Inseguridad en las calles

21 Febrero 2006
En estos últimos días, han conmovido especialmente a la población algunas informaciones policiales. Nos referimos a la muerte de un joven estudiante y cadete de mensajería, que fue ultimado de un balazo en la puerta de su casa, ubicada al noroeste de la ciudad, cuando salía a trabajar, por malvivientes que querían robarle la motocicleta. También causaron impacto dos sucesos ocurridos en la zona céntrica: en uno de ellos, un menor fue apuñalado en Laprida y Corrientes con el objeto de arrebatarle las zapatillas; y en el otro, un farmacéutico resultó herido de un balazo por quienes buscaban robar en su negocio, en Catamarca y Mendoza. Son hechos que indican, sin mayores comentarios, el nivel de peligrosidad que ha alcanzado la delincuencia en las calles de San Miguel de Tucumán. Como se advierte, los atracadores están dispuestos a llegar hasta las últimas consecuencias a la hora de lograr su propósito, y la vida de las personas carece de importancia para ellos.
La comunidad no puede sino mostrarse azorada frente a los hechos citados. Se pregunta, lógicamente, cómo es posible que la Policía haya estado ausente para prevenirlos. El caso del apuñalamiento en Laprida y Corrientes es especialmente revelador.  Se trata de un sector en el que existen varios bares, que son frecuentados por una multitud de jóvenes durante la noche; especialmente, los fines de semana. Se supone que allí debiera encontrarse siempre el personal policial, ya que existe la posibilidad de que esa aglomeración derive en incidentes de cualquier tipo. Sin embargo, la Policía brillaba por su ausencia, lo que permitió el hecho ya comentado. Nos parece que resulta urgente la reversión del clima de inseguridad que estos acontecimientos están revelando. El hecho de que por la vía pública de Tucumán deambulen sujetos que actúan al margen de la ley, que portan armas y que tienen el objetivo de atracar a las personas, debe tener, por parte de las autoridades, una respuesta adecuada.
No se nos escapa que, en una ciudad como la nuestra, que ha experimentado procesos de crecimiento, lamentablemente, estos son acompañados por un incremento del delito. Pero no es posible que la ciudadanía quede inerme ante el fenómeno. El Estado debe considerar, como su principal responsabilidad, la adopción de todas las medidas enderezadas a prevenir casos de esa índole y, si no hubiera podido hacerlo, a capturar con la máxima celeridad a los responsables.  Como lo hemos dicho en varias oportunidades, para dicha tarea ha de contarse con personal policial en la cantidad suficiente y el mismo debe estar equipado con los más eficaces medios de movilidad, de comunicación y de armamento. Hay que agregar a esto la necesidad de la presencia de los uniformados en las calles. Ello no sólo opera como medio disuasivo del delito, sino que también permite la intervención inmediata en los hechos. Esto no se reemplaza con las rondas en vehículos, por abundantes que sean. La población, además, se siente tranquilizada cuando ve a un policía en la calle. Hemos recalcado también que el agente no debe limitarse a permanecer en la esquina. Tiene que estar en constante movimiento, debe recorrer la zona que le toque y estar atento a cualquier situación extraña.
Urge terminar con los sangrientos asaltos. Además de la acción policial propiamente dicha y ejercitada en plenitud, debe manifestarse también la de la Municipalidad para impedir las frecuentes interrupciones en el alumbrado público y la de los vecinos, que deben denunciar de inmediato ante las autoridades todo movimiento sospechoso que advirtieran no sólo en su domicilio sino en el de los vecinos.

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