En estos días, LA GACETA publicó una serie de artículos con testimonios que a veces parecían solaparse: eran jóvenes con problemas de dinero. Algunos de ellos afrontaron dificultades económicas que los obligaron a pedir un préstamo y en la mayoría de los casos terminaron recurriendo a billeteras virtuales. Pero la falta de educación financiera los lleva a desconocer los detalles de la letra chica de cada aplicación pasando por alto aspectos clave como las tasas de interés.
Otros fueron más allá de los préstamos y hoy están luchando contra la ludopatía. Los entornos digitales y estímulos externos como la pandemia o el Mundial incrementaron el número de jóvenes que cayeron en la adicción a las apuestas. Con ello también las dificultades económicas propias y también las de sus familias, que como en toda adicción, terminan afectando a todo un entorno que tiene que pagar las consecuencias de un problema que va más allá de lo económico.
Los expertos trabajan en cómo ayudarlos a salir pero también buscan las causas de estos fenómenos contemporáneos. La tecnología es un factor importante, casi determinante, pero en realidad, los celulares y las plataformas terminan siendo el punto final de una conducta compleja y matices que tienen que ser estudiados caso por caso. Sin embargo, hay un factor que pareciera conectar los nuevos problemas que afrontan los más jóvenes: la soledad.
Paradójicamente, la soledad conecta. La Organización Mundial de la Salud definió a la soledad como una epidemia silenciosa que no para de crecer. En 2024, la entidad formalizó su preocupación y creó la Comisión sobre la Conexión Social para estudiar, con datos certeros, esta amenaza mundial que incrementa el riesgo de demencia, enfermedades cardiovasculares y muerte prematura.
La desconexión social está invisibilizada y muchas veces disfrazada. La necesidad de trabajar más, la competitividad, el teletrabajo, las plataformas digitales, son algunos de los fenómenos que según expertos, están fortaleciendo este nuevo escenario, junto con el impacto del aumento de la longevidad.
Según la OMS, la soledad afecta especialmente a los más jóvenes y a quienes viven en países de ingreso bajo y mediano. Entre el 17% y el 21% de las personas entre 13 y 29 años declararon sentirse solas, con las tasas más altas entre los adolescentes. Justo ese mismo público es el que está más conectado digitalmente, se siente solo, casi tanto como los adultos mayores.
En nuestro país combinamos casi todos los factores que la OMS indica como causas de la soledad, entre ellas, la mala salud, bajos ingresos y bajo nivel de educación. A eso se suman las tecnologías, pero principalmente la escasez de políticas públicas que adviertan que la soledad no es un problema individual. Los datos están a la vista, pero las consecuencias todavía se pueden esconder en una pantalla oscura de celular. Es hora de hacer de este fenómeno un problema verdaderamente social, para cuidar y acompañar a una generación que lo está pidiendo cada vez con menos silencio y más urgencia.







