Bajo una línea irritante

La educación no logra salir de la indigencia. Por Isabel Lazzaroni

25 Febrero 2006
Los maestros y profesores tucumanos -al igual que sus colegas del resto del país- ya no serán pobres. La educación, en cambio, ni siquiera logra atravesar la línea de la indigencia. Pobre educación, que tendrá que esperar seis años para que se complete el incremento del 2% al 6% del PBI nacional de su presupuesto y se alcance a montos dignos.
La euforia con la que el ministro de Educación de la Nación, Daniel Filmus, realizó el anuncio no condice con la realidad nacional de una canasta básica que supera los $ 1.000. Es como decirle al docente que se conforme con tener lo justo, pero que tendrá seguir corriendo de una escuela a otra para juntar un salario que le permita vivir con dignidad. Y que, por lo tanto, no tendrá tiempo para perfeccionarse. Asimismo, que para corregir evaluaciones, preparar clases y temas, tendrá que quitarle horas a su descanso o a su fin de semana.
Sin ninguna duda, para maestros y profesores, unos pesos más en el bolsillo son significativos. Pero hay que tener en cuenta que el beneficio comprende a entre el 30% y el 40% de los docentes tucumanos. Aquellos cuyos sueldos superen el piso establecido de $ 840 seguirán ganando lo mismo.
En un actitud que podría calificarse de miserable, el Gobierno nacional iguala hacia abajo el ingreso de quienes son los formadores de niños y de jóvenes. De esos mismos chicos que después se estrellan contra su propia ignorancia, porque no pudieron aprender a fondo las materias básicas que les abrirían las puertas de la universidad.
Como señaló hace unos días en una entrevista con LA GACETA la vicedecana de la Facultad de Filosofía y Letras, Alba de Núñez, lo que la educación necesita son maestros que enseñen, maestros que tengan tiempo de perfeccionarse; maestros que tengan un año sabático para actualizarse en metodologías y en contenidos. Es decir, que las escuelas tucumanas ya debieran dejar de tener los actuales maestros -nobles y solidarios, hay que reconocerlo- que salen a buscar recursos para los comedores, para el material didáctico que necesitan en sus clases, para la lavandina y el detergente con los que limpiarán las aulas y galerías de los establecimientos. Estas maestras se han convertido más en obreras que en segundas madres, recordando la canción “Campanas de palo”, de María Elena Walsh. Y todo esto pasa en un momento histórico de la humanidad que demanda maestras y maestros con formación universitaria.
Sin desmerecer la obra pública escolar de estos últimos dos años, que tuvo un despliegue como hacía décadas que no tenía, todavía hay escuelas rancho; todavía hay niños que tienen que caminar de 20 a 40 cuadras -porque sus padres no pueden pagar transporte- para llegar a la escuela más cercana. Sigue habiendo adolescentes frustrados que concluyen su ciclo con el 9º año de la EGB 3 porque el Polimodal es casi una exclusividad de los que pueden pagar cuotas al sector privado.
Por todos estos motivos, la educación no logra emerger de la línea de la indigencia, aunque los maestros dejarán de ser pobres a partir de marzo.
Con todo, al menos el Gobierno provincial se ha asegurado un comienzo de clases sin conflictos y con una alta probabilidad de que, al igual que el año pasado, se cumplan los 185 días de clases que se han propuesto las autoridades. Los educadores se resignan y obedecen y les enseñan a los niños y a los jóvenes la misma actitud. Es difícil transmitir valores como la dignidad del trabajo, de la solidaridad, del trabajo en equipo, del bien común como sentido de una Nación, cuando desde el propio Estado se muestra lo contrario. Aun así los maestros y los profesores se paran frente a las aulas y hacen lo posible por despertar en las generaciones jóvenes el interés por el conocimiento, y la convicción de que el saber los puede sacar de la pobreza.







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