¿Es lícito satirizarlo todo?
Digger, la última película de González Iñárritu, protagonizada por Tom Cruise, divide las aguas. Obra maestra, para unos. Sermón estrafalario y desconcertante para otros. La película que le dará el Oscar al protagonista, vaticinan los que aman el recién estrenado film. Un fracaso de taquilla, estrepitoso y merecido, para quienes lo detestan.
La última realización del mexicano Alejandro González Iñárritu, producida y distribuida por el gigante Warner Bros. Picture, se ha convertido en una inesperada parteaguas del cine. Digger parece no admitir términos medios entre la crítica ni entre los espectadores. O la aman o la odian. O la defienden a ultranza como una verdadera pieza de arte, única y genial. O la defenestran sin miramientos, rebajándola a un pastiche burdo que, intentando imitar lo mejor de la sátira, termina recreando la peor de las farsas.
Después de verla, estoy del lado de los que le levantan el pulgar y consideran que bien valen la pena el valor de la entrada y los 130 minutos de atención que demanda la proyección. Eso sí, y a modo de sugerencia personal: si se es capaz de abandonar la comodidad -y la ociosidad- del pensamiento binario, se asiste a una película que se extiende en múltiples dimensiones.
Sardónica superficie
Por supuesto, también en su llana linealidad el filme ensaya una crítica mordaz del capitalismo y el extractivismo, dispuesto a lucrar a cualquier precio. Inclusive si el costo es el fin del mundo. Entonces, Digger se presenta como una ácida apuesta por el humor sardónico, por los excesos visuales, argumentales y hasta actorales para denunciar que el afán por la riqueza y las ganancias se erige como imperativo categórico del poder (público y privado) por sobre cualquier valor. Y por sobre la vida misma de millones de seres humanos.
Digger, en inglés, significa “excavador” y esa es la actividad principal del personaje principal, encarnado por Cruise. Digger Rockwell es un magnate del petróleo (acaso el hombre más rico del planeta), que dirige las actividades de sus empresas desde su mansión en Washington. Lo de “dirigir” es un eufemismo: se ocupa personalmente de ignorar advertencias sobre los riesgos de la actividad, a la vez que se obsesiona únicamente con los millones de barriles de crudo que deben producir los pozos que explota en los mares del norte. Lo demás no importa. Los demás, tampoco.
Desoye advertencias sobre grietas en glaciares y sobre los peligros del metano hasta que es muy tarde. Luego de no prestar atención a los más de 40 correos que recibió con alertas sobre una inminente catástrofe, lo peor ocurre: una explosión en las instalaciones de Groenlandia termina desprendiendo un bloque de hielo gigantesco. Un iceberg cuya superficie es varias veces más grande que Washington. Y que las corrientes llevan directo a Noruega, con la posibilidad de que, en realidad, termine provocando inundaciones en toda la costa de Europa. Una catástrofe que costará millones de dólares. Y de vidas humanas.
El presidente de EEUU (interpretado por un rutilante John Goodman) se reúne de urgencia con todo su gabinete... pero en la casa de Digger (”en el Salón Oval las paredes oyen”, sentencia el potentado). Las alternativas que manejan son desopilantes. Finalmente, deciden esperar a ver la evolución de los acontecimientos, dada la remota posibilidad de que el mar termine llevándose el témpano para disolverlo sin consecuencias.
Cuando ocurre lo peor, Digger toma una decisión de hierro: asumirá toda la responsabilidad porque en realidad, él está salvando al mundo. Cuando lo interpelen, brindará el discurso que anuda la trama.
Pero hay una contingencia que no previó: la explosión de Groenlandia provocó otro desprendimiento de hielo gigantesco en Rusia. El nuevo coloso, esta vez, se dirige a Alaska. Y lo que va a destruir son las propias instalaciones petroleras del empresario...
Elogio de la estética
En su célebre ensayo sobre la posmodernidad, Fredrick Jameson advirtió que un fenómeno propio de este momento de la historia era la desautorización del modelo de interpretación de la realidad que distingue lo interior de lo exterior. En la volteada también cayeron el modelo freudiano de lo manifiesto y lo reprimido, el modelo existencialista de lo auténtico y lo inauténtico, el modelo semiótico del significado y el significante, y el modelo dialéctico de la esencia y la apariencia.
