pasado-, está siendo dejado paulatinamente de lado por los dirigentes, en nombre de actitudes más conservadoras o, si se quiere, realistas.
Un claro ejemplo de este cambio de actitud fue la manipulación de la opinión pública que, junto al movimiento punteril que se desplegó en la Capital Federal, abrió paso el jueves a sospechas de una marcha poco espontánea a favor de Aníbal Ibarra, todos ellos métodos habitualmente repudiados por el ibarrismo, por ser parte de la “vieja política”.
Muchas veces, el jefe de Gobierno porteño fue criticado, aun desde su propio riñón, por no haber armado durante estos años de gestión un aparato político que lo sustentara. Se dijo que él mismo no quería construirlo debido a sus principios, en una línea más que coherente con el electorado porteño. Pues bien, ahora consintió. Con el agua al cuello y en nombre de la protección democrática de su sillón, Ibarra y sus seguidores reinvindicaron, con la presencia de dos urnas gigantes colocadas al costado del palco desde donde habló, la importancia manifiesta del acto eleccionario, como sustento de la legitimidad de su mandato. El contrasentido del mensaje fue que, simultáneamente, se negaban los procedimientos constitucionales que siguieron los legisladores, todos elegidos con votos tan democráticamente puros como los suyos, papeletas sábana que, paradójicamente, ingresaron en las mismas urnas que Ibarra defendió.
Mientras tanto, buena parte de la gente que acudió a la cita -muchas mujeres con chicos y hasta con bebés en brazos o en carritos que se contaban de a cientos- llegó y se fue en desvencijados ómnibus que colapsaron el tránsito hacia las siete de la tarde, por su estacionamiento caótico sobre la avenida 9 de Julio sur. Pudo observarse allí que muy pocos micros tenían sus chapas colocadas, lo que hace presumir que la mayoría circulaba sin habilitación, situación que la Policía Federal consintió amablemente.
Busti, fuera de juego
Otro ejemplo del bumerán político es Jorge Busti. El anzuelo de la participación popular, al que demagógicamente apelan algunos gobernantes en nombre de un asambleísmo que contradice la Constitución nacional, seguramente para no tener que tomar así decisiones ingratas, ha dejado fuera de juego al gobernador de Entre Ríos, que pidió públicamente que se levanten los cortes que él mismo había prohijado, mientras que desde Gualeguaychú le hicieron un notorio corte de manga. Ahora, será el Gobierno nacional el que, sin pagar costos políticos, deberá presionar para abrir definitivamente el canal con el Uruguay, que el miércoles pasado, en la Asamblea Legislativa, trazó el Presidente de la Nación. Queda menos de una semana para lograrlo, ya que todo indica que -tejido diplomático mediante- el viernes por la noche, en Santiago de Chile -en una mesa que tenderá el saliente Ricardo Lagos-, Kirchner y Tabaré Vázquez podrían ponerle la frutilla del postre a la tregua pedida por el mandatario argentino, algo que sólo aceptarán en el país vecino si se termina con los cortes en un territorio binacional.
Al día siguiente, frente a 30 jefes de Estado y a 53 delegaciones, asumirá la presidencia de Chile la socialista Michelle Bachelet. En la foto será extraño observar a Condoleezza Rice, la delegada personal de un presidente al que desprecian, de la boca para afuera, muchos de los asistentes a esa reunión.
La presencia en Chile de la jefa del Departamento de Estado -dicen en Buenos Aires fuentes diplomáticas- es todo un gesto para marcar cómo interpreta Washington el futuro de la región, en un país de economía abierta que, además, tiene su propio tratado de Libre Comercio con los EEUU.
Desde ya que Rice no se privará de diferenciar a Chile de la reticencia del Mercosur y de marcar las paradojas que hoy muestra la región, por estos días más que olvidada por la administración Bush. Rice conoce muy bien las diferencias que existen entre varios de los presidentes que se alinearán junto a ella, acomodados todos bajo el paraguas, también algo remendado, del particular progresismo sudamericano. La poderosa mujer sabe de memoria que en el Cono Sur hoy conviven el populismo y las excentricidades de Hugo Chávez, derivadas de la chequera fabulosa del petróleo, con los intereses de Lula y su necesidad de reelección; la continuidad asombrosa del despegue chileno, con los balbuceos de Evo Morales por acomodarse en el mapa; los deseos uruguayos, cada vez menos ocultos, de salirse del Mercosur, frente a la manifiesta ambigüedad entre el discurso y los hechos, en relación con los Estados Unidos, del presidente Kirchner.
Pero la secretaria también tiene en claro que casi todas las administraciones de cuño de centro-izquierda en la región son más que prolijas, que las situaciones de descontrol por la deuda se han ido encarrilando y que la región se ha tornado otra vez confiable para muchos inversores que buscan buenos rendimientos, al ritmo de su protagonismo exportador y de excedentes fiscales inéditos. Sin embargo, lo inconcebible es, no para Rice sino para los defensores del modelo progresista, que las situaciones de extrema desigualdad en la distribución del ingreso, con sus manifestaciones de marginación y de pobreza, no terminen de arreglarse en la región ni aun en Chile, pese al cambio de paradigma que arrasó ideológicamente con los 90.
En algunos lugares, hasta se han profundizado. El caso argentino, más a la mano, es suficiente ilustración para identificar la poca voluntad de ir a fondo en estas cuestiones, más allá de la indignación oficial, porque las estadísticas no reflejan en mayor o menor medida la acción del Estado. Los políticos no sienten apuro, porque confían en que la “acción social” les asegurará siempre una masa cautiva de votos entre las clases más necesitadas. Y la sociedad tampoco, porque se siente cómoda ante la situación, quizás hasta que vuelva el bumerán.
El economista Enrique Szewach afirmaba hace unos días que las clases alta y media, que se pudieron independizar de los bienes públicos y pagan sus propios servicios de educación, de salud y de seguridad, son beneficiarias de la educación universitaria estatal (“que se financia con impuestos que pagan los pobres; el IVA, por ejemplo”) y de los subsidios en precios de combustibles, de energía, de agua, de telefonía y de transporte. “Esto convierte al gasto público, más que en una herramienta para mejorar la situación de los pobres, en una forma vergonzosamente regresiva de financiar a los más ricos”, sostenía.
Logro a medias
En tren de no presionar más contra el bolsillo de los que menos tienen, el Gobierno ha estado empeñado y comprometido, desde hace tres meses, en empujar acuerdos de precios que abarcaron 350 productos, en particular, aquellos que más inciden en la canasta familiar. A juzgar por los índices de febrero, el triunfo del 0,4%, algo más bajo que el 0,5% que anticipó esta columna que esperaba el Gobierno en la intimidad, mejoró las expectativas, pero quedó empalidecido por la suba de la canasta básica, la misma que consume la gente de pobreza extrema (1,1%).
Este derrape hizo subir la canasta de la indigencia a $ 393 y puso bajo la lupa la calidad de los acuerdos firmados, probablemente otro bumerán que la historia enseña que, si no se los refuerza con medidas monetarias y fiscales, que el Gobierno se resiste a tomar, también en nombre del progresismo, a la corta o la larga, siempre vuelve y hace estallar al chichón y a los gobernantes. (DyN)
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