Hace 4 Hs

¿Y para qué silencio en un mundo que pondera el ruido, que vive del palabrerío inútil, que no escucha al otro, que opta por la inmediatez y la fugacidad antes que por la bella lentitud y lo profundo del pensar? ¿Qué hacer con ese anonimato -también una forma de ruido- que engendra el predominio de tecnologías de corazón helado como la AI, de propagandas e ideologías autoritarias? ¿Y para qué entonces apelar al silencio? Para no morir, y así, tal vez, lograr encontrarnos con lo mejor de nosotros mismos en la soledad del alma.

El tema no es novedoso, por cierto, pero se nota en los ensayistas de los últimos tiempos que es -cada vez más- una urgencia acuciante. Recurro para ello a Ivonne Bordelois que, como lingüista y poeta, lo aborda magistralmente en varios de sus libros. Y, al mismo tiempo, avanza hacia una idea y una palabra fascinante, casi misteriosa, que complementa el silencio: lo indecible. No como la ausencia de sonidos, lo aclara, sino como lo nunca dicho, porque está en los bordes de nosotros mismos.

Nos preguntamos, ¿será que el silencio cobija al pensar? ¿Y qué son estos bordes a los que aludimos? Son los márgenes de los abismos por los que circulan los grandes poetas, los escritores geniales, los artistas que saben usar cada palabra o cada trazo con justeza y precisión porque saben -sin aviso previo- que nunca accederán a lo indecible, que no puede ser dicho, pero que siempre estará allí como una invitación y un desafío para el espíritu.

Por cierto que el ejemplo que traigo ante ustedes -del uso ajustado de la palabra que sugiere lo indecible- es de nuestro Jorge Luis Borges. Él sostiene que hay un concepto desatinador de todos los demás, pero que no es el Mal, que es del orden de la ética, es el infinito.

El infinito, para el genio de Borges, junto a eternidad, universo, son palabras que cuando las pronuncio “estallan”. Siguiendo la idea de lo indecible, me atrevo a decir que esa expresión en él, sugiere una implosión; no estallan hacia fuera porque de nuevo sería favorecer el ruido desorientador del mundo, estallan hacia dentro, en tanto ninguna de sus partes se ajusta a nada que podamos entender racionalmente pero que vivimos como totalidad. Lo indecible es puro misterio, límite para nosotros, belleza inalcanzable pensada desde nuestra finitud, a sabiendas que es belleza al fin.

Lo indecible, lo que no puede ser dicho porque ninguna palabra se adapta a esa realidad que nos sobrepasa, que nos desorienta, a ese no decir que dice tanto, refugiado en el silencio, se transforma -en algunos momentos, para algunos corazones- en plenitud. Y eso buscamos sin fatiga: poder pensar en profundidad, aspirar hacia lo Otro, para alcanzar la paz y el amor y así, finalmente, encontrarnos a nosotros mismos.

© LA GACETA

Cristina Bulacio – Doctora en Filosofía.

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