Resumen para apurados
- Argentina venció 2-0 a Austria en Dallas y clasificó a 16avos del Mundial gracias a dos goles de Lionel Messi, superando la presión táctica del rival.
- Para neutralizar la presión alta de Austria, Scaloni planteó un juego asociado y dinámico con Almada y Mac Allister, adaptando el esquema ante la lesión de Cristian Romero.
- A sus casi 39 años, Messi estira su récord a 18 goles mundialistas y demuestra vigencia, consolidando el funcionamiento colectivo de Argentina de cara a la fase de eliminación.
A Lionel Messi ya no le alcanzan los récords para explicar su dimensión. Tampoco los goles. Ni siquiera los títulos. En Dallas volvió a ocurrir. La selección argentina derrotó por 2 a 0 a Austria, aseguró su clasificación a los 16avos de final del Mundial y encontró en su capitán mucho más que un doblete histórico. Encontró el punto alrededor del cual giró toda la propuesta táctica de Lionel Scaloni.
El entrenador apostó por el 4-4-2 que se convirtió en una marca registrada de su ciclo. Emiliano Martínez ocupó el arco; Nahuel Molina, Cristian Romero, Lisandro Martínez y Facundo Medina integraron la defensa; Rodrigo De Paul, Enzo Fernández, Alexis Mac Allister y Thiago Almada conformaron el medio campo; mientras que Messi acompañó a Lautaro Martínez en ataque.
Sin embargo, el dibujo fue apenas una referencia. Porque los sistemas sirven para ordenar un partido. Messi suele encargarse de cambiarlo. Cuando Argentina tenía la pelota, Lautaro fijaba a los centrales y Almada se acercaba por dentro. Ese movimiento liberaba espacios para que el capitán recibiera entre líneas. Entonces el 4-4-2 mutaba hacia un 4-3-3 flexible, con Messi moviéndose por todo el frente ofensivo.
La mejor versión de la “Albiceleste” apareció cuando logró superar la presión alta que propuso la Austria de Ralf Rangnick. El entrenador alemán es uno de los principales referentes del gegenpressing, un modelo basado en recuperar la pelota inmediatamente después de perderla y que influyó en gran parte del fútbol moderno. Con su 4-2-3-1, Austria intentó incomodar desde esa intensidad. Argentina respondió con circulación rápida y asociaciones cortas entre Fernández, Mac Allister, Almada y Messi. Allí encontró superioridad numérica, espacios y control del partido.
Mac Allister aportó claridad. Almada interpretó los espacios con inteligencia. De Paul colaboró en la recuperación y buscó conectar líneas, aunque no logró la influencia que suele tener en los mejores partidos de la Selección. Messi terminó siendo el destino natural de cada secuencia.
Argentina encontró además una vía constante por la izquierda. Medina se proyectó con criterio y profundidad, mientras Almada ocupó zonas interiores para asociarse. Buena parte de los ataques más peligrosos nacieron allí. El costado derecho tuvo menos peso ofensivo para Austria, por lo que Argentina terminó inclinando gran parte de su juego hacia ese sector.
El primer gol explicó mejor que cualquier análisis lo que buscó Argentina durante toda la tarde. Medina avanzó por izquierda y lanzó el centro. Almada entendió la jugada antes que todos y dejó pasar la pelota. Detrás apareció Messi, libre. Un control, un perfilamiento y un zurdazo cruzado. La jugada tuvo elaboración colectiva, movimientos coordinados y una definición perfecta. También mostró cómo el “10” se levanta de la adversidad tras haber malogrado un penal y cómo el funcionamiento generó el espacio exacto para que el capitán decidiera.
Cambios en el complemento, pero sin modificar la idea
La lesión de Cristian Romero obligó al ingreso de Nicolás Otamendi durante el complemento. Más adelante llegaron Julián Álvarez y Nicolás González por Almada y el “Toro” Martínez.
Julián pasó a ocupar la referencia ofensiva y Messi encontró todavía más libertad para moverse detrás del delantero. Con los ingresos posteriores de Leandro Paredes y Nicolás Tagliafico, Scaloni reforzó la mitad de la cancha para sostener la ventaja.
La Selección nunca abandonó la idea inicial: poblar el medio campo, reducir espacios y evitar que el partido se rompiera. “Nico” González aportó recorrido por izquierda, Julián sostuvo la presión sobre los centrales y Messi continuó flotando por detrás del nueve, ocupando los espacios que iba dejando el desgaste austríaco.
En ese contexto apareció nuevamente el rosarino. Como tantas otras veces. Cuando el partido ingresaba en tiempo de descuento, persiguió una jugada que parecía terminada, insistió sobre un rebote y encontró el segundo gol.
Quizás no haya sido el más espectacular de los 18 que acumula en los mundiales. Sí uno de los más representativos de su vigencia. Porque nació de algo que sigue distinguiéndolo: la ambición de competir cada pelota como si todavía tuviera 20 años.
Lo extraordinario ya no es que siga haciendo historia. Lo extraordinario es la naturalidad con la que la sigue escribiendo. A pocas horas de cumplir 39 años, volvió a romper un récord que parecía inalcanzable y volvió a decidir un partido.







