Raoul Walsh atendió el teléfono en 1914. D. W. Griffith quería mandarlo a México para trabajar en una película que la Mutual Film Corporation preparaba sobre Pancho Villa. Walsh aceptó. El tren salía en cuatro horas. Ayudaría a filmar la campaña e interpretaría a Villa en su juventud: los exteriores serían la revolución misma. Preguntó quién haría de Villa adulto. Pancho Villa, le dijeron.
Antes de partir recibió dos advertencias poco tranquilizadoras: que nunca debía llamarlo bandido y que ya habían enviado antes a otro hombre para negociar con Villa, pero no había vuelto. Así lo recordaría Walsh muchos años después, cuando su propia vida ya se parecía bastante a una de sus películas.
Al llegar a Chihuahua lo condujeron con los ojos vendados hasta el campamento. A Walsh la precaución le pareció un poco teatral: todo el mundo parecía saber dónde estaba Villa. Cuando le quitaron la venda, el general quiso ver primero el dinero y después escuchar qué película pensaban hacer con su vida.
La compañía no se limitó a registrar una revolución. Villa empezó también a representarse para sus cámaras. Repetía cabalgatas, llegó a usar un uniforme preparado para darle un aspecto más imponente y negociaba, hasta cierto punto, la imagen que iba a circular de él. Las imágenes de aquella película volverían después a aparecer remontadas en otras.
Hay algo de Borges en esa confusión, algo de “Del rigor en la ciencia”: el mapa que aspira a reproducir el territorio con tanta precisión que termina confundiéndose con él. Sólo que aquí ocurre algo todavía más raro. El mapa empieza también a modificar el territorio. Villa se viste para la cámara, repite una entrada, aprende a reconocer qué aspecto de Villa funciona mejor como Pancho Villa. Lo filmado se mezcla con lo reconstruido y después la leyenda completa lo que la cámara no consiguió registrar. Walsh había ido a México a filmar a un hombre y encontró a un hombre que ya estaba aprendiendo a vivir dentro de su propia representación.
La película “La vida del general Villa” se estrenó en 1914 y fue un éxito de público. Con los años se perdió casi por completo: hoy solo sobreviven algunos fragmentos.
Walsh siguió filmando durante más de medio siglo y se convirtió en uno de los grandes directores de acción de Hollywood. Tenía una obsesión parecida a su primer actor de verdad: decía siempre “No me llamen artista”.
Como Villa con “bandido”, Walsh parecía desconfiar de una palabra capaz de inmovilizarlo, aunque esta vez fuera sobre un pedestal. No quería quedar convertido en estatua ni en genio. Prefería ser el hombre que llegaba, ponía la cámara donde ocurrían las cosas y hacía una película.
Villa tuvo menos control sobre su final. En 1923 lo emboscaron en Parral y de los cuarenta disparos sobre el auto unos diez lo alcanzaron y falleció al instante. Paradoja: no se podía matar a Pancho Villa sin darle unas últimas palabras. Pero sus asesinos sabían que si lo hubieran dejado hablar, probablemente las últimas palabras habrían sido las de ellos.
Así que alguien se las puso después, pero con el extraño respeto de no cerrar del todo el mapa. No le atribuyeron una sentencia heroica ni una revelación final. Según la leyenda, habría dicho:
“No dejen que esto termine así. Digan que dije algo”.
No habría suplicado por su vida. Habría suplicado por una buena línea final, una que valiera la pena.
No me nombren bandido.
No me llamen artista.
Digan que dije algo.
Tres frases dudosas, probablemente falsas, y sin embargo extrañamente exactas. Quizá porque las tres expresan la misma resistencia: quedar encerrados en una película repetida. De las del Edison, por así decirlo.












