Walter Gallardo
Periodista tucumano radicado en Madrid
En un ensayo de íntima franqueza, preguntémonos en qué sociedad nos gustaría vivir si no supiéramos el sitio que ocuparíamos en ella. Es decir, si desconocemos todo: si seremos varón o mujer, pobre o rico, raza, lugar de nacimiento y religión. La propuesta puede resultar algo desconcertante, quizás incómoda o incluso peregrina; sin embargo, no es nueva: ya la hizo en los años 70 el filósofo estadounidense John Rawls y la llamó “Velo de la ignorancia”, en su obra Teoría de la Justicia. La respuesta no es difícil de imaginar, en particular la de quienes se sienten o están excluidos: sólo basta con ver la portada de un par de periódicos, oír las conversaciones en una mesa familiar o fijarse en el humor de la gente una mañana de camino al trabajo para desechar como primera opción la sociedad en la que vivimos.
Desierto ético
Razones para el desencanto sobran, aunque la madre de todas ellas tiene que ver con la moral y, por lo tanto, con la justicia. ¿Qué papel desempeña actualmente un ciudadano en un mundo donde las reglas más elementales han sido reemplazadas por la fuerza bruta y arbitraria? ¿O donde la verdad y la honradez parecen no tener importancia o representan una osadía? ¿En ese mismo mundo donde prima un darwinismo social al estilo del difundido por Herbert Spencer (“La distribución de la riqueza es contraria a la evolución humana y a las leyes de la naturaleza”) o donde vivir como uno querría resulta casi un sueño delirante para quien se lo imagina y casi una insolencia para quien lo niega o lo impide? Este abandono a la intemperie, en medio de un desierto ético, deja a ese mismo ciudadano a merced de un desasosiego abrumador: si todo da igual, si su voto nada cambia, si todo idealismo o aspiración de progreso, o sea, de futuro, no está en sus manos, entonces acabará concluyendo que la virtud cívica y el bien común no tienen ningún valor o, aún peor, ningún sentido. En consecuencia, una palabra como “democracia”, a la que se le supone un carácter noble e íntegro, fraternal y garante de los derechos individuales, vagará huérfana, vestida de comillas y vacía de contenido. Sin dudas, un momento estelar para los mesías de soluciones fáciles a problemas difíciles: los populistas.
Esto va más allá de conceptos y cuestiones dialécticas para definirse con números fríos y precisos, dejando claro el límite y la distancia entre ganadores y perdedores; también tiene un nombre: desigualdad. En su informe de 2026, World Inequality Lab, un grupo de 200 investigadores coordinados por el economista francés Thomas Picketty, sostiene que “la concentración de la riqueza es extrema”: El 1% más rico tiene más riqueza que el 90% más pobre o, para ser más ilustrativos, un grupo de 60.000 personas (0,001%), el que cabe en un estadio de fútbol, cuenta con más riqueza que la mitad de la humanidad en su conjunto. Y no es un fenómeno reciente. De hecho, el patrimonio de esta minoría ha crecido en promedio un 8% anual desde los años 90. La tendencia, señala el informe, “no ha cesado de aumentar, poniendo en evidencia la persistencia de las desigualdades”.
Hay quienes dicen que las comparaciones son odiosas, pero lo cierto es que sólo resultan apenas indiscretas para el ganador y altamente humillantes para los perdedores. Un caso que lo demuestra es el conocido hace unos días: los principales bancos españoles registraron un beneficio neto conjunto de 20.164 millones de euros sólo en el primer semestre, la cifra más alta jamás alcanzada en ese lapso. En sí misma, pinta como una buena noticia. No obstante, tiene un reverso: al parecer, esta lluvia de dinero no ha sido suficiente para frenar en el sector los más de 8.000 despidos del último año, debido -argumentan- al uso de la inteligencia artificial para la automatización de tareas y el cierre de oficinas. Y esto no se detendrá allí: la IA, según la Fundación de las Cajas de Ahorro, eliminará 40.000 empleos bancarios hasta 2036. En el mismo sumario de noticias, aunque sin relacionarlo, se comentaba como hecho curioso que el 53% de los hogares en España cuenta con un presupuesto raquítico para unas vacaciones de una semana o menos. Poco tiempo, un abrir y cerrar de ojos, pero aun así se podrían considerar afortunados frente al 25% de hogares que no irá a ningún lugar en este verano tórrido, con sucesivas y prologadas olas de calor.
