Opción por la soledad

Juan B. Terán prefería pasar desapercibido.

06 Nov 2019 Por Carlos Páez de la Torre H
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JUAN B. TERÁN. De pie junto a su padre, el doctor Juan Manuel Terán, en 1910.

En no pocos de sus escritos, Juan B. Terán (1880-1938), fundador de nuestra Universidad, dejaría algunas pistas reveladoras de su interioridad. Confiesa, en su diario personal, haber experimentado a veces “estados de ánimo irregulares, inesperados, que me predisponen a la melancolía”. Se reconocía poseedor de “una extrema sensibilidad, que cualquier estímulo exterior hace rebalsar”, escribía en 1915. En eso se sentía parecido a su madre, aunque ella era “persona muy serena, mesurada y apacible”.

En uno de sus “Diálogos de a bordo” se autodescribe (en la persona del “alter ego” Julián Delcour) como dotado de “llaneza patinada de melancolía”. Y, a pesar de agradarle la sociabilidad, era más afecto a la soledad que a la compañía. Tenía una tendencia a alejarse de la gente, “en la medida necesaria para no ser su víctima”. Le gustaba estar en el mundo, pero la vez aspiraba a pasar desapercibido. De esa manera podía acercarse, sin interferencias, al “sentido maravilloso que tienen todas las cosas”.

Confesó esa afición por el silencio “y su hermana, la soledad”, en el prólogo de “Por mi ciudad”: “he sufrido sobre todo cuando he carecido del amor de estas hermanas”, escribió allí. Y en “Lo gótico, signo de Europa”, declaraba que la actitud que eligió “desde mi primera juventud”, era la de “ver sin ser visto”: algo como un “testigo curioso y estremecido de la vida”, sin mezclarse en las pasiones de los hombres. Por eso había querido -explicaba en “Por mi ciudad”- quedar un poco detrás de la ruidosa caravana de las gentes. Quería oír sin trabas “las voces de la naturaleza” y las de “mi propio corazón”.

Detestaba exponer intimidades. Alguna vez escribió: “bástele al crítico o al biógrafo saber que su héroe ha sufrido o gozado. En eso, el héroe es como todos los hombres”.

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