Moria Casán lleva más de medio siglo haciendo algo que hoy llamaríamos construir una marca personal. Mucho antes de Instagram, de los influencers y de que cada celebridad administrara cuidadosamente su propia narrativa, ella ya había entendido que no alcanzaba con ser famosa: había que ser reconocible. Inventó palabras, una cadencia, una manera de mirar a cámara, de hablar de sexo, de pelear, de contar sus excesos y hasta de convertir sus derrotas en material para el próximo espectáculo. Moria Casán construyó a Moria Casán.
Por eso el desafío de “Moria”, la serie creada y dirigida por Javier Van de Couter para Netflix, que se estrena hoy en la plataforma de streaming, era bastante más interesante que reconstruir una biografía: ¿qué puede contar una ficción sobre alguien que lleva décadas contando -y editando- su propia vida?
La respuesta es visualmente atractiva, por momentos audaz y sostenida por grandes actuaciones. Pero también deja una sensación incómoda: después de ocho episodios sabemos mucho sobre Moria y, al mismo tiempo, casi nada que no supiéramos antes.
Van de Couter toma una decisión inteligente al escapar del biopic tradicional. No hay una actriz encargada de atravesar artificialmente cinco décadas, sino varias Morias. Sofía Gala Castiglione, Griselda Siciliani y Cecilia Roth interpretan distintas edades y, sobre todo, distintas versiones de una misma construcción. La idea recuerda, inevitablemente, a “I’m Not There”, la película de Todd Haynes que fragmentó a Bob Dylan entre seis intérpretes. Aquí el procedimiento se extiende incluso a otros personajes, como Susana Giménez o la propia Sofía Gala.
De las tres protagonistas, Siciliani (foto superior) consigue quizás el trabajo más fascinante. No porque imite mejor a Moria -la imitación sería el camino más fácil-, sino porque comprende su mecanismo. La velocidad de la respuesta, la manera de ocupar el espacio, la mirada que parece calcular dónde está la cámara incluso cuando no debería haber ninguna. Su Moria no entra a una escena: la escena empieza cuando ella llega.
Sofía Gala carga con otra dimensión inevitable: interpreta a su propia madre. Hay algo perturbador y atractivo en observar a una hija habitando el cuerpo de la mujer que existió antes de convertirse en su madre. La serie podría haber explorado mucho más ese espejo, especialmente porque el vínculo entre ambas aparece como una de las zonas en las que el personaje público podría finalmente resquebrajarse. Pero no sucede.
La familia aparece poco y, cuando aparece, Moria continúa siendo Moria. Frente a una pareja, una hija, una madre o un amigo no parece existir una mujer diferente de aquella que conocemos de los estudios de televisión. Su personalidad prácticamente no tiene zonas grises. No hay silencios incómodos, contradicciones demasiado difíciles de acomodar ni momentos en los que el personaje parezca agotarla. Hasta la vulnerabilidad termina teniendo una frase perfecta.
Tal vez haya sido así. O tal vez sea imposible saberlo.
Sin intimidad
Ese es el principal límite de la serie: Moria nunca termina de desnudar a Moria. Y resulta paradójico tratándose de una mujer que pasó buena parte de su carrera desnudándose, literal y simbólicamente, frente al público.
Están las drogas, el sexo, los abortos, las relaciones violentas, la maternidad, la cárcel en Paraguay, los hombres, los excesos. Pero conocer hechos íntimos no necesariamente significa acceder a la intimidad. Casi todos esos episodios ya fueron relatados por ella misma, muchas veces con enorme detalle. La serie los reconstruye, los estiliza, los convierte en espectáculo, pero pocas veces consigue interrogarlos de otra manera.
Eso se vuelve todavía más evidente con la presencia de la verdadera Moria. Aparece como narradora, anfitriona y una suerte de diosa que contempla y manipula su propio pasado. El recurso funciona al comienzo porque explicita algo interesante: no estamos viendo la verdad, sino una memoria. El problema es que esos momentos oníricos se multiplican sin terminar de encontrar una lógica clara. En lugar de abrir una nueva capa sobre el personaje, por momentos interrumpen el relato para recordarnos algo que ya sabemos: Moria controla la historia. Y quizás la controla demasiado.
Visualmente, en cambio, la desmesura tiene sentido. Plumas, cuerpos, luces, cocaína, marquesinas, sexo, televisión, teatro de revista y una estética queer atraviesan una narración que por momentos coquetea con el delirio de Paolo Sorrentino. Contar a Moria desde el naturalismo hubiera sido probablemente traicionarla. Su vida pública siempre estuvo atravesada por el artificio.
Además, a través suyo aparece una historia del espectáculo argentino: Porcel, Olmedo, Sofovich, Susana, Rottemberg, “Brujas”, la revista, el cine picaresco, los talk shows, los escándalos televisivos. Y aparece algo todavía más interesante: la extraordinaria capacidad de una mujer para sobrevivir a todos esos formatos.
La mujer
Moria atravesó una industria que primero convirtió el cuerpo femenino en mercancía y consiguió transformarse, de algún modo, en administradora de su propia exhibición. Habló de deseo cuando se esperaba que las mujeres hablaran de amor. Habló de sexo sin pedir disculpas. Y cuando la edad debía volverla invisible, convirtió también el envejecimiento en parte del personaje. Después llegaron las redes sociales y parecieron inventadas para ella: frases breves, provocación, neologismos, respuestas convertibles en memes. Moria hablaba en lenguaje de redes décadas antes de que existieran.
Todo eso explica perfectamente cómo Moria llegó a ser Moria. Lo que la serie no consigue responder es quién queda cuando Moria deja de actuar. Quizás porque nunca deja de hacerlo. Quizás porque después de tantos años ya no existe una frontera clara. O quizás porque una biografía realizada con su protagonista mirando desde adentro difícilmente pueda escapar de la versión que ella construyó de sí misma.
Después de ocho capítulos, la serie permite volver a admirar su inteligencia para construir ese personaje. Lo que no permite es descubrir demasiado a la mujer que lo inventó. Y quizás esa hubiera sido la verdadera transgresión: no mostrar un poco más de Moria Casán, sino conseguir, aunque fuera durante unos minutos, que Moria Casán desapareciera.