Cualquiera de esas hermenéuticas, o cualquier abordaje superador del maniqueísmo y sus falaces antinomias, viene bien para disfrutar de los múltiples pliegues de Digger. Precisamente, muchas de las críticas contra el largometraje tarde o temprano caen en los cuestionamientos contra la abundancia de las exageraciones y la carencia de las sutilezas. Por el contrario, este film atesora, debajo de su superficie burlesca, un fondo pleno en otras significaciones. Lleno de “textos en el texto”.
Digger es, yendo a esa capilaridad, una sátira de las sátiras. La propia película muestra que la vida del magnate petrolero que exhibe es, en realidad, el ensayo general de una obra de teatro (”Tontos fósiles”) que está a punto de estrenarse. En torno de ello se plantean dos alegatos. Por un lado, el protagonista estallará contra las licencias que se toma el guion porque alude a situaciones imposibles. Por ejemplo, que el presidente y el vice de EE.UU. compartan el mismo vuelo, algo inadmisible para las normas de seguridad de ese país.
Lo que se plantea aquí es que ni siquiera la farsa debiera quebrar la regla de lo verosímil: se puede apelar al ridículo, pero dentro de ciertas fronteras. Sobre todo si lo que va a abordarse parte de un hecho real, como el apocalipsis ambiental en que fue sumido el mundo por la desmesura de los intereses del poder económico y del poder político. Lo caricaturesco termina atentando contra el objetivo de denunciar para crear conciencia.
Pero también hay un alegato a favor de la sátira. Lo ensaya el productor general de la obra, el financista, que es un familiar directo del verdadero Digger. El confiesa que vio la puesta original en Londres y que, aunque la gente aclamaba de pie la realización mientras pedía la cabeza de su familia, él también aplaudía y ovacionaba. Porque le parecía que pese al desastre provocado por Digger, el público se permitía reír. Y esa risa le permitía revisitar lo atroz para que nunca fuera olvidado.
Es un rescate sobre el inapreciado valor de la estética. Para que aquello que sucede sea comprensible debe tener una estética que lo haga inteligible: que lo torne posible de ser tramitado por la subjetividad. A modo de ejemplo: todos aquellos que han recibido el pésame por la pérdida de un ser querido han escuchado dolidas muestra de solidaridad en las que se manifiesta que la persona que ha partido ha sido “llamada por Dios a su lado”. O que “ya ha dejado de sufrir”. O que ahora “ya puede descansar”. Aunque se trate de “lugares comunes”, todas son estéticas que los interlocutores buscan para poder tramitar ese absoluto inasible que es la muerte. La estética, entonces, juega también un papel crucial a la hora de pensar lo real. Y allí la sátira se reivindica como un vehículo para tomar conciencia, incluso, de lo terrible.
La risa y lo insólito
Ese contrapunto deja abierta una pregunta inquietante: ¿todo, absolutamente todo, puede ser llevado al terreno de la sátira? ¿Es admisible reírse de cualquier cosa, incluyendo las más graves?
Digger viene siendo comparada, por defensores y detractores, como ese clásico de Stanley Kubrick que aquí se conoció como Dr. Insólito o: cómo aprendí a dejar de preocuparme y amar la bomba. Se estrenó en 1964, es decir, apenas dos años después de que el mundo estuviera al borde de un holocausto atómico entre EE.UU. y la URSS durante la Crisis de los misiles en Cuba. Tan sólo unos pocos meses después del asesinato de John F. Kennedy. Nada menos que en semejante contexto, Kubrick decidió montar esa sátira consagratoria, estelarizada por el enorme Peter Sellers.
Dr. Insólito no estuvo exento de objeciones, como recreó hace unos días el crítico español David Pardillos. La película fue descalificada -recordó- como “el chiste enfermo más demoledor con el que me he encontrado”. O acusada de ser “un poco demasiado despectiva con nuestro sistema de defensa”. O tildada de ser “más maliciosa que divertida, más cargada de veneno que de ingenio”.
Pardillos se plantea, respecto del arsenal atómico, lo mismo que cabe ahora sobre el apocalipsis climático. “¿Es legítimo reírse de la guerra nuclear o esa risa debilitaba la seriedad necesaria para enfrentarse al peligro? Bien, el propio Kubrick justificó la forma irónica de la película con un razonamiento muy concreto: el humor podía ser más realista que un drama convencional porque la situación nuclear ya era, en sí misma, absurda: ‘La comedia era el único camino’”.