La brecha salarial
Otro caso de contrastes bochornosos es la evolución comparada de los salarios. Los de arriba y los de abajo, los unos y los otros. La brecha en las dos últimas décadas indica que el sueldo de un consejero ejecutivo en España se ha triplicado (+172%) en comparación con el salario medio que creció un 55% en ese mismo período. En concreto, el sueldo de un ejecutivo supera como mínimo en 111 veces el de un empleado raso de la misma empresa. Traducido en tiempo y esfuerzo, un trabajador necesita un siglo de empleo continuo para alcanzar la retribución anual de un alto directivo. En Estados Unidos esa distancia es mayor: 200 años.
¿Hablamos sólo de dinero al señalar la desigualdad? Claro que no. La foto es más amplia e incluye cambio climático o dificultad para el acceso a la educación, entre otras razones. En cuanto a lo primero, se trata de una cuestión de asimetría: quienes menos contribuyen al problema son los que sufren las peores consecuencias. Lo demuestran las estadísticas: el 1% más rico de la población mundial genera más emisiones de carbono que el 50% más pobre. Así, a la hora de afrontar las catástrofes climáticas, ya habituales en los últimos años, la minoría está protegida con sus propios y numerosos recursos mientras los demás se ven expuestos a inundaciones, sequías, hambrunas y migraciones masivas. En el vocabulario de esta crisis, se habla hoy de la “inflación climática” para explicar el aumento de los precios en los productos básicos a causa de la destrucción de cosechas y el colapso de las cadenas de suministro, fenómenos ocurridos por la escasez de agua o el aumento global de las temperaturas. Siguiendo esta línea, el Banco Central Europeo pronostica que el calentamiento global aumentará la inflación de los alimentos de uno a tres por ciento anual en la próxima década.
Desigualdad social
La educación es otro campo en el que la desigualdad queda al desnudo. Considerado vehículo de ascenso social, en grandes regiones del planeta apenas ofrece la reproducción de privilegios; esto significa que el nivel de estudios y de ingresos de los padres influye en el éxito educativo de un hijo. Pobreza o riqueza hereditarias, en definitiva. El último informe Education Finance Watch de la Unesco y el Banco Mundial detalla la comparación global del gasto público anual por alumno (niños y jóvenes entre 5 y 24 años): mientras en el África subsahariana es de 100 dólares, en Europa y Estados Unidos ronda los 8.500 dólares promedio. Esta situación, de acuerdo con Michael Sandel, filósofo político y profesor de la universidad de Harvard, genera desigualdad social y una falsa idea del mérito. Quienes tienen más recursos, y por ende más oportunidades, consiguen sus objetivos y se sienten dueños absolutos de sus logros, ignorando las condiciones que los favorecieron; por el contrario, para aquellos que no contaron con las mismas ventajas, la sociedad les reserva un mensaje perverso: “si no triunfaron es por su propia culpa o por falta de talento”.
En conclusión, lo opuesto a la desigualdad es, sin dudas, un grado perceptible de justicia. El problema radica en que el discurso público lleva tiempo sin aceptar el desafío de definirla, evitando la toma de decisiones que implican un riesgo político. El resultado es una notoria insatisfacción colectiva porque nada de lo que se oye o se lee parece tener relación con nuestra legítima aspiración a ser medianamente felices, en un marco de respeto a los derechos individuales y de libertad para elegir la mejor manera de desarrollar nuestras vidas.







