Resumen para apurados
- La selección de Ecuador se instaló este viernes en el hotel Marriott de Kansas City para su concentración mundialista, alterando la rutina de los periodistas hospedados allí.
- El arribo del equipo dirigido por Beccacece desde Ohio transformó un hotel tranquilo en un búnker vigilado, alterando el espacio compartido por turistas y la prensa tucumana.
- Esta convivencia inédita demuestra que la Copa del Mundo se vive y se define también en la intimidad de los hoteles, donde coinciden la prensa, los hinchas y los protagonistas.
Uno se acostumbra rápido a las cosas extraordinarias. Tanto, que dejan de parecerlo. Matías y yo llevamos varios días entrando y saliendo del Marriott Country Club Plaza Hotel como quien vuelve a casa después del trabajo. Ya conocemos el lobby, las mesas del bar, los ascensores, los empleados que saludan con una sonrisa y hasta la tranquilidad casi exagerada que rodea a este rincón elegante de Kansas City.
Pero basta que llegue una selección para que todo cambie. De repente, el hotel deja de ser solamente el lugar donde uno duerme, escribe y carga baterías para la jornada siguiente. Se convierte en una pequeña concentración mundialista. Aparecen los custodios, los movimientos extraños, las miradas de reojo, las puertas que se cierran, las camionetas que van y vienen, las preguntas cuando uno quiere cruzar la puerta de entrada y esa sensación permanente de que algo importante está por suceder.
Este viernes, esa calma habitual se rompió. El Marriott, nuestro refugio en Kansas City, se transformó en la casa de Ecuador. El equipo de Sebastián Beccacece llegó desde Columbus, Ohio, y durante algunos minutos todo adquirió otra dimensión. El barrio elegante y silencioso de Country Club Plaza dejó de ser solamente un rincón tranquilo del Medio Oeste estadounidense para convertirse en el epicentro de la ilusión ecuatoriana.
Hay algo fascinante en compartir un mismo techo con una selección durante un Mundial. Porque mientras uno baja a desayunar pensando en una nota, en un entrenamiento o en la conferencia del día, en alguna habitación hay futbolistas descansando, el cuerpo técnico repasando videos y dirigentes planificando el partido que puede cambiarles el destino en el torneo.
Son esas cosas que tiene una Copa del Mundo. Lo extraordinario aparece donde menos se lo espera. Un hotel que por las noches recupera su silencio y que para nosotros ya se había convertido en una rutina, de pronto cobra vida y adquiere otra energía. Y uno entiende que los Mundiales no se viven solamente en los estadios o en los centros de entrenamiento. También se juegan en estos lugares anónimos, entre ascensores, recepciones y habitaciones idénticas, en las que durante unas semanas conviven periodistas, empleados, turistas y futbolistas que cargan sobre sus espaldas las ilusiones de todo un país.
Quizás por eso cubrir un Mundial tenga algo de privilegio. Porque sin movernos de nuestra base en Kansas City, Matías y yo descubrimos que, por unos días, nuestro hotel tranquilo dejó de ser simplemente un hotel. Y pasó a ser, ni más ni menos, la casa de una selección.










