
A veces el periodismo tiene sus cosas buenas y nos trae fragmentos de la realidad entrañables, como la noticia reciente de una yaguareté que logró parir y sacar adelante a dos cachorros en el Parque Nacional Iguazú. Las imágenes fueron grabadas en la frontera que divide el Parque entre Argentina y Brasil, mientras los tres ejemplares la atravesaban campantes, como tantos argentinos este verano. Pero justo al lado puede aparecer, en un medio de prensa cualquiera, el recuento de víctimas del sangriento régimen iraní: hasta 30.000 personas asesinadas por manifestarse y protestar, según algunas estimaciones.
Que Franco Colapinto haya bajado una décima en la última prueba de clasificación es también noticia de alto impacto, a pesar de tan ínfima porción de realidad que representa (pensemos que el universo es enorme y el paso de la humanidad por el planeta, apenas un suspiro). Sin embargo, estas cosas (un gol, una décima de más o de menos, un centímetro dentro o fuera de la cancha) nos interesan y hasta pueden despertar pasiones. De los cientos de crímenes, desapariciones o accidentes fatales que ocurren a diario, hay uno o dos que acaparan el interés mediático durante días o semanas enteras…
Hay cosas que están y otras que no. El Tour de Francia no merece la atención de casi ningún medio en la Argentina, pero sí un gol de Thiago Messi en las inferiores del Inter de Miami, o una atajada del Dibu Martínez en el Aston Villa. A veces, la mascota de un político o el vestido de una presentadora son noticia. A veces, la llegada de un módulo de exploración a Marte o el descubrimiento de una rama perdida en la evolución del Homo sapiens.
Un diario se asemeja mucho a la famosa lista borgeana que cita Michel Foucault en el prefacio de Las palabras y las cosas. Aquella enciclopedia china imaginada por Borges carecía de orden y concierto, como el mundo actual y los periódicos que pretenden reflejarlo. La realidad ensanchada y fragmentaria en la que vivimos se nos presenta como un enorme bazar de novedades en el que nos movemos por impulso o capricho. Tomamos un adornito curioso de aquí, o una baratija que nos parece práctica de allá, y los guardamos en la canasta rumbo a la caja. El bazar es el mundo, y la canasta abarrotada e insuficiente con la que nos paseamos entre sus góndolas son los medios, una camisa de fuerza que constriñe la realidad, indicio o señal de la locura que implica pretender una selección o una síntesis.
Si no nos maravillamos y tomamos con naturalidad a los medios de prensa es porque a nadie se le ocurre buscar coherencia en ese muestrario azaroso y cambalachero del mundo y de la vida. Y porque nos hemos ido acostumbrando a ello, a un conjunto de temas que aceptamos como válidos, como información de interés o como símbolos curiosos de la realidad. Porque hemos aprendido a observarla a través de esa ranura demasiado estrecha, qué remedio.
Otro tanto ocurre en la vidriera de las opiniones. Enseñaba don Miguel de Unamuno que los filósofos o pensadores de cualquier tipo primero toman partido por algo impulsados por una pasión interior, por un sentimiento, y después buscan los argumentos racionales para sostenerlo. Y siempre hay dos mitades de la biblioteca a las que echar mano. Quienes simpatizan con las dictaduras de izquierda, buscan argumentos de cualquier tipo para oponerse a la captura de Nicolás Maduro; quienes están del lado de la democracia liberal, los buscan para justificarla. Y lo mismo hace el lector cuando selecciona qué opiniones leer, como aquel que escondía una joya en su jardín y salía luego él mismo a buscarla y festejar el hallazgo. Y así en la mayoría de los casos, porque también hay excepciones, grises, perspectivas posibles tras la ranura que nos acercan a la verdad.
Con todo, podemos ver en los medios un Emporio Celestial de Conocimientos Benévolos o terminar aceptando que un periódico es una dosis de esquizofrenia que nos calma. O mejor: una camisa de fuerza que nos preserva de la inmensidad del mundo dándonos la ilusión de que la realidad cabe en un puñado de páginas. Que somos capaces de abarcarla, y que en ellas vamos a encontrar el alimento cotidiano de obsesiones y esperanzas.
Por cierto: Janaína se llama la yaguareté. Muchas felicidades para ella.
© LA GACETA
Juan Ángel Cabaleiro – Escritor.







