Violencia sin género

El sistema carcelario refleja cambios de la sociedad. Por Nora Lía Jabif

28 Febrero 2006
En un lapso de pocos días, LA GACETA ha dado cuenta de dos fenómenos sociales relativamente nuevos que han irrumpido en el escenario del delito: en distintos artículos se consigna que en Tucumán hay cada vez más menores y mujeres que delinquen. La problemática no es exclusiva de Tucumán, ni tan siquiera de la Argentina; y aunque el tema aparezca destinado a las páginas de “Policiales”, ese fenómeno las trasciende.
Como señala la socióloga Lucía Ferreira Cid (también en LA GACETA), para revertir esas tendencias en ascenso no basta con las imprescindibles mejoras edilicias en el sistema carcelario: los cambios de raíz vendrán si hay más trabajo, ya que los fenómenos de la inseguridad se vinculan con los desbordes de la vida urbana.
Sin desconocer que, como dice el colombiano Germán Rey, hay una “fetichización” de la estadística criminal, ciudades que, como Tucumán, crecieron caóticamente por presión de sus áreas metropolitanas, reproducen la violencia económica y las debilidades institucionales y políticas en la esfera de lo social. ¿Por qué habría de extrañar entonces que aumente el número de menores de 18 años en casos delictivos? (los hay en el 40 % de los delitos denunciados en la Provincia en los últimos meses, según fuentes oficiales).
Algo parecido -aunque con fuertes matices diferenciadores- ocurre con las mujeres. Pero ¿por qué ha de extrañar que se permitan liberar la violencia que tenían contenida, si ya no se guardan casi nada? Ellas están presas, en su mayoría, por casos de drogas -consumo o tráfico- o por homicidios. En parte, su relación con el delito sigue siendo por ahora más pasional que instrumental.
En el historial de las “mujeres asesinas”, las “Yiya” Murano y demás criminales seriales son las menos. La mayoría son, como señala la psicoanalista Gabriela Abad, mujeres que responden con la violencia a la violencia doméstica masculina. Tampoco son émulas de la legendaria Agatha Galiffi, ya que una parte importante de la población carcelaria por tráfico de drogas son “mulas” que trafican “apenas para sobrevivir”. Eso es lo que se filtra mayoritariamente del discurso de las 38 mujeres recluidas en la cárcel de Lastenia.
 Según un estudio realizado hace una década en el Sistema Penitenciario Federal sobre población femenina en las cárceles, hay más instrucción educativa entre las mujeres reclusas que entre los varones que cumplen prisión. A diez años de esa investigación, la tendencia se mantiene, y el analfabetismo carcelario de mujeres en el Centro de Rehabilitación de Lastenia alcanza sólo al 2 %, según datos aportados por autoridades del establecimiento a LA GACETA. En el estudio del Sistema Penitenciario Federal, se concluía además que la continuidad del proceso educativo en la cárcel mostraba una mejor performance de resocialización, a la hora de la libertad.
Los testimonios de las mujeres entrevistadas en la cárcel de Lastenia dan cuenta de esa perspectiva de futuro, motivada fundamentalmente por la existencia de hijos que están esperando del lado de afuera de los muros.
Sin embargo, la perspectiva es más sombría para las nuevas generaciones, tanto de varones como de mujeres.
 Si el “fetiche estadístico” indica que en el 40 % de los delitos hay menores, se sospecha que esa población que ya ha ingresado en la espiral de violencia es una generación condenada a una vida cíclicamente carcelaria, sin distinción de sexos.
En ese contexto, sí, no hay horizonte que valga, si no hay un contexto social y económicamente viable.
Por lo pronto, como señala la psicoanalista Abad, que es parte de un proyecto de investigación sobre las formas de sanción en el Sistema Penal argentino, la cárcel, más que un ámbito de rehabilitación, es hoy un espacio en el cual la sociedad se toma venganza.



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