Padres afganos pasan penurias para poder ofrecer educación a sus hijas

El régimen talibán excluye a niñas y adolescentes de la escuela secundaria y de la universidad. Las opciones son el exilio o la clandestinidad.

ÚLTIMAS CLASES. Una niña ingresa, con su padre, a su escuela en Kabul.  afp
ÚLTIMAS CLASES. Una niña ingresa, con su padre, a su escuela en Kabul. afp
Hace 2 Hs

Resumen para apurados

  • Padres afganos buscan en 2026 vías clandestinas o el exilio en Afganistán para educar a sus hijas, vetadas de las escuelas secundarias por el régimen talibán.
  • Desde 2022, el régimen prohibió la secundaria femenina, excluyendo a 2,4 millones de niñas. Las familias recurren al estudio en el hogar, clases clandestinas o visados escasos.
  • La falta de acceso educativo amenaza con crear una generación de mujeres analfabetas, comprometiendo el desarrollo del país y forzando a miles al desarraigo o al aislamiento.
Resumen generado con IA

Un grupo de padres afganos relató las noches sin dormir y el llanto a escondidas ante la desesperación por sus hijas adolescentes, privadas de educación por el gobierno talibán. En Afganistán, hombres que defendían la educación para todos han sido encarcelados. Por eso, los cinco que aceptaron hablar con agencia AFP lo hicieron bajo condición de anonimato.

“Como afgano, hombre y padre, quiero decir que nuestras hijas deberían poder continuar su educación y elegir qué quieren ser en el futuro. Es su derecho”, confía uno de ellos, Nassir.

Afganistán es el único país del mundo donde la educación de las niñas está prohibida después de la primaria. Tras tomar el poder hace cinco años, los talibanes las excluyeron de la educación secundaria y las universidades en 2022. Ya pasaron más de cuatro años en los que alrededor de 2,4 millones de niñas fueron excluidas de la educación secundaria, denunció Unesco, agencia de Naciones Unidas para la educación.

Las autoridades aseguran que están aplicando la ley islámica. Los entrevistados, musulmanes practicantes, rechazan esta justificación religiosa. “No encontrarás en el Corán que la educación esté reservada a los hombres”, defiende Mohammad.

Según una encuesta realizada en 2025 por ONU Mujeres, el 95% de los hombres afganos en zonas urbanas y el 87% en áreas rurales consideran importante que las niñas puedan recibir educación secundaria.

La dificultad de la visa

Ahmad, de 40 años, es padre de cuatro niñas (12, 10, 8 y 2 años) y un niño. Es ingeniero y está casado con una profesora de matemáticas, que ya no puede enseñar. Dice que jamás imaginó que sus hijas “terminaran siendo analfabetas”. “En el siglo XXI, acabar solo la escuela primaria es ser analfabeto”, dice.

Él y su esposa quieren exiliarse. Ex empleado de organizaciones internacionales, Ahmad ha solicitado, en vano, visados en Suecia, Dinamarca y Alemania.

Si bien los países europeos denuncian las restricciones impuestas a las mujeres, conceden muy pocos visados a los afganos, que se quedan con la única opción de un viaje clandestino “demasiado arriesgado”. Las niñas “no saben que perdemos la esperanza. Todos los días nos preguntan: ‘¿Cuándo nos marchamos?’”.

Un visado para Estados Unidos iba por buen camino hasta que el presidente Donald Trump congeló todas las peticiones.

“Cada día, cada noche, mi mujer y yo vemos acercarse el momento en que nuestras hijas tendrán que quedarse en casa”.

En la ciudad del norte donde viven no encuentran ninguna escuela clandestina. Los cursos en línea son caros, unos 1.500 dólares anuales, y el salario de Ahmad es de 2.400. En cinco meses, su hija mayor debería terminar la primaria. Pero antes de los exámenes de mitad de curso tuvo un accidente, con lo que su graduación corre peligro. “Estaba triste, pero le dije: ‘Si repites curso, será una oportunidad para ir un año más al colegio’”.

