Estancia Ingas, un pueblo desolado y con un solo alumno

Estancia Ingas, un pueblo desolado y con un solo alumno

En ese paraje de Monteagudo existe una comunidad que se va extinguiendo por los desbordes del Gastona y la falta de trabajo.

“UN LUGAR DURO PARA VIVIR”. De esta manera definen al pueblo sus pocos habitantes, muchos de los que debieron emigrar en busca de trabajo.  “UN LUGAR DURO PARA VIVIR”. De esta manera definen al pueblo sus pocos habitantes, muchos de los que debieron emigrar en busca de trabajo. LA GACETA / FOTOS DE OSVALDO RIPOLL

El niño José Mateo Sánchez, de nueve años, disfruta de la única y más feliz de las cinco jornadas de clase de la semana. Es jueves y juega al fútbol con el profesor de Educación Física Conrado Sánchez. Lo hace en el patio de la escuela 345 “Sara Correa de Posse”, del paraje Estancia Ingas, de Monteagudo. Se escucha ahí solo los gritos que brotan de su entusiasmo. Lo demás es silencio.

La escena aunque divertida, desnuda el triste impacto de una comunidad que se extingue sin remedio. Mateo es el único alumno que concurre a la 345. En el lugar no hay otros pequeños en edad escolar. “Quisiera que el profe viniera todos los días, pero lo hace una vez a la semana. Con él puedo jugar a la pelota. En las demás horas me aburro un poco. Aprendo, pero no tengo con quien entretenerme”, se lamentó.

El mes pasado llegó hasta el lugar el ministro de Educación, Juan Pablo Lichtmajer, para tomarle juramento de lealtad a la bandera. Confesó que se emocionó mucho. Fue entonces cuando el funcionario aseguró que “mientras haya un niño que necesite una escuela, allí vamos a estar”.

El establecimiento educativo, de 78 años, llegó a tener 50 estudiantes. Hace dos años eran 21. Egresó la mayoría y sólo quedó Mateo en el cuarto grado. “Es un chico muy inteligente. Uno trata de hacerle las horas de clase más entretenida. Pero lo entusiasma mucho el fútbol y sólo lo puede practicar con el ‘profe’ Sánchez. Además, tiene Matemáticas, Inglés, Lengua, Ciencias Sociales, Ciencias Naturales, Música, Plástica, Tecnología y Educación Física”, comentó la docente Marcela Albornoz.

Mateo llega todas las mañana caminando desde su casa que está a unos 50 metros de la escuela que ahora es anexo de la 20 de Los Trejos. El pueblo, ubicado a unos ocho kilómetros de Monteagudo y a unos 20 de Atahona, se formó hace casi un siglo con trabajadores de la estancia agropecuaria de la familia Fajre. Fue don Elías Fajre el que donó el terreno para la instalación de la escuela. Este sitio es muy frecuentado por los pescadores que, a la altura de esa comunidad, encuentran un remanso propicio para la práctica de esa actividad.

La extinción

¿Por qué desaparece Estancia Ingas? Don Ramón Gramajo es uno de los que trabaja como tractorista en la estancia, pero que se fue de ahí con su familia para instalarse en Atahona. “Tuve que abandonar la casa que tenía porque aquí es muy duro vivir. El agua del Gastona salía de su cauce en el verano y entraba a nuestra casa. Además quedábamos aislados semanas. En esta tierra es estar en medio de la nada”, sostuvo el hombre. “Había que irse por el río y porque los chicos crecieron y necesitan seguir sus estudios”, añadió.

En la zona solo sobreviven los Sánchez (a quien pertenece Mateo) y los Arrieta que no tienen niños. Últimamente se fue la familia Girad. “El proceso de extinción de la comunidad comenzó con la aparición de las cosechadoras integrales. Este era un pueblo con muchos zafreros que hachaban la caña de azúcar. Las maquinas desplazaron esa mano de obra. Los que se quedaron se convirtieron en golondrina. Pero luego apareció el problema del río que todos los años invadía sus casas, provocándoles pérdidas de sus bienes. Entonces la gente se comenzó a ir para no volver más”, contó la docente Roxana Muruaga.

En Estancia Ingas hay varias casas abandonadas, algunas rodeadas de matorrales y abrazadas por enredaderas. Silvia Herrera, madre de Mateo, vive en una casa antigua en la que estuvieron instalados los Fajre durante décadas. Refirió que tiene tres hijos, dos cursan el secundario en Atahona. Su esposo es jornalero en el lugar. “El año pasado una inundación hizo un desastre en nuestra casa. El río Gastona es un problema permanente. Por eso la gente se va”, apuntó la mujer.

“Nosotros no tenemos para dónde rumbear. Si pudiéramos irnos lo haríamos. Aquí solo vienen los de la comuna con bolsones cuando estamos tapados en agua. Nos gustaría que solucionen el problema del cauce para no tener que vivir perdiendo lo poco que conseguimos con mucho esfuerzo”, añadió. Silvia se entusiasma con la posibilidad de que en el lugar se instale una planta recicladora. “Hace mucha falta el trabajo. Este problema es tan grave como los desbordes del río”, remató.

Solo recuerdos

José Herrera, tío de Mateo, dice que en el pueblo ahora todo es tristeza. Y recuerda los tiempos en que ahí había un equipo de fútbol con 20 integrantes. “Los domingo se armaban lindos partidos con los equipos que venían de afuera. Era una fiesta. Ahora no hay ni con quien juntarse a conversar”, dijo. “El que se puede ir de aquí se va porque las amenazas del río son permanentes. En la última inundación el agua en casa llegó hasta casi la ventana. La correntada asoma cuando menos uno la espera”, apuntó.

Otro paraje que también se extingue cerca de Ingas, es Sud de Trejo. Es a causa del éxodo permanente de la gente, harta de los desbordes del río Chico. Ahí, en la escuela local, cerró el nivel secundario por falta de alumnos. “Las inundaciones en la zona son frecuentes. A veces uno solo llega a la escuela en vehículos 4x4. La gente se cansa de tantos padecimientos y abandona el lugar”, dijo una docente que trabaja en el lugar.

En el rosario de pueblos que sepultan las aguas del Chico están también Niogasta, Sud de Lazarte y Esquina.

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