22 Febrero 2006 Seguir en 
Si algo sabe hacer José Alperovich es simplificar las cosas y poner en aprietos a la realidad con opciones apremiantes. En 2003, cuando llegó al gobierno, construyó la leyenda de que él representaba la nueva política. A todo lo que no lo circundaba, lo estigmatizaba como parte del pasado al que había que enterrar irremediablemente.
Poco amigo de los devaneos teóricos, le costaba definir en qué consistía aquella -su- novedad. Por ello, pronto empezó a publicitarse como la palabra revelada en materia de gestión, el hombre destinado a hacer que los tucumanos ya no sintieran nostalgia del mito de Celestino Gelsi. Alguien llamado a semejante menester no podía contentarse con arreglar cuentas con el pasado en sólo cuatro; también debía preocuparse por la posteridad. Entonces, tenía que reformar la Constitución, para posibilitar(se) la reelección, pero, más importante, para asegurar el -su- futuro.
El aparato propagandístico-político del oficialismo fue muy eficiente; a la hora de trazar el escenario lo hizo de un modo impecablemente sencillo. Transmitió el mensaje de tal modo que buena parte de la sociedad, no la tradicionalmente reacia al peronismo, entendió el llamado a las urnas del domingo como una consulta popular en torno de la administración de Alperovich. La prueba es que, en las escuelas de la periferia de la capital, mucha gente confesó que no sabía qué votaba con precisión, pero intuía que era para respaldar al primer mandatario.
Hasta el último momento, Alperovich fue el único que hizo campaña sin ser candidato a convencional. Los postulantes del Frente para la Victoria no aparecían en los afiches -tampoco la cara tostada del vicegobernador Fernando Juri-, porque, en definitiva, no había 40 bancas en juego, sino el porcentaje de adhesión que iba a recibir el primer mandatario. Otra vez las cosas en blanco o en negro, sin matices. Esto también es lo que explica por qué no hubo prácticamente debate de carácter constitucional. Los días previos a los comicios, Alperovich se la pasó en Buenos Aires, pero no precisamente consultando a juristas, a fin de esclarecer qué tipo de contrato institucional quiere para Tucumán, sino golpeando las puertas de los ministerios, de manera de poder concretar nuevos anuncios -¡ay de esta manía!- de obras. Pareciera sentirse cómodo con un esquema plebiscitario, en el que el número de votos o de representantes -“me responden 36 convencionales”- legitima casi todo.
Ni la oposición se salvó de la lógica reduccionista. Descalificados como parte del pasado y desconcertados, los principales partidos de este arco, en un error matemático, confundieron a Alperovich con el irrepetible Julio Miranda. Pensaron que si ellos decidían no participar de las elecciones, la sociedad iba a inmolarse cívicamente con ellos, quedándose el domingo en casa. Olvidaron que los vacíos y la indiferencia sólo funcionan en el amor. Para colmo, ni siquiera emprendieron seriamente una activa campaña por la abstención, porque eso hubiera significado medirse con el oficialismo, lo que parece que quieren evitar.
Participación Cívica se dio cuenta de que había un hueco, pero trató de llenarlo en clave alperovichista. Cosechó 64.000 votos y cuatro constituyentes mediante una fórmula que consiste en hacer oficialismo no peronista, ideal para quienes simpatizan con Alperovich pero no toleran al justicialismo. Como no podía ser de otra manera, el lunes mismo, los electos fueron a ponerse a disposición del dueño del sublema: el gobernador. Esta transversalidad causa irritación en el PJ.
Planteadas así las cosas, con el grueso de la oposición de ferias (en esto hay que incluir al radicalismo, fraccionado en inofensivo partido municipal), el Partido Obrero -y en menor medida el Acuerdo Social para la Inclusión- aspiró el voto-descontento, no necesariamente marxista. Sólo gracias a las simplificaciones alperovichianas, el PO podía resultar la primera fuerza verdaderamente opositora en unas elecciones.
Poco amigo de los devaneos teóricos, le costaba definir en qué consistía aquella -su- novedad. Por ello, pronto empezó a publicitarse como la palabra revelada en materia de gestión, el hombre destinado a hacer que los tucumanos ya no sintieran nostalgia del mito de Celestino Gelsi. Alguien llamado a semejante menester no podía contentarse con arreglar cuentas con el pasado en sólo cuatro; también debía preocuparse por la posteridad. Entonces, tenía que reformar la Constitución, para posibilitar(se) la reelección, pero, más importante, para asegurar el -su- futuro.
El aparato propagandístico-político del oficialismo fue muy eficiente; a la hora de trazar el escenario lo hizo de un modo impecablemente sencillo. Transmitió el mensaje de tal modo que buena parte de la sociedad, no la tradicionalmente reacia al peronismo, entendió el llamado a las urnas del domingo como una consulta popular en torno de la administración de Alperovich. La prueba es que, en las escuelas de la periferia de la capital, mucha gente confesó que no sabía qué votaba con precisión, pero intuía que era para respaldar al primer mandatario.
Hasta el último momento, Alperovich fue el único que hizo campaña sin ser candidato a convencional. Los postulantes del Frente para la Victoria no aparecían en los afiches -tampoco la cara tostada del vicegobernador Fernando Juri-, porque, en definitiva, no había 40 bancas en juego, sino el porcentaje de adhesión que iba a recibir el primer mandatario. Otra vez las cosas en blanco o en negro, sin matices. Esto también es lo que explica por qué no hubo prácticamente debate de carácter constitucional. Los días previos a los comicios, Alperovich se la pasó en Buenos Aires, pero no precisamente consultando a juristas, a fin de esclarecer qué tipo de contrato institucional quiere para Tucumán, sino golpeando las puertas de los ministerios, de manera de poder concretar nuevos anuncios -¡ay de esta manía!- de obras. Pareciera sentirse cómodo con un esquema plebiscitario, en el que el número de votos o de representantes -“me responden 36 convencionales”- legitima casi todo.
Ni la oposición se salvó de la lógica reduccionista. Descalificados como parte del pasado y desconcertados, los principales partidos de este arco, en un error matemático, confundieron a Alperovich con el irrepetible Julio Miranda. Pensaron que si ellos decidían no participar de las elecciones, la sociedad iba a inmolarse cívicamente con ellos, quedándose el domingo en casa. Olvidaron que los vacíos y la indiferencia sólo funcionan en el amor. Para colmo, ni siquiera emprendieron seriamente una activa campaña por la abstención, porque eso hubiera significado medirse con el oficialismo, lo que parece que quieren evitar.
Participación Cívica se dio cuenta de que había un hueco, pero trató de llenarlo en clave alperovichista. Cosechó 64.000 votos y cuatro constituyentes mediante una fórmula que consiste en hacer oficialismo no peronista, ideal para quienes simpatizan con Alperovich pero no toleran al justicialismo. Como no podía ser de otra manera, el lunes mismo, los electos fueron a ponerse a disposición del dueño del sublema: el gobernador. Esta transversalidad causa irritación en el PJ.
Planteadas así las cosas, con el grueso de la oposición de ferias (en esto hay que incluir al radicalismo, fraccionado en inofensivo partido municipal), el Partido Obrero -y en menor medida el Acuerdo Social para la Inclusión- aspiró el voto-descontento, no necesariamente marxista. Sólo gracias a las simplificaciones alperovichianas, el PO podía resultar la primera fuerza verdaderamente opositora en unas elecciones.
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