Mirar sin ver

Por Carlos Werner. En Tucumán, pocos perciben la realidad que nos rodea.

05 Marzo 2006
Miopes en ciertos momentos, hipermétropes en otros, en Tucumán sufrimos en apariencia problemas visuales que volverían loco a un oftalmólogo. Suceden hechos increíbles cerca de nosotros y no los vemos -o no queremos-. Acontecen cosas un poco más allá y seguimos como si nada, imperturbables.
Da igual en los grandes temas como en los cotidianos. Si hay abuelos procurando cobrar sus jubilaciones y/o pensiones haciendo colas interminables bajo cualquier rigor climático, nos parece un cuadro pintado. Si se trata de algo menos doloroso (pero igual de irritante) como frenar sobre la senda peatonal en una esquina con semáforo, desde arriba del vehículo donde nos desplacemos contemplamos impasibles a todo aquel que intenta cruzar con nuestro auto en el medio. ¡Y que no nos lo toquen!
Y así, el círculo vicioso se agranda. Basurales, pastizales, niños que mendigan, perros vagabundos, telarañas de cables en las alturas de la vía pública, veredas inservibles. Los puntos de esta geografía informe e injusta nos producen más egoísmo y un mirar sin ver que nos pinta como sociedad. Biblias de un calefón al natural, que nos calienta sólo cuando nos tocan nuestros intereses. Mientras, pensamos: ¡para qué hacer algo!, si igual el mundo sigue andando...
Está claro que tanta decepción de años sin destino como provincia nos fue nublando la vista, nos dio una percepción tergiversada de la realidad. Acostumbrados a ello, fuimos perdiendo el sentido de la solidaridad, de pensar y trabajar por el futuro y a ello le adosamos una inclinación casi salvaje a la transgresión. Sin que nos diéramos cuenta, nos fuimos construyendo un horizonte acotado, un día a día, de luces tenues.
La fama llegó lejos. Y cuando uno está fuera de la provincia, es algo que abruma. Del privilegio de ser el sitio donde está la "Casita de Tucumán" (como la conocen afuera), de que nos canten por "Luna Tucumana" o nos visiten "porque Tafí del Valle es un paraíso", nos "esmeramos" hasta ofrecer otro menú. Así, de nosotros se vio a los chicos desnutridos y los gobiernos todo-excusas y ninguna-solución. Los inundados del sur y los sombreros de héroes sin ley. La desidia del poder de turno y los piquetes aislando la ciudad. Las rutas de la muerte y los bolsones pre-electorales. Los asaltos comando y los edificios precarios de las escuelas. La contaminación del río Salí y la depredación del piedemonte. El transporte público de pasajeros decadente y las empresas que, como Aerolíneas, pasaron su oficina central a otro lugar. Las promesas incumplidas de erigir hoteles cinco estrellas y el centro de convenciones que duerme el sueño de los justos; los video-poker que se expanden en la ciudad, como la gripe aviar en Europa y los taxis y remises atados con alambre -y no tipo San Martín precisamente-.
El sálvese quien pueda, no obstante, no llega a neutralizar la mirada que ciertos seres casi en extinción nos brindan diariamente. Sus ojos son remansos donde descansan las buenas intenciones. Resistentes a la corrosión del quehacer diario, no usan anteojos oscuros. Dan la mano todo el tiempo y no piden nada a cambio; el brillo que se les cuela al parpadear se nutre de nuestros pequeños éxitos; el guiño que nos hacen cuando las cosas se nos complican nos toca el alma. Ellos son los que enseñan, aunque no tengan agua, luz, materiales y el estómago de los chicos suene de hambre; los que cuidan que nada pase en las calles y los barrios; los que curan sin horario, los que salen a trabajar con optimismo porque el día de hoy será mejor. También aquellos que no se entregan a la fórmula del caos y buscan el modo de dar soluciones. Incluso aquellos que poco tienen, pero donan la mitad.
Ellos y muchos más no tienen miopía. Y también ven muy bien de cerca. Están a nuestro lado, dando ejemplos y enseñando el camino. Sólo levante la vista de esta columna y mire a su alrededor. Y verá que lo aquí escrito no es una fantasía.

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