Poco descanso, múltiples trabajos y el sueño cada vez más lejano del alquiler propio
Tania Cruz tiene 36 años y una rutina que parece no terminar nunca. Está en la última etapa de la licenciatura en Trabajo Social, trabaja como directora ejecutiva de Meta Tucumán (Asociación Civil que busca la transformación de Tucumán), da clases como profesora de acrobacia aérea y además participa como voluntaria en AFS Programas Interculturales. A veces, para tomarlo con humor, dice que tiene una “diversificación de fondos”. Otras veces le llama directamente “tener varios kioscos”. La ironía aparece como una forma de alivio frente a una realidad que atraviesa a miles de trabajadores de clase media: un solo ingreso ya no alcanza.
Su situación está lejos de ser excepcional. En Tucumán, cada vez más profesionales, empleados formales y trabajadores independientes combinan múltiples actividades para sostener gastos básicos, mantener cierta autonomía o simplemente permitirse algo de ocio. En el Gran Tucumán, más de 131.000 personas buscan otro ingreso aun teniendo trabajo, en una provincia donde la desocupación se mantiene relativamente baja, pero donde el empleo dejó de garantizar tranquilidad económica. El fenómeno también crece a nivel nacional: el pluriempleo ya alcanza a 1,6 millones de argentinos y atraviesa uno de sus niveles más altos de la última década.
En el caso de Tania, esa lógica atraviesa toda su rutina. Su trabajo principal le demanda al menos ocho horas diarias de lunes a viernes, aunque muchas veces también se extiende a los fines de semana. Después llegan las clases de acrobacia, la preparación de coreografías, el armado de rutinas, los mensajes constantes y las tareas vinculadas al voluntariado. “A veces el ingreso principal no alcanza para un montón de otras cuestiones. Ir a tomar algo con tus amigos, salir a comer, tener esos gustos mínimos… todo implica plata”, cuenta. Y agrega: “Entonces busco diversificar ese ingreso y poder contar con otros recursos que me ayuden a solventar esos extras”.
A pesar de esa multiplicidad de actividades, todavía vive con su mamá porque hoy no puede afrontar sola los gastos de una vivienda. “La posibilidad de acceder a una casa quedó bastante truncada para nuestra generación”, dice. Durante un tiempo alquiló, pero cuando terminó el contrato decidió volver temporalmente a la casa familiar antes de hacer un viaje. Ya pasó más de un año y medio y todavía no logró volver a independizarse.
“No es que no quiera hacerlo. El problema es que las condiciones que te piden son absurdas para el mundo laboral actual”, explica. Habla de recibos de sueldo imposibles, garantías que duplican o triplican el alquiler y requisitos difíciles de cumplir en un mercado donde gran parte de los trabajadores se mueve bajo esquemas de monotributo o empleo informal. “Terminas molestando a otra persona para que te salga de garantía, para que te preste un recibo, para poder alquilar algo básico”, resume.
La sensación de desgaste aparece constantemente en su relato. Después de la pandemia, dice, los límites entre trabajo y vida personal terminaron de romperse. “No hay corte”, describe. El celular permanece encendido todo el tiempo y los mensajes laborales aparecen incluso fuera de horario. “Llega el típico ‘disculpame que te moleste’, pero ya te molestó. Ya empezó mal”, dice entre risas.
El problema no es solamente la cantidad de horas trabajadas, sino la dificultad para encontrar momentos de descanso reales. “¿Dónde queda el ocio? ¿Dónde queda el tiempo para vivir?”, se pregunta. Aunque intenta organizarse con una agenda estricta, siente que el tiempo personal se achica cada vez más. “Hasta las reuniones con amigos tengo que agendarlas porque si no me olvido o termino ocupando ese espacio con otra responsabilidad”, cuenta.
Los viernes suele elegir quedarse en su casa simplemente para descansar. “Si salgo, ya es sentarme a comer algo y tomar una copa de vino. Después de las dos de la mañana ya estoy bostezando”, admite.
Uno de los aspectos que más le preocupa es la naturalización del pluriempleo. “No quiero romantizarlo”, aclara varias veces durante la entrevista. Entiende que muchas personas eligen combinar distintos proyectos laborales, pero insiste en que detrás de esa dinámica también hay una carencia estructural. “No es que esté mal tener múltiples trabajos, pero muchas veces es una decisión frente a algo que no estás pudiendo cubrir”, sostiene.
La reflexión aparece atravesada también por su formación en Trabajo Social y por la investigación que realiza para su tesis, enfocada en la precarización laboral dentro de las plataformas digitales y la “gig economy”. “Hace poco me enteré de que ‘gig’ significa changa y me pareció muy fuerte. Está pensado como una changa, pero termina siendo un trabajo permanente”, explica.
En las encuestas que viene realizando para su investigación encontró trabajadores que pasan entre ocho y 12 horas diarias conectados, seis o siete días por semana. “Eso ya no es una changa”, plantea.
Aun así, no perdió del todo la idea de que estudiar puede abrir oportunidades. “La educación sigue siendo importante”, asegura. Pero reconoce que hoy ni siquiera un título universitario garantiza estabilidad económica. “Tengo compañeros recibidos que hace meses mandan currículums y no consiguen trabajo”, cuenta.
Por eso, detrás de cada curso, cada proyecto y cada actividad extra, aparece también una pregunta sobre el futuro. “Antes entrar a un trabajo era pensar que te ibas a jubilar ahí. Hoy ya nadie piensa así”, reflexiona.
Y vuelve, inevitablemente, a la misma sensación que atraviesa toda la conversación: trabajar cada vez más para sostener apenas lo básico.










