A cada loco le llega su balada

A cada loco le llega su balada

Guillermo Monti
Por Guillermo Monti 03 Septiembre 2026

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Mezcla rara de penúltimo linyera, por las cornisas de la vida deambuló Carlos Horacio Salinas hasta la última e inevitable caída. Era cuestión de tiempo. Vivió 70 años que para cualquier otro mortal equivalen a 700. Pero que el árbol de sus tumultuosos e incansables demonios no tape el legado de crack, tan tucumano como La Ciudadela y Villa Alem, sus lugares en el mundo.

Un futbolista apodado “Loco” no puede ser ordinario. En la locura yace una doble excepcionalidad, la de las gambetas y la de una forma de habitar el mundo. No hay fórmulas tácticas ni obediencias dogmáticas que aten al loco en una cancha. Vive suelto, libre, apenas condicionado por su propia locura futbolera. El loco sólo revela sus confidencias a la pelota, el resto de la humanidad le importa muy poco. La única indicación que el loco escucha es “divertite”; para el “portate bien” tiene obturado el oído. Todo eso era Salinas.

Y así como provoca campanarios con su risa, el loco también genera terremotos devastadores de los que sólo él emerge como víctima. Al Salinas crack lo sumergió el Salinas experto en el arte del autoboicot. El techo a su carrera lo impuso su propia locura. De lo contrario, ¿hasta dónde habría llegado? La pregunta se reitera cada vez que un loco se recorta en el horizonte.

Loco era Oreste Omar Corbatta, tan autodidacta que ya era una estrella de Racing y apenas sabía garabatear su nombre. Tan magistral como analfabeto, Corbatta trazó una tradición mantenida durante décadas: el wing derecho es portador, en lo profundo de su ser, del gen de una locura indómita. Y loco era René Houseman, heredero del puesto y de la certeza de que gambetear pegado a la raya es privativo de los distintos. Salinas no era wing-wing, pero en su desfachatez podía alternar en cualquier puesto del ataque. El gol al Borussia en la final intercontinental de 1978, una apilada magistral zigzagueando en el área mientras los defensores alemanes caían como muñecos, rindió tributo a la gloria de Corbatta y de Houseman. Salinas ratificó que pertenecía a esa estirpe, la de aquellos privilegiados que capturan azahares lanzados por el frutero de la esquina.

Dentro de la cancha, todo: fuera de la cancha, más todavía. Salinas nunca encontró límites, será porque jamás aprendió a distinguirlos. “Me tienen marcado”, confesó al enterarse de que la AFA le había impuesto 25 partidos de suspensión por cogotear al árbitro Abel Gnecco. Para Salinas, la salvajada no había sido más que un acto de justicia poética propio del potrero. Lo mismo con las fortunas que ganó, en la Argentina y en Colombia: el problema era su talento para dilapidarlas. Decidió no privarse de nada y quedó prisionero de esa determinación. Loco total.

Piantao, piantao. Así transitó Salinas por el fútbol y por la vida. Luciendo orgulloso su peluca de alondras, enfundado en camisetas de todos los colores; de clubes gigantes y de equipitos del montón. Después lo agarraron con las manos en la masa y tuvo que contar los días en Devoto.

A veces, en algunas entrevistas, en su discurso no se le detectaba ni un pelo de loco. Porque en realidad su apodo, el del barrio, el de siempre, era “Semilla”. Y en “Semilla” Salinas también hubo un espacio para las explicaciones, para la familia alejada a la fuerza y para alguna reflexión tardía. Para el dolor de ya no ser.

Artífice de un destino desbocado, Salinas fue crack a su manera. Acróbata demente, con un poema y un trombón, la número cinco bajo la suela y un grito de gol con la tristeza pintada en los ojos.

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