26 Febrero 2006 Seguir en 
Los ojos color miel lo miraron con ternura. Scheherezade dibujó una sonrisa en su mirada y preguntó: "Rey mío, ¿podrías amarme sin conocerme?" Quizás algo desconcertado por la inesperada pregunta, Shahriyar meditó un instante, venció la timidez que lo embargaba cuando se dirigía a tan hermosa doncella, y replicó: "Creo que no. Uno puede enamorarse de una imagen, de lo que proyecta un espejo, pero no se puede amar al prójimo sin conocerlo profundamente, con sus virtudes y miserias".
Ella escanció vino blanco en una copa, se alisó el pelo e inició las mil y doce noches: "En ese Jardín de la República que tanto te apasiona y desvela, la realidad parecía ser siempre la misma. Pasaban los monarcas, con pena y sin gloria, y quedaban sólo promesas incumplidas. Tenía que haber una explicación para que ello sucediera porque los gobernantes eran, sin duda, el reflejo de esa sociedad. Ciertamente, había algún germen, alguna falla, algún eslabón perdido, algún chip beodo o un cromosoma con incontinencia, alguna razón que llevaba a sus habitantes a tropezar siempre con las mismas piedras. Nadie podía entender que una tierra feraz, sembrada de ríos, con recursos naturales que muchos envidiarían, estuviera detenida en el tiempo y cada vez más depredada. Sus pobladores eran transgresores por naturaleza, y lo más preocupante es que tenían una rara pasión por hacerse daño a sí mismos, creyendo tal vez que perjudicaban al Estado, sin darse cuenta de que al Estado lo constituían ellos."
Scheherezade bebió un sorbo de vino y prosiguió: "Había cientos de leyes provinciales y municipales para regular la convivencia cívica y también una buena dosis de lo que ellos llamaban ?pijotería?". Por ejemplo, en un edificio de 40 departamentos, sólo 18 o 20 propietarios pagaban las expensas y los demás vivían a costa de estos, como parásitos. Cuando se amenazaba con tomar represalias con los deudores, llovían los argumentos para justificar el no pago y la situación proseguía sin modificarse. Muchos tucumanos cometían a diario infracciones de tránsito, destruían teléfonos públicos, árboles, bancos de las plazas, arrojaban basura... trivialidades quizás. Todos los años morían ciudadanos en las rutas a causa de las rastras cañeras y había cada vez más ilegalidad en el transporte público. Ocurría que todo monarca que llegaba al trono, lo primero que hacía era designar a sus parientes y amigos en el gobierno y el gesto era imitado por sus colaboradores y demás funcionarios. Total, pagaba el pueblo. Estaban aquellos que contaminaban los ríos y talaban los bosques..."
"¿Pero no había castigo alguno? ¿Para qué inventaban tantas leyes si muy pocos las cumplían?", dijo Shahriyar.
"En muchos casos, unas monedas de oro bastaban para que no hubiera castigo. La corrupción se había extendido en todos los niveles sociales. La gente sabía que el Estado no iba a aplicar sanción alguna por la transgresión y, si lo hacía, había siempre un camino para escapar de esta", dijo la bella dama. "¡Entonces, era un pueblo perdido, sin futuro!", interrumpió el rey.
"Hacía ya muchas décadas que nadie les enseñaba a querer su tierra. En las escuelas, eran escasos los conocimientos que se impartían sobre Tucumán. Tampoco en el secundario y menos en la universidad. No se estudiaba su historia, su cultura, su flora, su fauna... Había, por ejemplo, tucumanos que ignoraban quién era la Pachamama. Se reformaban leyes, se diseñaban políticas educativas, se reformaban constituciones, pero Tucumán estaba ausente en la educación. De ese modo, egresaban de las universidades profesionales que ignoraban los problemas de sus comprovincianos y su conocimiento sobre el pasado y presente tucumano era prácticamente nulo. ?Pinta tu aldea y pintarás el mundo?, decía León Tolstoi. Había un grave problema de identidad; se destruía el patrimonio cultural por ignorancia y la ausencia de compromiso en la cosa pública era alarmante. Parecía que la gente no sentía como propia su tierra", dijo Scheherezade. "No se puede amar lo que no se conoce", concluyó Shahriyar.
