Georg Simmel fue un pensador extraordinario que no alcanzó estabilidad académica sino apenas cuatro años antes de su muerte. En apariencia, sus temas parecían mínimos, casos frívolos, poco serios para la academia. Por eso Ortega y Gasset lo comparó con una ardilla filosófica: saltaba de rama en rama, convencido de que cualquier cosa pequeña podía revelar una forma general de la vida humana.
El canto tirolés
El primer trabajo que presentó para doctorarse fue sobre el canto tirolés. Bochado: tema tonto y teoría extravagante. Es que su lectura del yodel invertía la idea dominante de que el canto era un resabio primitivo del lenguaje, una especie de plumaje de apareamiento anterior a la poesía. Para Simmel, el canto no era celo biológico, sino palabra elevada por la emoción y el ritmo. No era una expresión incompleta, sino intensificada. Hasta el oleioleioleiii era una elevada forma de cultura humana (digamos también que hay algunas piezas musicales actuales que están en el límite de esta teoría).
Siguió prestando atención a las formas de sociabilidad durante toda su vida desde una mirada polémica. Hablemos, siquiera un poco (perdón la broma), de su idea de secreto. Solemos creer que una relación mejora cuanto más transparente se vuelve. Él sostuvo que ninguna sociedad sería posible si sus miembros lo supieran todo unos de otros.
En su forma más intensa, es algo que una persona sabe, otra quiere saber y la primera procura ocultar. En esa tensión, el secreto crea un segundo mundo junto al mundo visible, pero ese segundo mundo modifica al primero. Quien guarda algo debe controlar sus gestos, recordar qué dijo y evitar que las distintas versiones de su vida se contradigan. Lo oculto organiza también lo que se muestra. Por eso el secreto no es una anomalía exterior a las relaciones sociales. Es una de sus formas. Pasemos al amor.
Es legendaria la charla que Simmel dio a unos soldados durante la Primera Guerra Mundial sobre «Goethe y el amor». Algunos esperaban relatos y secretos sobre los amoríos del genio, pero se encontraron con una teoría poco romántica. Para Simmel, las mujeres de Goethe no fueron conquistas intercambiables, sino materiales sucesivos de su formación. Friederike le dio la primera gran poesía amorosa; Charlotte Buff se convirtió en Werther; Lili Schönemann encarnó la vida matrimonial de la que huyó; Charlotte von Stein le prestó disciplina y equilibrio; Christiane Vulpius le ofreció cuerpo, casa y una «media felicidad» doméstica; Marianne von Willemer llegó incluso a escribir poemas que terminaron bajo el nombre de Goethe; Ulrike von Levetzow ofreció al anciano el último estremecimiento de juventud
Infidelidades
¡También Goethe! En fin de ahí la frase más venenosa del recorrido: Goethe fue infiel a las mujeres porque permaneció fiel a sí mismo.
Las ideas generales de Simmel sobre el amor, más allá de la quemada que le pegó al autor de Fausto, quedaron inconclusas y aparecen luego de su muerte. Simmel estaba casado con Gertrude Kinel, con quien tenía un hijo. Murió el 26 de septiembre de 1918, en Estrasburgo. Junto a su cama estaban su esposa y Gertrud Kantorowicz.
Sólo después se supo que Kantorowicz, discípula y colaboradora a quien Simmel había confiado la edición de sus escritos póstumos sobre el amor, había sido también su amante durante alrededor de quince años. Era una gran historiadora del arte, poeta y traductora. En 1907 habían tenido una hija, Angela, cuya paternidad mantuvieron en secreto.
Según el testimonio de Margarete Susman, que era amiga en común, las últimas palabras que Simmel dirigió a Kantorowicz fueron: “Quince años y ninguna sombra”. Por lo visto, se le daba mejor la palabra que el canto.












