Ofélia, la novia intermitente

No había excepciones en las extravagancias de Fernando Pessoa. Tampoco en las relaciones amorosas. Se llamaba Ofélia Queiroz y sería la única novia conocida a lo largo de su vida.

Hace 4 Hs

Tenía 19 años cuando el poeta, a sus 31, la besó por primera vez. Ocurrió en la oficina donde ella acababa de iniciarse como dactilógrafa y él llevaba ya algunos años trabajando como traductor de correspondencia comercial. Se trató de un ardiente arrebato, confesaría él, y desde entonces surgiría una historia juguetona e innecesariamente clandestina. Tal vez el miedo al compromiso o a caer en la vulgar normalidad, hizo que Pessoa se resistiera con algún pesar a un sentimiento genuino: “Ella hacía gestos inocentes, se reía en el fondo de sus ojos/Pero serpientes invisibles/ la hacían pertenecer al mundo…/ Sí, eso habría podido ser…”, se lamentaba.

La relación tuvo dos etapas separadas por casi una década y nunca se consumó del todo ni acabó definitivamente. La primera fue apasionada pero breve: apenas duraría unos pocos meses; la segunda, casi al final de la vida del autor, caótica y cargada de una nostalgia por lo que nunca podría ser. Gran parte del romance transcurriría por escrito, como si también formara parte de un universo literario. Así lo testimonian las casi cincuenta cartas que él le escribió, en su mayoría publicadas en 1978 con un texto introductorio de la mismísima Ofélia; o las más de cien de ella, reunidas en otro libro que vio la luz en 1996, cinco años después de su muerte.

Ni siquiera aquí Pessoa renunciaría a la multitud que lo habitaba. Firma muchas de esas cartas como Álvaro de Campos, ingeniero naval, algo que Ofélia odiaba; sabía que su amante les daba entidad de personas reales a todos esos escritores inventados, por lo cual debía concluir que no salía con uno sino con dos extraños individuos. En las primeras, Pessoa emplea un lenguaje sobreprotector (“mi pequeño Bebé”, “boquita dulce”, “mi Bebé pequeño y travieso”), lleno de diminutivos (“mi Nininha”, “Ofelinha”), incluso cursi, algo que consideraba inherente a las pasiones: “Las cartas de amor, si hay amor, tienen que ser ridículas”, escribía él escudándose en su heterónimo, a quien llamaba “mi querido amigo”. En la segunda etapa su ánimo se oscurece y muestra la pesadumbre de alguien acorralado ya por el tiempo y con la conciencia errónea de haber fracasado en sus ambiciones literarias: allí encontramos al mismo Álvaro de Campos que escribió Tabaquería: “Viví, estudié, amé y hasta tuve fe/ Hoy no hay mendigo al que no envidie sólo por ser él y no yo”. Aun así, se permitía una cuota de humor ácido, salpicado de ironía: desde la taberna de Abel Pereira da Fonseca, allí donde solía pasar muchas horas, le envía a Ofélia una foto en la que se lo ve bebiendo una copa de vino. “En flagrante delitro”, dice la dedicatoria que lleva su nombre.

El romance se agotaría con la indecisión e inestabilidad de Pessoa. En una carta del 29 de septiembre de 1929, le confiesa a Ofélia: “…mi vida gira en torno a mi obra literaria, buena o mala que sea, o pueda ser. Todo el resto en mi vida tiene un interés secundario… De casarme, sólo lo haría con usted. Queda por saber si el matrimonio, el hogar (o como quieran llamarle) son cosas compatibles con mi vida interior. Lo dudo”.

En 1938, tres años después de la muerte de Pessoa, Ofélia Queiroz se casó con el dramaturgo Augusto Soares. Quedaría viuda en 1955. Ajena a la curiosidad general, su vida transcurrió con discreción. Murió a los 91, en la ciudad donde aún se recuerda el famoso romance con el poeta. Sus restos descansan hoy en un lugar indeterminado de ese cementerio lisboeta con un nombre inigualable: Cementerio de los Placeres.

© LA GACETA

Walter Gallardo – Periodista tucumano radicado en España.

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