Automovilistas y celulares

02 Marzo 2006
Muchas veces, al pie de este editorial, nos hemos referido críticamente al pésimo hábito de una gran cantidad -casi podría decirse la mayoría- de conductores de vehículos, de operar sus teléfonos celulares al mismo tiempo que conducen. Nuestra edición de ayer dedicó una extensa nota a la temática, y las referencias que allí se ofrecen son significativamente reveladoras.
Hablar por celular y manejar simultáneamente es una infracción específicamente prohibida por la ordenanza 942/87, artículo 78, del Código de Tránsito, desde hace ya  nueve años. Si en aquella época los citados aparatos aún no registraban la fantástica difusión que tienen al presente, en absolutamente todos los sectores sociales (tres de cada cuatro argentinos los poseen actualmente), piénsese que el riesgo que se quería evitar con la disposición referida se ha multiplicado varias veces desde entonces. Es más, puede decirse que se ha generalizado.
Aplicando la norma del Código de Tránsito, nuestra Municipalidad de la capital, en dos años, ha generado nada menos que 2.710 multas, según el informe oficial. Y a pesar de ello, el hábito no cesa. Cualquiera puede comprobarlo con solamente pararse en una esquina y echar una mirada al interior de los automotores -del más diverso porte-  que van pasando. En una abrumadora cantidad de casos, la persona que va al volante está hablando por el celular mientras guía.
Varias declaraciones ilustran nuestra nota. Hay un automovilista que reconoce el peligro, pero asegura que no puede contenerse de atender el aparato cuando suena: supone que toda llamada es urgente y, además, como trabajador independiente, el celular hace las veces de su oficina. Una psicóloga considera que la conducta es inevitable, porque el timbre de llamada genera una incontenible angustia en su receptor. A todo esto, el director de Emergencias de la Provincia es contundente. Afirma que “la visión, la audición, la capacidad de concentración y de reacción ante una situación inesperada disminuyen entre un 25 y un 33%”, cuando se habla por celular y se maneja. Es decir que, en ese momento, el conductor puede ser asimilado a un ebrio, en materia del riesgo que genera para sí mismo y para los demás usuarios de las calles.
A nadie puede extrañar que la infracción que nos ocupa se multiplique. El vecindario de la ciudad de San Miguel de Tucumán tiene, como una triste característica, la de empecinarse en la inobservancia de las reglamentaciones municipales. Varias veces hemos deplorado la divulgación de ese extraño modo de comportarse, que pareciera considerar que toda norma constituye algo dictado por el enemigo, sin mirar la obvia necesidad que toda urbe tiene de que su vida se encauce por un mínimo carril reglamentario, para evitar el caos. Y demás está decir que esta “cultura de la infracción” está fuertemente alentada por la “cultura de la impunidad”, ya que el infractor sabe, por experiencia, que las sanciones constituyen más la excepción que la regla.
La Policía de Tránsito, actualmente, ha empezado una campaña de concientización, con la entrega de folletos informativos a los automovilistas. Está bien que se la desarrolle, pero sería ingenuo suponer que, por sí sola, vaya a resultar suficiente. La autoridad municipal debe ponerse rigurosa con esos conductores y, cada vez que advierta que hablan por celulares, proceder a confeccionar el acta de infracción correspondiente. El Tribunal de Faltas, además, debiera aplicar sanciones pecuniarias por un monto suficientemente disuasivo. Será la única manera de que, en nuestra ciudad, empiece a desterrarse un hábito cuyas secuelas riesgosas son tan obvias como numerosas.


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