Morrissey
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No deja de ser curiosa la obsesión por escribir el epitafio de Morrissey, cultivada desde hace años por una legión de detractores incómodos con los vaivenes de un artista autodefinido, justamente, por su teatral, irreductible, muchas veces irritante y genuina determinación de provocar incomodidad. Ahí están las críticas de “Make-up is a lie”, disco lanzado la semana pasada al cabo de una muy morrisseyana pausa de seis años.
Si todo maquillaje es una mentira, como declara el título del disco, lo bien que hace Morrissey en seguir con lo suyo ajeno a las tinieblas crepusculares que le adjudican a su derrotero. Suficiente carga es su propia grandeza, o la absurda pretensión que supone buscar en el Morrissey de hoy al Morrissey de los Smiths. O al de “Viva Hate”. O al de “Vauxhall and I” (cada cual con su favorito).
Desparejo
Lo que suena “Make-up is a lie” es notoriamente desparejo. Ni inspirado ni descartable, pero en estos tiempos no hay pecado más imperdonable que la tibieza del equilibrio. Como siempre, lo que Morrissey dice, desde sus cuestionables opiniones políticas -en este caso la teoría conspiranoica del incendio de Notre Dame-, hasta sus apuntes antropológicos, sociológicos y psicoanalíticos son carne de diván/redes.
En “Boulevard” juega a ser Edith Piaf (porque este es un disco “francés”), “Amazona” es un cover fallido de Roxy Music y hasta eleva a Lester Bangs, histórico ensayista de Rolling Stone, a la categoría de canción. Pero también hay rincones para el disfrute, como “Many icebergs ago”. Y no digan que “The monsters of Pig Alley” no es decididamente catchy.