En secreto

Mohammad, de 42 años, tiene dos hijas (14 y 12 años) y dos hijos. Antes “pensaba en enviar a mis hijas a una de las mejores facultades”, recuerda este médico de una localidad en la provincia de Kabul. “Necesitamos a las mujeres para el desarrollo (del país), no solo en el hogar”, protesta.

Desde que se implementó en 2022, busca la manera de esquivar la prohibición. Sus hijas están ahora en el último año de primaria, porque la mayor empezó su ciclo más tarde.

¿Enviarlas a Pakistán con unos familiares? Imposible porque los vecinos se enzarzaron en un conflicto y la frontera terrestre está bloqueada. ¿Contratar profesores a domicilio? Demasiado caro.

Entonces apareció un rayo de esperanza: un conocido le habló de una escuela que, de forma clandestina, enseña materias generales además de programas religiosos. Es privada y cuesta “unos 150 dólares al mes para dos alumnas”. El centro no expide un título. Y existen riesgos si las autoridades realizan una inspección. “No quisiera que mis hijas sean puestas bajo custodia”. Pero “lo más importante es que sigan aprendiendo”, dice. “Algún día”, el título llegará, espera.

Mirando al cielo

N., de 35 años, es padre de una niña de 12 años y de tres niños. “Mi hija está muy interesada en la astronomía. Recientemente hizo un collage para representar el sistema solar”, cuenta lleno de orgullo este trabajador social de una ONG. “Me hizo preguntas sobre la gravedad y le dije: ‘Ya aprenderás eso más adelante’”. “¿Cómo, si no puedo seguir estudiando?”, respondió la niña, que está en último año de primaria.

Gracias a haberse mudado a Kabul, la niña ganó algo de tiempo. Donde vivían antes, en Kandahar, bastión del movimiento talibán, algunas escuelas excluyen a las niñas incluso antes de terminar la primaria si las consideran demasiado altas, relata.

Escuela clandestina, cursos de diseño o informática en línea... Los padres exploran las opciones en una vida cotidiana marcada por la escasez de trabajo y el desmoronamiento de la ayuda internacional. “Hoy tengo trabajo y puedo pagar sus estudios, pero las oportunidades se reducen y podría dejar de poder hacerlo”.

Madrasa

M., 32 años, tiene una hija de 13 años y dos hijos. Era un día de celebración, pero la hija de este responsable de logística se quedó llorando en su habitación. Con 13 años, ya no puede ir a la escuela.

“Además, las niñas no tienen derecho a ir a los parques a pasear”, dice el padre. “Cuando la veo decepcionada en casa, me voy a otra habitación y lloro a escondidas”. Aunque elogia a las autoridades por su lucha contra la corrupción y el restablecimiento de la seguridad, no encuentra justificación para privar de educación a las niñas. Procedente de una familia humilde, este hombre que trabajó mucho para pagar sus estudios quería que su niña fuera a la universidad.

Intentó irse a Irán para que ella pudiera estudiar, ahorrando cada centavo de una misión en el extranjero. Pero la guerra destruyó su plan. Entonces la inscribió en una madrasa, un centro coránico que puede acoger a niñas más allá de primaria, “para que pudiera tener interacciones sociales”. Pero ahora, la adolescente se niega a ir. “Aunque siga, no hay futuro para mí”, le dijo.

Disciplina

Nassir, de 47 años, es padre de dos niñas (12 y 15 años) y de un niño. Este empleado administrativo recuerda el último día de primaria de la pequeña. “Mi hija y sus compañeras de clase estaban mal, fue trágico”, dice Nassir, que años atrás pasó por el mismo mal trago con su hija mayor.

Él y su esposa, que es profesora, han recuperado libros de secundaria y ayudan a sus hijas a seguir estudiando en casa. En su biblioteca, de la que están orgullosos, exhiben los trofeos de excelencia de primaria que ganaron sus hijas. Ellas muestran sus cuadernos, hablan en inglés. En la semana, mantienen disciplina estricta: “Acostarse temprano, levantarse a la misma hora que si tuvieran que ir a la escuela”.

Solo en el salón, Nassir confía que la pequeña “está deprimida y a veces no tiene fuerzas para estudiar sola”. Para amortiguar el choque, le regala novelas porque ella adora leer.

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