Ella escanció vino blanco en una copa, se alisó el pelo e inició las mil y doce noches: "En ese Jardín de la República que tanto te apasiona y desvela, la realidad parecía ser siempre la misma. Pasaban los monarcas, con pena y sin gloria, y quedaban sólo promesas incumplidas. Tenía que haber una explicación para que ello sucediera porque los gobernantes eran, sin duda, el reflejo de esa sociedad. Ciertamente, había algún germen, alguna falla, algún eslabón perdido, algún chip beodo o un cromosoma con incontinencia, alguna razón que llevaba a sus habitantes a tropezar siempre con las mismas piedras. Nadie podía entender que una tierra feraz, sembrada de ríos, con recursos naturales que muchos envidiarían, estuviera detenida en el tiempo y cada vez más depredada. Sus pobladores eran transgresores por naturaleza, y lo más preocupante es que tenían una rara pasión por hacerse daño a sí mismos, creyendo tal vez que perjudicaban al Estado, sin darse cuenta de que al Estado lo constituían ellos."
Scheherezade bebió un sorbo de vino y prosiguió: "Había cientos de leyes provinciales y municipales para regular la convivencia cívica y también una buena dosis de lo que ellos llamaban ?pijotería?". Por ejemplo, en un edificio de 40 departamentos, sólo 18 o 20 propietarios pagaban las expensas y los demás vivían a costa de estos, como parásitos. Cuando se amenazaba con tomar represalias con los deudores, llovían los argumentos para justificar el no pago y la situación proseguía sin modificarse. Muchos tucumanos cometían a diario infracciones de tránsito, destruían teléfonos públicos, árboles, bancos de las plazas, arrojaban basura... trivialidades quizás. Todos los años morían ciudadanos en las rutas a causa de las rastras cañeras y había cada vez más ilegalidad en el transporte público. Ocurría que todo monarca que llegaba al trono, lo primero que hacía era designar a sus parientes y amigos en el gobierno y el gesto era imitado por sus colaboradores y demás funcionarios. Total, pagaba el pueblo. Estaban aquellos que contaminaban los ríos y talaban los bosques..."
"¿Pero no había castigo alguno? ¿Para qué inventaban tantas leyes si muy pocos las cumplían?", dijo Shahriyar.
"En muchos casos, unas monedas de oro bastaban para que no hubiera castigo. La corrupción se había extendido en todos los niveles sociales. La gente sabía que el Estado no iba a aplicar sanción alguna por la transgresión y, si lo hacía, había siempre un camino para escapar de esta", dijo la bella dama. "¡Entonces, era un pueblo perdido, sin futuro!", interrumpió el rey.
"Hacía ya muchas décadas que nadie les enseñaba a querer su tierra. En las escuelas, eran escasos los conocimientos que se impartían sobre Tucumán. Tampoco en el secundario y menos en la universidad. No se estudiaba su historia, su cultura, su flora, su fauna... Había, por ejemplo, tucumanos que ignoraban quién era la Pachamama. Se reformaban leyes, se diseñaban políticas educativas, se reformaban constituciones, pero Tucumán estaba ausente en la educación. De ese modo, egresaban de las universidades profesionales que ignoraban los problemas de sus comprovincianos y su conocimiento sobre el pasado y presente tucumano era prácticamente nulo. ?Pinta tu aldea y pintarás el mundo?, decía León Tolstoi. Había un grave problema de identidad; se destruía el patrimonio cultural por ignorancia y la ausencia de compromiso en la cosa pública era alarmante. Parecía que la gente no sentía como propia su tierra", dijo Scheherezade. "No se puede amar lo que no se conoce", concluyó Shahriyar.
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