03 Marzo 2006 Seguir en 
Durante más de dos horas el Presidente ha informado a la Nación, al inaugurar el 124° período ordinario del Congreso, sobre la marcha de los asuntos del Estado. Predominaron en su mensaje el desarrollo de la economía, la gestión fiscal y el esfuerzo de recuperación social. Las referencias positivas en esos órdenes no fueron, sin embargo, suficientes para evitar que el jefe del Gobierno señalase en más de una ocasión: “todavía no hemos salido del infierno”, como asimismo: “vamos escalando peldaño a peldaño lo que ha sido y todavía es el calvario de la Argentina”. El discurso presidencial, que por momentos apeló críticamente al pasado para enfatizar los logros de la actual gestión, sugirió con ello que el estado de excepcionalidad con que esta se desenvuelve habrá de perdurar el tiempo que el Poder Ejecutivo considere necesario. A esos prolijos resúmenes optimistas sobre las cuentas públicas y el crecimiento económico, cabe agregar el panorama positivo que se observa en el área de Educación en cuanto a la asignación presupuestaria y a sus reformas normativas. Por lo demás, la propuesta al gobierno de Uruguay, con cierto tono de improvisación e inmediata respuesta negativa, puso fin al silencio de Kirchner desde el comienzo del conflicto con una visión política interna seguramente necesaria.
Salvo algunas frases esperanzadoras sobre un modelo de país que sigue sin definirse -sin reparar que no debe haber otro que el de la Constitución-, el Presidente no formuló proyecto o anuncio alguno para el futuro acerca de la agenda pendiente y causante de la crisis. Problemas por resolver y que, como se reitera una vez más, mantienen en emergencia instituciones fundamentales del orden republicano, y que el propio Kirchner comprometió en sus primeras manifestaciones presidenciales. En ese sentido, el saldo contradictorio del mensaje al Congreso resulta de la aparente imposibilidad de gobernar con eficiencia dentro del estricto marco constitucional y con las reglas de juego de la democracia. Ha sido así que en el vasto temario de dos horas no ha figurado una sola referencia sobre cuestiones tan esenciales como la nueva ley de coparticipación federal, cuya omisión durante una década ha terminado por someter gravemente a la mayoría de las autonomías provinciales, desacatando el perfil federalista del sistema constitucional. Tampoco hubo alusión a la reforma tributaria, fuente de conflictos recientes, cuya sola mención causa públicos reproches presidenciales; ni al futuro del estado de emergencia legalizado que permite al Poder Ejecutivo manejos fiscales sin control.
“No nos temblará el pulso para tomar las decisiones que haya que tomar”, afirmó también con energía el jefe del Gobierno, cuyo mensaje, por lo demás, tuvo igualmente un tono admonitorio frente al reducido papel de la oposición, mermada por oscuras maniobras oficialistas de seducción en la reciente reforma de la magistratura. Parecida advertencia recibieron los contratistas de servicios públicos, con una generalización hacia otros sectores de inversión que seguramente no favoreció el propósito expresado en el texto leído, de estimular el ingreso de capitales. Por último, debe señalarse que, si bien los índices económicos y sociales del último ejercicio están a la vista por sus niveles relativos de crecimiento, no ocurre lo mismo con los testimonios políticos e institucionales, donde el Presidente no sólo excede su investidura, sino que descalifica el debate. Recuperar la calidad republicana es el gran proyecto por proponer; pero el mensaje al Congreso ha evidenciado, con sus omisiones y ocasionales improvisaciones, que no figura entre las inquietudes fundamentales del poder.
Salvo algunas frases esperanzadoras sobre un modelo de país que sigue sin definirse -sin reparar que no debe haber otro que el de la Constitución-, el Presidente no formuló proyecto o anuncio alguno para el futuro acerca de la agenda pendiente y causante de la crisis. Problemas por resolver y que, como se reitera una vez más, mantienen en emergencia instituciones fundamentales del orden republicano, y que el propio Kirchner comprometió en sus primeras manifestaciones presidenciales. En ese sentido, el saldo contradictorio del mensaje al Congreso resulta de la aparente imposibilidad de gobernar con eficiencia dentro del estricto marco constitucional y con las reglas de juego de la democracia. Ha sido así que en el vasto temario de dos horas no ha figurado una sola referencia sobre cuestiones tan esenciales como la nueva ley de coparticipación federal, cuya omisión durante una década ha terminado por someter gravemente a la mayoría de las autonomías provinciales, desacatando el perfil federalista del sistema constitucional. Tampoco hubo alusión a la reforma tributaria, fuente de conflictos recientes, cuya sola mención causa públicos reproches presidenciales; ni al futuro del estado de emergencia legalizado que permite al Poder Ejecutivo manejos fiscales sin control.
“No nos temblará el pulso para tomar las decisiones que haya que tomar”, afirmó también con energía el jefe del Gobierno, cuyo mensaje, por lo demás, tuvo igualmente un tono admonitorio frente al reducido papel de la oposición, mermada por oscuras maniobras oficialistas de seducción en la reciente reforma de la magistratura. Parecida advertencia recibieron los contratistas de servicios públicos, con una generalización hacia otros sectores de inversión que seguramente no favoreció el propósito expresado en el texto leído, de estimular el ingreso de capitales. Por último, debe señalarse que, si bien los índices económicos y sociales del último ejercicio están a la vista por sus niveles relativos de crecimiento, no ocurre lo mismo con los testimonios políticos e institucionales, donde el Presidente no sólo excede su investidura, sino que descalifica el debate. Recuperar la calidad republicana es el gran proyecto por proponer; pero el mensaje al Congreso ha evidenciado, con sus omisiones y ocasionales improvisaciones, que no figura entre las inquietudes fundamentales del poder.
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