Mucho de ello se entreteje en Digger. Que las conductas de la humanidad, y en especial la de los gobernantes y la de los magnates industriales, esté haciendo del planeta un lugar donde no se pueda vivir es, en sí mismo, un absurdo descomunal. Severamente menos absurdo que la película de González Iñárritu, donde en numerosos (y angustiantes) momentos lo absurdo es la caracterización de los personajes, pero no lo que ellos dicen.
Excavando alegorías
Pero Digger no se agota sólo en el alegato sobre la tragedia climática. Ese es su aspecto manifiesto. Ensaya, en realidad, un cuestionamiento incesante contra el poder.
Precisamente, frente a la complejidad que entraña la idea de “el poder”, la película elige la defensa del medio ambiente como una estética más accesible. No sólo fácil de tramitar, sino sencilla de compartir. Porque lo que González Iñárritu expone es una lógica perfectamente (y atrozmente) aplicable a muchas otras acciones.
De hecho, así como el dinero es una de las manifestaciones más tangibles del poder, el petróleo es una de las expresiones más corpóreas de las ambiciones del poder público y del privado. Pero no la única.
Digger Rockwell decide que puede ser perfectamente impune para mostrar que todo el mal que hace, lo hace bien. Y para conveniencia de todos. Se planta frente al parlamento europeo casi como un “devorador de pecados”: lo odian por su actividad, y las consecuencias que produce, pero todos aman el petróleo. Los ciudadanos que manejan autos o viven en casa con energía eléctrica. Y también los parlamentarios europeos, la mayoría de los cuales ha comprado acciones de sus empresas. Por poco y debieran darle las gracias por andar envenenando el mundo con contaminantes.
Es un argumento irracional y descarado, llevado al paroxismo. Hasta que se leen noticias sobre, por ejemplo, los inagotables excesos que Donald Trump en nombre de que sólo quiere “hacer América grande otra vez”.
El presidente de EE.UU. del filme está enfermo y propone una absoluta identificación entre su patología y los “males” que afectan al mundo. Y así como una enfermedad mina su salud, proclama que el comunismo carcome el planeta. Cualquier parecido con el insulto “zurdo empobrecedor”, patentado por Javier Milei, ¿parece pura coincidencia?
No hay adversarios políticos en la ficción llevada a la pantalla grande. Sólo “enemigos” merecedores de un único remedio: la aniquilación. Convivir no es una alternativa porque los “otros” no son personas que piensan distinto. Ni siquiera -soberbia mediante- son considerados como individuos equivocados. Por el contrario, son un tumor. Y sólo admiten ser extirpados.
Para más datos, el burlesco presidente estadounidense de la película decide iniciar un ataque nuclear contra China y Rusia y exige que le lleven el dichoso “maletín” para activar los misiles. Cuando le explican que no hay botón de lanzamiento, sino tres libros por hojear (procedimiento, claves y ciudades que pueden ser objetivo de los ataques), se desanima: leer no es lo suyo. Luego monta en cólera con el pastor que lo acompaña, cuando el religioso pone reparos al ataque atómico. Golpea y maldice al mismo hombre de fe que, en escenas anteriores, entronizaba al presidente como la suma de las virtudes.
Eso sí es pura creación artística: jamás se vio a un Presidente acercarse a los representantes de Dios cuando le conviene, y execrarlos como “representantes del maligno en la Tierra” cuando la prédica clerical no está en sintonía con los intereses políticos de la coyuntura.
Digger, entonces, es una invitación a excavar en los signos visibles en la pantalla para descubrir que la huella psíquica de esas imágenes evoca una plétora de significados. Desde el principio mismo del filme, cuando se advierte la primera (y acaso única) preocupación auténtica del protagonista: la salud de su gata, que tiene una edad inverosímil, a la que él le da de comer con la mano, y que se encuentra en sus últimos días. Como si fuera posible que hubiese hombres del poder más preocupados por la integridad de los gatitos (hasta el punto de retratarse con uno, alimentándolo) que por la suerte de los seres humanos...
El final es sonoro. Como cachetada de payaso.
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