
Vivimos tiempos en los que la frase “este es un mundo de M…” parece imponerse con demasiada facilidad. La pandemia reciente, las guerras, la violencia, el deterioro del medio ambiente y la intolerancia política y social han construido un clima de desaliento que se filtra en el lenguaje y, sobre todo, en la mirada que les ofrecemos a los jóvenes y a las nuevas generaciones. Y esto no me parece bien. Creo que conviene detenerse y hacer una distinción esencial. El mundo no es lo que hacemos de él o con él, aunque lo olvidemos con frecuencia. La Tierra, esa bendita casa común, no es la culpable de la brutalidad humana, de la violencia social ni de la codicia. Somos los seres humanos los responsables; somos nosotros los que fallamos en el cuidado de lo que nos fue dado. En 1967, y en un contexto histórico tan convulsionado como el actual, guerra de Vietnam, violencia racial, crisis política, Guerra Fría, se compuso la canción “What a Wonderful World” (Un mundo maravilloso). La letra fue escrita por Bob Thiele y George Weiss, y la música por Weiss. Es una pieza que Louis Armstrong no compuso, pero sí encarnó. Y lo hizo con una voz que no venía del privilegio ni de la comodidad. Armstrong había nacido en la pobreza extrema de Nueva Orleans. Fue abandonado por su padre y criado por su abuela. Niño negro en una sociedad segregada, conoció el desprecio desde muy temprano. Una familia judía, los Karnovsky, también pobres y discriminados, lo protegió. Mucho antes de que el mundo conociera el Holocausto, ese niño afroamericano y una familia judía marginada ya estaban dando una silenciosa lección de humanidad. Por eso “Un mundo maravilloso” no es solo una canción: es un monumento a la resiliencia. Paradójicamente, no tuvo éxito inmediato en Estados Unidos. Pero Louis Armstrong, gigante del jazz, a sus 65 años supo darle una proyección universal. Hoy asistimos nuevamente a guerras libradas en nombre de ideologías, religiones o intereses económicos. A una crisis ecológica profunda y a una violencia social extendida en distintos lugares del planeta. No es el mundo el que está roto: lo que está roto es nuestro pacto con él. Louis Armstrong murió pocos años después, pero nos dejó una lección intacta. Y hoy, más que nunca, hace falta recuperar esa mirada. No para negar lo que sucede ni para mirar hacia otro lado, sino para recordar que vale la pena defenderla. El mundo no ha dejado de ser maravilloso. Somos nosotros, a veces, los que hemos olvidado estar a su altura.
Juan L. Marcotullio
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